sábado, 10 de octubre de 2026

AURA Y FUEGO

Érase una vez un balrog muy anciano, literalmente tenía más años que el bosque, que desde que disfrutaba de su bien merecida jubilación, le gustaba pasear todas las tardes, con las alas recogidas y las manos entrelazadas a la espalda, por valles, montañas, ríos y playas.


Una hermosa tarde de principios de otoño llegó hasta una ciudad atraído por las abundantes obras públicas y privadas que se estaban realizando en aquella localidad. Disfrutaba mucho criticando la carencia de clase de aquellos a los que veía soldando con cautín y electrodos.


—¡Con soplete, con soplete, soldad con soplete, pandilla de tuercebotas! Donde esté un buen fuego, que se quiten esas chispitas eléctricas,que parecen trucos baratos de istari de medio pelo.


Los obreros solían reírse de los gritos y aspavientos de aquel jubilado que se encendía desaforadamente porque no soldaban como a él le gustaba, o como él tenía el aspecto de haber hecho muchos años atrás. A él no le importaba que esos mangarranes con chalecos de color naranja chillón se burlasen de sus rapapolvos. A fin de cuentas, hacía ya tiempo que la juventud no respetaba a los mayores, y que se habían perdido las formas. En sus tiempos, ni el más estúpido y osado de los hombres se habría atrevido a mofarse así, ni siquiera del más desquiciado de los orcos de Barad-Dûr, así que mucho menos se habría atrevido a reirse de un demonio de fuego. Tan sólo ese elfo engreído de Fëanor se creyó con derecho a denigrar al mismísimo Melkor, pero el noldo quincallero era un tarado peligroso incluso para ser un eldar, pero bien recordaba él, como le habían dado su merecido al insolente Espíritu de Fuego. 


—Si es que hasta su arrogante nombre le delataba. —Se dijo a sí mismo, mientras sonreía con malicia.


Una ruidosa algarabía le sacó de sus recuerdos. Buscó con la mirada, el origen de tan inoportuno jaleo, hasta que descubrió decepcionado a un nutrido grupo de adolescentes humanos haciendo corro. Ciertamente, la era de las batallas gloriosas había quedado muy atrás.


Inconscientemente guiado por la curiosidad, pero recuperando la cautela que le había mantenido con vida milenios atrás, se acercó hasta el corro de adolescentes.


Una vez allí contempló a un par de jóvenes, que frente a frente, realizaban unos movimientos muy extraños que eran celebrados por la concurrencia con aplausos, jaleos, carcajadas, silbidos y hasta burlas. Con el natural desparpajo del que hacen gala los que cuentan con una edad avanzada para interrogar a desconocidos, preguntó a una muchacha que estaba más cerca de su posición.


—¿Qué están haciendo esos dos cachorrillos de humanos?


—Farmean aura, boomer. —Le respondió la chica con desdén.


El desconcierto que reflejó su cara era tan patente, que hasta la joven, que le había respondido se dió cuenta de ello.


—¿Alguien sabe cómo llamaban en el Pleistoceno a farmear aura? Martín, tú sacas buenas notas, seguro que lo sabes.


—Uf, espera que lo piense —respondió el interpelado— ¿cómo era? presumir, aparentar, chulear, jo, ¿qué era lo que decía mi abuela?, era algo de un pájaro que presumía para aparearse. —se calla unos segundos hasta que recuerda la palabra— ¡Pavonearse! eso es, lo llamaban pavonearse.


El balrog miró a los jóvenes que estaban pavoneándose, después miró al resto de los adolescentes y tomó una decisión. Con la seguridad de quien se siente por encima de las menudencias de la vida de los mortales, dio un paso al frente y mirando a los ojos de todos y cada uno de los jóvenes, desplegó las alas y exclamó:


—¡Pardillos, esto lo inventé yo!

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