jueves, 25 de mayo de 2023

DREAM EXPRESS

 Para esta publicación tengo un autor invitado en el blog, mi hijo Ander que escribió este relato el año pasado. No es solo pasión de padre, sino que de verdad el cuento me gustó mucho, tanto por lo que contaba, como por como lo contaba y le pedí permiso para publicarlo en el blog. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.




DREAM EXPRESS

 

 

Había, hay y habrá un tren mágico, el tren de los sueños el DREAM EXPRESS.

Nuestro prota se llama Andrés García García. Andrés era muy trabajador, un gran lector y un pasajero habitual del DREAM EXPRESS. Pero un día viendo la tele apareció un anuncio de una nueva consola: SP5.

Al día siguiente en el colegio, todos sus compañeros hablaban de ella y contaban que todos la tenían; Andrés se sintió muy marginado. Luego en su casa, sus padres le preguntaron qué tal estaba y Andrés se lo explicó todo. Sus padres le compraron la consola.

Ahora Andrés estaba todo el día jugando con la consola, no estudiaba, no leía y se portaba de una manera extraña. Aquella noche esperó al DREAM EXPRESS, pero no llegó, y así durante días. Un día le castigaron sin la consola, y el DREAM EXPRESS llegó así entendió que con la consola no ejercitaba su cerebro. Después de eso, él no volvió a tocar la consola y todas las noches el DREAM EXPRESS se lo lleva a soñar.

¡¡¡NUNCA DEJES DE SOÑAR!!!


ANDER CARREÑO ROSADO



domingo, 23 de abril de 2023

A las once en punto

 


Hacía varias horas que había amanecido,  pero como suele suceder en otoño, las nubes impedían ver el Sol. Aunque no era algo que les importara a los soldados del regimiento de fusileros de Lancashire, al contrario, por primera vez el cielo encapotado y plomizo les recordaba a su hogar, porque el humo del día anterior se había disipado, o al menos, eso querían creer. Ese humo que subía de la tierra al cielo y caía del cielo a la tierra mientras emponzoñaba los pulmones y agrietaba el alma de los soldados con el aroma de la muerte y la desesperación. 

Bastaban un par de semanas en el frente para que la mayoría de ellos no recordara ningún otro olor que el del humo de la pólvora condimentado con el del sudor añejo y el de la sangre putrefacta. Todo ello agravado por la humedad y el frío de las trincheras, que no tenían nada que ver con los propios del otoño. En las trincheras, la humedad surgía del propio barro removido y se clavaba en los huesos como si fuera un continuo castigo por el crimen cometido por los hombres al desgarrar la tierra para aniquilarse los unos a los otros y el frío, les estrangulaba el corazón y acuchillaba los pies a modo de amenazante recuerdo de la arbitraria, pero cierta, posibilidad de la muerte, de su muerte.

Los soldados afrontaban la cercanía de la muerte y las lamentables condiciones de vida en las trincheras mediante el intercambio de bromas, tan amargas como inocuas, en duelos dialécticos, tan punzantes como cordiales, con los franceses del 317º regimiento, con los que compartían ese sector del frente. Los franceses se quejaban de sus "inquilinos" ingleses, quienes se quejaban de la escasa calidad de los "hospedajes" franceses.

 Sin embargo, aquella mañana nadie, ni siquiera el animoso capitán Giraud, tenía la cabeza para bromas, solo podían pensar en que llegara la hora señalada, pero el tiempo transcurría con gravosa lentitud. Las manillas de los relojes no avanzaban, sino que se arrastraban por la esfera del reloj como los soldados por la negra tierra de nadie, bajo el fuego de artillería. El deseo por que llegara la hora señalada y el exasperante discurrir de los minutos podía destrozar los nervios de hasta el soldado más curtido y llevarlo a cometer una fatal estupidez en el momento más inoportuno. Tan solo el hecho de que a unos pocos centenares de metros, los soldados del 15⁰ de infantería del Ejército alemán también permanecían más atentos a sus parsimoniosos relojes que a una posible ruptura de esa tensa calma, mantenía, razonablemente alejado, el riesgo de que cualquiera de aquellos hombres se convirtiera en un número más de entre los caídos por el Rey, la República o el Káiser.

De hecho, los soldados alemanes no solo miraban impacientes sus relojes, sino que también miraban angustiados hacia el centro de comunicaciones de su coronel. El coronel Steiner, que había sido maestro de escuela antes de la guerra, se alistó voluntario, como el buen alemán que era, al comenzar la guerra, obteniendo el grado de teniente de infantería  al acabar la instrucción. Desde su incorporación al frente, destacó por tener un gran ascendiente sobre los soldados, una fidelidad inquebrantable al Káiser, y tan buen juicio, como valor en el combate. A pesar de las trabas que le puso el Alto Mando por ser judío, fue ascendiendo hasta llegar a coronel a principios de 1917. Ahora estaba tan hastiado de la guerra como lo estaban sus hombres, pero no podía dejar de cumplir su deber, aunque el Káiser les hubiera abandonado. Por ello,  les había advertido de la posibilidad de que algún general quisiera salvaguardar su honor personal a costa de sacrificar inútilmente al Regimiento. Cuando añadió que aunque, no deseaba ese camino a la gloria ni para sus hombres, ni para él mismo, acataría la orden de asaltar la trinchera enemiga, si ésta llegaba antes de la hora establecida, los soldados sabían perfectamente que su coronel decía la verdad. 

Un estampido les  sobresaltó a todos, no por desconocido: no cabía duda de que había sido un disparo, sino por el terrible augurio que suponía. Afortunadamente, nadie se movió porque Steiner dio la orden de esperar. "Ha sido solo un disparo, y bastante lejos de este sector" pensó.

En la trinchera franco-británica ni siquiera hizo falta dar una orden similar, porque en cuestión de segundos, había llegado un aviso a través del medio en que más confiaban los soldados: el telégrafo del fusilero. "Mantened la calma, ha sido un americano de gatillo fácil, pero su sargento ya le ha arrestado por imbécil". Todos volvieron a respirar. A pesar de que su intervención había acelerado el final de la guerra, los norteamericanos acababan de perder el aprecio de sus aliados europeos. Los soldados miraron aliviados hacia la trinchera alemana donde no se advertía ninguna novedad.

-Menos mal que ese coronel alemán tiene cuajo y sangre fría. -Dijo el sargento Miller.

Elogiar al oficial enemigo le hizo recordar a un teniente  segundo que tuvo en la batalla del Somme. Al principio, Miller no simpatizó con él, porque era muy redicho, se veía a la legua que  no estaba nada dotado para el combate, y encima aquel teniente segundo era católico, pero fue quien le enseñó que el primer paso para alcanzar la victoria consiste en respetar al enemigo y proteger al amigo hasta el final. "Si los gobiernos y los estados mayores, y bueno, también los ciudadanos de las potencias hubieran pensado así en 1914…"

Miller vio interrumpidos sus pensamientos por el sonido de unas campanas. Había un pueblo cerca de allí, con una iglesia cuyo campanario sobresalía entre las casas, pero nunca hasta entonces, Miller había oído tañer esas campanas, que le sonaban como la voz de la esperanza, que Miller iba coreando junto a sus compañeros.

-…cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once. ¡Once! Son las once en punto del 11 de noviembre de 1.918.  ¡Gracias a Dios!




miércoles, 1 de marzo de 2023

MÁSCARAS


  Lo aprendiste desde muy pequeña, desde que te recuerdas a ti misma hablando con otras personas. Puede que fuera un poco antes o un poco después cuando descubriste de que alguien era diferente, ¿eran ellos o eras tú? Aún siendo una niña pequeña, te diste cuenta que esa pregunta te hacía daño, mucho daño, así que era mejor no pensar, e imitar los gestos de los demás. Atender a sus palabras y grabar sus gestos en tu memoria, mientras que tenías que refrenar a tus propias palabras que, por provenir de un pensamiento mucho más rápido, se agolpaban en tu boca suponía cierto esfuerzo y te producía una sensación extraña. Si en vez de mover la cabeza, sonreir, mostrar las palmas de las manos, el resto de los niños dijera lo que tenía que decir sin más, ya lo habrían dicho, y tú podrías responder inmediatamente, y volver a tus pensamientos. Pero no, ni los niños, ni los adultos eran capaces de decir lo que fuera clara y directamente.


  Un día, en el patio del colegio, después de dos horas de clase te sentías muy cansada, no podías soportar el esfuerzo de tener que escuchar, mirar, callar, esperar, todo a la vez y sin que de verdad hubiera un objetivo claro en todo ello. Estabas a punto de estallar, literalmente, y tú sabes que literalmente significa precisa y exactamente que no hay diferencia entre las palabras y la realidad que definen. Pero te acordaste del piano de la abuela. Aunque te habían prohibido tocarlo, una niña es una niña, y además a ti te cuesta más que al resto refrenar los impulsos, así que lo tocaste. El sonido que se produjo cuando tus manitas pulsaron las teclas era más claro, inteligible y lógico que las palabras de muchas personas, porque “a fin de cuentas, la música es como las matemáticas” como sueles decir. Si habías entendido lo que decían las teclas del piano, quizás el piano te ayudara a entender a aquellos niños del patio y así poder esperar a que llegara tu “turno”. Pero, ¿qué piano podías tocar en el patio del colegio? Uno que nadie viera, ni escuchara. Empezaste a tocar sobre la suela de las sandalias. No necesitaste más de dos o tres notas para relajarte, y hasta encontraste divertido tocar el piano con los dedos de los pies, así que sonreíste.


  Desde aquel día, te sentiste mucho más segura de ti misma. Ya contabas con las herramientas necesarias para que al mundo le pareciera que actuabas como los demás, aunque fuera bajo una máscara. Al menos, eso es lo que pensaste durante algunos años. Sin embargo, te equivocabas. La gente cambia. Hay un periodo en la vida en que todo el mundo piensa que se encuentra fuera de lugar, no suele ser un problema muy grave, y al cabo de unos poco años se cura solo, o quizás es que, en realidad, después llegan otros problemas, pero también, otras satisfacciones, pero tú te rompiste en aquellos años. Si ya es difícil entender a los demás, y buscar la forma de actuar como el resto para que te entiendan, cuando las personas que te rodean no se entienden a sí mismas y dejan de actuar con la mínima lógica acostumbrada es prácticamente imposible. Sus reacciones son imprevisibles, sus emociones son continuamente cambiantes y no siempre para bien. Además, tú también buscabas tu lugar, tú también tenías problemas para entender por qué tú tampoco eras ya la misma de antes, y no te lo pusieron fácil.


  Nadie te vio llorar, pero lloraste. Rompieron la confianza que tenías en ti misma. Hay mucha gente en el planeta, si alguien te falla, puedes encontrar a otra persona que te apoye, pero si rompen la confianza que tienes en ti misma, piensas que ya no hay solución, que ya no tienes futuro, que ya no… Por suerte, te equivocabas. En esos momentos de dolor descubres que hay un amigo dispuesto a escucharte, que tu familia, aunque a veces no se entere de nada, está a tu lado, que hay más personas que te aceptarán tal como eres. El cariño de todos ellos te ayudó a empezar a reconstruirte, pero no era suficiente. Tenías que volver a salir al mundo, y ya no eras capaz de fingir que podías actuar como los demás. “Si te duele la garganta, vas al médico, si tu cerebro funciona de una forma diferente, aunque no lo parezca, también.”


  Mamá y papá lo habían intuido hace tiempo, y ya habían buscado ayuda. Sin embargo, la respuesta era siempre la misma. “Su hija no puede tener TDAH, ni ningún rasgo asimilable al asperger. Es muy buena estudiante, y todos los informes señalan que su comportamiento es intachable. Es tímida, pero hay mucha gente tímida, yo no le daría más importancia. Los chicos con TDAH, si es que eso existe, suelen ser disruptivos en clase, y su hija no lo es. Se mueven continuamente, y su hija no lo hace. Muchas veces, no saben controlar sus impulsos, y dicen lo primero que les viene a la boca sin pensar, y su hija no lo hace.” Ya era demasiado, y mamá respondió. “¿De verdad le supone un problema tan grande hacerle los tests a nuestra hija? No todas las personas con TDAH, rasgos asperger, o cualquier otra condición mental presentan las mismas actitudes. Y usted nos está poniendo los ejemplos más habituales y obvios que se suelen dar en algunos chicos, pero casi nunca en las chicas. Ellas aprenden desde muy pequeñas a disimular su condición mental. Aunque sólo sea para que pueda decirme después que soy una madre pesada, hágale los tests a mi hija, por favor.”


  Han pasado casi diez años, hoy es el gran día. Mírate. La mujer que puedes ver en el espejo, porque ha derrotado a la máscara, eres tú: la doctora Laura Villalba Ardoz que va a tomar posesión de su plaza como psiquiatra infanto-juvenil en el Hospital.



Mi opinión (positiva) sobre La Odisea de Cristopher Nolan

  Desde antes de su estreno La Odisea dirigida por Cristopher Nolan ha recibido muchas y duras críticas arguyendo que el trabajo y las decis...