martes, 22 de junio de 2021

Una teoría sobre el origen de los orcos.

La teoría, o hipótesis, o intuición personal mía que presento a continuación es totalmente especulativa y no la puedo corroborar con textos del profesor. Tan sólo se basa en elucubraciones propias derivadas de múltiples lecturas de la obra de Tolkien, e interpretadas según el contexto social, el desarrollo histórico y el acervo cultural occidental muy influido por el mundial, y sobre todo desde los principios de la Fe católica que era la que profesaba Tolkien y que también profeso yo mismo. También es cierto, que mi amigo y compañero montaraz en la Sociedad Tolkien Española, Pedro Fernández Álvarez Gondowe Endorion me señaló, acertadamente, algunos aspectos en los que mi hipótesis cojea más que los orcos de las películas de Jackson. De hecho, el origen de los orcos forma parte de esa serie de temas de la Tierra Media que no podremos resolver, como también nos sucede con muchos asuntos de la "saga realidad". 


A pesar de ello, como creo que las teorías sobre el origen élfico corrompido o las que apuntan hacia un origen animal de los orcos no acaban de encajar en el legendarium y como además, me parece que mi idea es más acorde con las firmes creencias del profesor, la expongo aventurada, pero humilde y conscientemente. 


“Dicen los sabios de Eressëa que todos los Quendi que cayeron en manos de Melkor, antes de la caída de Utumno, fueron puestos en prisión y por las lentas artes de la crueldad, corrompidos y esclavizados; y así creó Melkor la raza de los Orcos, por envidia y mofa de los Elfos, de los que fueron después los más fieros enemigos.” TOLKIEN, J. R. R, El Silmarillion, Barcelona, Minotauro, 199010, p. 63. 


Tanto por la lectura de El Silmarillion, como por cualquier otro medio todos conocemos esta teoría, que Peter Jackson adjudicó, en su versión cinematográfica, apócrifa y acríticamente a Saruman. Sin embargo opino que no es inevitable deducir que los orcos fueran creados desde elfos  capturados, torturados y corrompidos por Melkor casi desde el momento en que los quendi vieron la luz de las estrellas en Cuiviénen. Hay varios motivos para dudar de esta teoría, el primero nos lo indica el propio Tolkien "Dicen los sabios de Eressëa…". Tolkien escribe el legendarium utilizando la figura del "manuscrito encontrado" y posteriormente traducido y editado por el autor. El "manuscrito encontrado" es un recurso clásico entre los grandes escritores de la literatura occidental, por ejemplo autores tan separados por el tiempo y el espacio como Cervantes, Borges y Umberto Eco lo utilizaron. Pues bien, dado que El Silmarillion es parte de un "manuscrito encontrado" que además se integra en un corpus de cuentos que conforman una mitología para Inglaterra, la teoría del origen élfico corrompido no es más que el mito con el que los afectados por la existencia de los orcos y la maldad de Melkor intentaban explicar el origen de sus enemigos. Es decir, estamos ante una leyenda élfica recogida en el "manuscrito encontrado", pero no es la explicación que el subcreador del legendarium ofrece canónicamente. 


Mi hipótesis consiste en que Melkor utilizó a los elfos secuestrados y torturados como modelo para "crear" a sus criaturas. Del mismo modo que Aulë creó a los enanos, Melkor creó a los orcos. Sin embargo, sólo Eru puede crear verdadera vida pensante, sintiente, completa y libre otorgándole un alma. Así pues, a diferencia de los enanos de Aulë a los que Eru concendió un alma y adoptó como hijos cuando Aulë, humildemente, le pidió perdón a Ilúvatar, los orcos no recibieron ninguna bendición de Eru. Melkor no tenía la más mínima intención de pedir perdón como hizo Aulë, que no creó a los enanos por codicia y para que le sirvieran, sino que los creó por amor a las criaturas vivientes. Melkor, en cambio, creó a los orcos para sus propios fines, para tener servidores y para hacer mofa de la obra de Eru y para oponerse al mismísimo Eru, por lo que los orcos carecieron de alma, de fëa, nunca se les concedió y no pudieron ser libres para optar entre el bien y el mal. De esta manera, siempre fueron criaturas subsidiarias de su "creador", ya fuera Melkor, o más tarde Sauron o Saruman, aunque contaban con una inteligencia que posiblemente fue evolucionando de generación en generación órquica. 

La ausencia de fëa no sólo les impedía ser libres sino que también les apartaba de  la Redención que Eru ofrece siempre a sus Hijos, ya lo sean por creación y ya por adopción. Los hombres que lucharon del lado de Sauron en la Guerra del Anillo fueron perdonados, incluso Faramir nos recuerda que matar otros hombres provoca un sinfín de remordimientos y dudas porque la maldad no es consustancial al ser humano.  También, a Saruman se le ofreció el perdón, incluso Sauron y a Melkor tuvieron en su momento la oportunidad de alcanzar el perdón que rechazaron por orgullo y codicia. En cambio, no se ofreció el perdón a los orcos. 


Por otro lado, si los orcos hubieran sido elfos corrompidos, Melkor habría tenido que destruir su fëa para acabar con su voluntad y su libertad de criterio y no creo que torcer tanto la obra de Ilúvatar estuviera al alcance de su poder. Además, Tolkien, como subcreador, se habría visto obligado a narrar que parte de los Hijos de Eru habían sido abandonados en brazos del mal, sin ninguna posibilidad de salvación, y no creo que a Tolkien le hubiera satisfecho semejante circunstancia. Asimismo, la existencia de un enemigo dotado de inteligencia, pero carente de alma le permite al subcreador de la historia relatar la destrucción de dicho enemigo, sin tener que renunciar ni a su criterio moral, ni a su Fe que se asienta en el Amor divino y en la Esperanza en la Salvación.  De esta manera, no hay ningún problema en matar a los orcos, ya que no pertenecen a la Creación de Eru. Si los orcos hubieran sido creados desde animales, su muerte implicaría un problema moral, porque los animales son criaturas de los valar y, por lo tanto, son criaturas de Eru.


Por su carencia de alma, de libertad de elección entre el Bien y el Mal los orcos también podían cumplir en el legendarium una función inspirada en la de las armas industriales que se emplearon en la Gran Guerra y que desgraciadamente, Tolkien, sus amigos y sus enemigos conocieron de primera mano. Los gases tóxicos, los obuses, las alambradas de espino matan sin que intervenga un ser con alma que tenga la mínima capacidad de apiadarse de la víctima, o de sentir ninguna emoción, aunque ésta fuera negativa. Hasta en el caso de las ametralladoras puede ser similar, ya que la distancia que esas armas mantenían entre los combatientes les impedía sentir esas emociones señaladas un poco más arriba. Es la misma idea que subyace en las opiniones sobre el mayor agravante moral que supone matar de lejos, y la nobleza de las armas blancas vertidas, aunque sean personajes de ficción, respectivamente por Diego de Alatriste y Obi wan Kenobi. 


A pesar de todo ello, de que por haber sido creados incompletamente, sin alma, por Melkor, Sauron o Saruman no podían salvarse, también me gustaría indicar que Tolkien no deja de sentir movido por su Fe y ayudado por su formación humanística cierta piedad y consideración hacia los orcos, de la misma manera que también pudo sentirlas hacia los soldados que estaban en la trinchera enfrentada  a la suya. Efectivamente, la conversación que mantienen Shagrat y Gorbag en el capítulo X del libro cuarto de El Señor de los Anillos destila bastante consideración por el miedo de los orcos hacia sus superiores y  hacia los nâzgul, al combate; por su pena por la suerte de otros orcos; por nostalgia por  alguna época anterior a la Guerra del Anillo y por el anhelo por una libertad que está totalmente fuera de su alcance:


“... Si tenemos una oportunidad de escapar tú y yo por nuestra cuenta, con algunos muchachos de confianza, a algún lugar donde haya un botín bueno y fácil de conseguir, y nada de grandes patrones.

-Ah -exclamó Shagrat-, como en las viejas épocas.” TOLKIEN, J. R. R., El Señor de los Anillos II Las Dos Torres, Barcelona, Minotauro, 198511, p. 489.


Incluso cuando los orcos “alistan” en sus filas a Frodo y Sam, Tolkien nos ofrece una imagen conmovedora sobre la situación de los orcos que ejercían de soldados rasos en las huestes del Enemigo, que seguramente es un eco de sus recuerdos del frente en la Gran Guerra:


“Era una banda de la raza más pequeña arrastrados a pelear en las guerras del Señor Oscuro: no querían otra cosa que terminar con aquella marcha forzada y esquivar los latigazos.” TOLKIEN, J. R. R., El Señor de los Anillos. III El Retorno del Rey, Barcelona, Minotauro, 19857, p. 273.


A pesar de mi propia hipótesis, me gustaría finalizar señalando que probablemente nunca podamos estar seguros de la veracidad de ninguna teoría que pretenda aclarar el origen de los orcos en el legendarium de Tolkien, pero  que sea cual sea la hipótesis que podamos presentar sobre esta cuestión, hay cuatro aspectos que no pueden quedar fuera de la posible hipótesis: la Fe católica del profesor, la tradición cultural en que se educó Tolkien que incluía mucho más que las tradiciones culturales europeas, su calidad de filólogo: científico y amante de las lenguas y su experiencia militar de la Primera Guerra Mundial, para no descontextualizar la obra del profesor, ni desconectar nuestra hipótesis de aquélla. 



martes, 15 de junio de 2021

74 AÑOS

La semana pasada mi madre cumplió 74 años. La calidad de vida de un país desarrollado como España, la medicina moderna, y nuestra mentalidad actual nos hacen pensar que, salvo por la pandemia de la covid-19, una mujer de 74 años aún puede disfrutar de una vida más parecida a la de la madurez que a la de la vejez. Desgraciadamente, no es así. 


Mi madre y mi padre pertenecen a la generación de la postguerra. Las terribles consecuencias morales, sociales y económicas de la Guerra Civil estaban muy lejos de superarse en la segunda mitad de la década de los años cuarenta del pasado siglo. El aislamiento a que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial sometieron a España por sus relaciones con las potencias del Eje agravaron la situación del país.  Los niños que nacieron en aquellos años, especialmente en las zonas más pobres del país, sufrieron una crónica y grave carencia alimentaria, no tuvieron oportunidad de recibir una educación básica completa, sino que les tocó trabajar, y duramente, desde el momento que sus escasas fuerzas les permitían hacerlo.


En el momento que les correspondía llegar al periodo vital de la adolescencia, se vieron obligados a madurar por la experiencia de la emigración. A partir de la segunda mitad de los años cincuenta, miles de españoles de todas las edades abandonaron sus pueblos para dirigirse a buscar trabajo en los núcleos industriales en torno a Madrid, Barcelona o Bilbao. A pesar de que esta migración se produjera dentro del mismo país, hay que señalar que trasladarse desde un pueblo de Cáceres o de Salamanca a un pueblo industrial de la Ría de Bilbao era un cambio tan drástico y traumático como puede ser emigrar en la actualidad de un país empobrecido a un país desarrollado como es España. Tuvieron que aprender nuevos códigos sociales, formas de trabajo y empleos diferentes a los del campo, acostumbrarse a una contaminación causante de enfermedades de todo tipo y a un clima sorprendentemente lluvioso por el cual debían bailar con los paraguas abiertos en el Chicharrillo de la Plaza de Abajo de Barakaldo. 


El noviazgo de mis padres comenzó en uno de esos bailes del chicharrillo de Barakaldo y se vio marcado por dos sucesos. El primero fue la incorporación de mi padre al servicio militar el 17 de enero de 1967. Mi madre siempre recordaba esta fecha porque coincidió con la terrible explosión de las instalaciones de Butano en Santurce que destruyó casi trescientas viviendas del municipio marinero y sobresaltó a toda la comarca del Gran Bilbao. Aunque afortunadamente, no afectó directamente a mi familia el susto fue enorme. El segundo afectó directa y dramáticamente a mi familia: el 14 de febrero de 1968 falleció mi abuelo materno sin haber tenido la oportunidad de haber llegado  a serlo, ni siquiera tuvo la posibilidad de asistir a la boda de ninguno de sus cinco hijos. Mi abuela se quedó viuda a cargo de sus hijos, nueve días después de haber cumplido 44 años. Los problemas económicos se agravaron, al mismo tiempo que el dolor por la pérdida dejó heridas y duraderas secuelas. 


El día de San Marcos de 1970 mis padres se casaron en la parroquia de Santa Teresa de Barakaldo, en una ceremonia concelebrada con la boda de mis tíos maternos. Después de casarse, mis padres se trasladaron a vivir al barrio de Galindo de Sestao, mientras se terminaba la construcción del piso en el barrio de Kueto que habían comprado. El 12 de octubre de 1971, se mudaron a Kueto llevando con ellos a su primogénito que había nacido cuatro semanas antes.


A partir de ahí, todos sus esfuerzos se encaminaron a sacar adelante a sus hijos; mi hermano nació en plena Transición a la democracia. No era fácil educar a dos niños en un pueblo obrero del País Vasco durante aquellos años en que la democracia estaba en construcción y constantemente amenazada, pero en nuestra casa nos inculcaron el rechazo al sectarismo y a la violencia. Poco después, en los ochenta, la epidemia de la heroína que azotó a toda España se cebó brutalmente con mi pueblo, arruinando la vida de toda una generación. Mis padres, que no pudieron ir al colegio, fueron capaces de protegernos a mi hermano y a mí de aquellos peligros, al mismo tiempo que nos proporcionaron un nivel de vida en el que pudimos disfrutar de todas las comodidades que ofrecía la España  moderna  y europeizada de la segunda mitad de los ochenta.


Mientras tanto, la enfermedad iba adueñándose de los cuerpos de mis padres. Sus huesos y sus órganos estaban pagando la factura de una insuficiente alimentación durante la infancia, del duro trabajo de sus primeros años, y del no menos duro trabajo de su madurez. Además, en la última década del siglo XX, fallecieron tanto mi abuela materna, como mis abuelos paternos. Al menos el siglo XXI les trajo a mis padres la celebración de los matrimonios de sus hijos, la alegría por los nacimientos de sus nietos, y una bien merecida jubilación para poder disfrutar de todo aquello por lo que tanto habían trabajado desde que eran niños, y compensarles por todas las renuncias y sacrificios que habían jalonado sus vidas


Sin embargo, como decía en el primer párrafo, no es así. Uno de los motivos por los que quería escribir este artículo para el blog es que mi madre ya no recuerda la mayor parte de lo que acabo de narrar, y mi padre, diabético y con una columna vertebral que los médicos se asombran de que le permita mantenerse en pie, cuida de ella. La pandemia de la covid-19, no sólo nos ha impedido vernos, también ha agravado sus enfermedades. Como no he podido felicitar a mi madre su cumpleaños en persona, quería esbozar esta mínima reseña de su vida, en la que ella y mi padre nos han dado a mi hermano y a mí, a sus nueras y a sus nietos las mejores enseñanzas para la vida, y han llegado más lejos que muchos que han tenido una vida mucho más fácil que ellos, y todo ello a base de amor, trabajo, honradez y responsabilidad.

 

lunes, 7 de junio de 2021

DEL GAP AL GHETTO

 Internet y todas las aplicaciones de comunicación vinculadas a la red están llenas de teorías que denuncian innumerables conspiraciones por las cuales ciertos entes, más o menos oscuros, mantienen a la inmensa mayoría de la población en la ignorancia sobre quienes detentan el verdadero, y absoluto, poder en el mundo. Desde los primeros homínidos que hollaron este planeta hasta nuestros días, somos animales sociales, lo cual implica que las diferentes bandas, pueblos y naciones se organizan jerárquicamente, y, por supuesto, de forma que deje bien claro en qué peldaño de la escala social está cada individuo. Puede que sea por motivos económicos, o de fuerza, o de nacimiento, y que, sin duda, no sea por motivos justos o beneficiosos para el conjunto de la sociedad, pero desde que el mundo es mundo unos pocos han dominado a la mayoría sin disimulo, y... sin compasión por lo cual todas esas teorías conspirativas no tienen mayor trascendencia que un mero entretenimiento.


La alusión a las teorías conspiranóicas no es más que una excusa para tratar un asunto que a mí me parece muy preocupante, porque afecta a la educación y cultura de nuestros jóvenes, en realidad, afecta a la educación y cultura de todos nosotros. Me refiero a esa suerte de segregación cultural que paradójicamente se está produciendo en nuestras sociedades, según el acceso a la educación y la cultura se universaliza en las mismas. 


Desde que tenemos documentación escrita podemos constatar que las generaciones más jóvenes no compartían los gustos y usos culturales de sus mayores, como, por otra parte, es lógico y bueno. Claro está, que esto solo sucedía entre la escasa minoría de cada sociedad que podía disfrutar del ocio.  Según las diferentes sociedades se desarrollaban, aumentaba el acceso a la cultura por parte de las clases populares, aunque aún distaba mucho de ser un fenómeno realmente de masas y alcance de todos; estoy pensando, por ejemplo, en el caso de la popularidad del teatro en la Edad Moderna en España, Inglaterra y Francia.


Sin embargo, habrá que esperar hasta el siglo XX para que el ocio, el acceso a la cultura y a la educación fuera un fenómeno gradualmente universal en las sociedades industriales. La eclosión de la sociedad digital en torno a la última década del XX, y su consolidación en el siglo XXI ha facilitado aún más el acceso a la cultura a más capas sociales y a más sociedades, aunque nos falte mucho para poder afirmar que el acceso a la cultura y su disfrute sea una fenómeno realmente universal.


La aparición del rock and roll en la década de los cincuenta en EE UU supuso también el surgimiento de las diferentes subculturas juveniles asociadas a diferentes estilos musicales, modas y formas de disfrutar el ocio que pretendían diferenciarse de los cánones sociales establecidos hasta entonces. De vestir con cierta uniformidad estilística derivada de los condicionamientos económicos, se pasó a vestir con varias uniformidades según la generación, y dentro de ella entre los jóvenes según sus gustos musicales. El fenómeno se extendió con diferentes ritmos a otros países, y continúa en el tiempo hasta hoy.


Sin embargo, este fenómeno de las subculturas juveniles ( y no sólo juveniles) en la actualidad presenta ciertas diferencias con lo que sucedía hasta el cambio de siglo, que están conllevando un empobrecimiento de la cultura que afecta al tejido social, a las relaciones personales y puede  que al futuro de la economía. Por poner un ejemplo, la década de los ochenta en España contempló un auténtico estallido de la música y  de las subculturas juveniles asociadas a la música y la moda, de las tribus urbanas: heavies, punkies, tecnos, rockabillies, pijos. Cada una de esas tribus vestía de una forma clara y fácilmente identificable, escuchaban una música determinada y despreciaban, sin apenas paliativos, los gustos del resto de las tribus. Lógicamente no solían compartir los gustos culturales de sus padres o de las generaciones que les habían precedido, pero no desconocían cuáles eran esos gustos o cuáles eran los fundamentos culturales (aunque fuera para criticarlos, superarlos, transgredirlos o recuperarlos después de haber sido corrompidos por la sociedad consumista y capitalista), incluso eran conscientes de la existencia de un vínculo, de una conexión (la entendieran correctamente o no) entre su subcultura y las anteriores, y la cultura en general. Aquellas tribus urbanas han sobrevivido hasta hoy, pero sus miembros ya no son jóvenes. Aunque, por ejemplo, es más que señalable la vitalidad que presentan aquellos que bailaban rock and roll en los cincuenta en EE UU, y que ha sido ensombrecida por la pandemia de la Covid-19, no por el paso de los años. 


Sin embargo, una ojeada a nuestras calles o nuestras aulas revela que la abundancia de tribus urbanas ha menguado. Esta circunstancia no es buena ni mala por sí misma, pero la pérdida de cualquier tipo de diversidad siempre es preocupante. La juventud puede y debe llevar la contraria a las convenciones sociales, pero también debe haber lugar para llevar la contraria y presentar alternativas dentro de la propia juventud. La desaparición de la diversidad entre los jóvenes dificulta el encaje, la integración de todos aquellos que se salen de la norma, y esto sí que es un problema grave. El hecho de que bullying sea una palabra relativamente moderna en nuestro vocabulario cotidiano no significa que sea una lacra reciente, pero la exagerada, e impuesta, uniformidad actual en gustos, costumbres y atuendos dificulta mucho la integración y el desarrollo personal de aquellos  que no quieren,  o no pueden seguir la corriente general. En un aula donde la representación de varias tribus urbanas era notable, podía ser más fácil pasar desapercibido para los que vestían de una forma más convencional, o tenían gustos diferentes a los mayoritarios. En cambio, si el atuendo del 90 % de los jóvenes es el mismo, y su abanico de gustos y aficiones es homogéneo y limitado, los “diferentes” destacan demasiado.


Por otro lado, esa homogeneización de la subcultura juvenil actual, la está encerrando en un ghetto cultural cuyo aislamiento va más allá de la lógica brecha generacional, y nunca es bueno que las personas permanezcan aisladas en un ghetto sea de la clase que sea. Vivimos en una sociedad de consumo que democratiza el acceso a muchos productos y servicios que no hace mucho sólo estaban al alcance de unos pocos privilegiados. Sin embargo, como todo en la vida, el exceso es perjudicial, y la sociedad de consumo se ha convertido en una sociedad consumista, ávida de novedades cuya demanda le es impuesta desde las grandes corporaciones. La cultura no es una excepción y la industria del entretenimiento audiovisual sabe que tiene un enorme filón en la subcultura juvenil. Al mismo tiempo,  que, gracias a la digitalización y a internet, los medios de ofrecer y consumir cultura como entretenimiento son casi infinitos. Así pues, la oferta de contenidos para jóvenes ha crecido exponencialmente en los últimos años. El talento de los artistas y la calidad de sus obras no es ni superior, ni inferior en la actualidad que en cualquier otra época, y la calidad del arte no es mensurable objetivamente. Sin embargo, creo que hay una diferencia notable y preocupante en la forma en que estos contenidos llegan a los consumidores. 


Al difundirse los contenidos por medios teóricamente pensados para jóvenes, se ha dirigido toda la atención de buena parte de la juventud, y de toda la población hacia dichos medios, apartando esa atención no ya de otros medios, sino que de otros contenidos, de otras obras. Hace años que es una utopía pensar en la emisión de películas en blanco y negro por una cadena generalista o por cualquier canal que no esté destinado a la emisión de clásicos. Pero no sólo se priva de la oportunidad de disfrutar de "Casablanca" o "Bienvenido Mr. Marshall" a varias generaciones, sino que, además, cada vez es más difícil que puedan conocer cualquier manifestación de la cultura popular anterior al inicio del siglo actual. La industria les considera incapaces de entender cualquier obra, del género que sea, anterior al cambio de siglo, por lo que, o bien estas obras se retiran de la oferta de los medios  o  se les ofrece adaptaciones “pensadas” para ellos. De esta forma la industria moldea el pensamiento y los gustos de los consumidores, reduciendo su capacidad crítica y de decisión, por lo que cada vez más, la variedad y amplitud de gustos es menor y ajena al individuo. La siguiente derivada de este fenómeno entraría ya en la categoría de conspiración, aunque no creo que el proceso sea irreversible.


Aún hay tiempo de que una oferta variada en géneros artísticos, y en orígenes geográficos y temporales llegue a cualquier persona con independencia de cualquier condición de la misma, ya sea la edad, el sexo, el lugar de nacimiento, la situación económica, etc.. Como la cultura es una de las características definitorias de nuestra condición humana, no podemos permitir que en el momento de la Historia en que hay más medios para lograr la universalización de la cultura, el disfrute de la misma nos separe a unos de otros y nos recluya en ghettos construidos a base de absurdos sesgos, y deshumanizantes prejuicios. 


domingo, 23 de mayo de 2021

PERDIDOS EN EL BOSQUE.

Llevaban casi un día perdidos en aquel bosque. No entendían cómo había podido pasar que se apartaran del grupo, en todo momento habían estado muy atentos tanto al guía, como a las indicaciones que les daba. A veces, se habían entretenido jugando  a buscar huellas o charlando entre ellos, pero no les parecía posible que se hubieran perdido por no querer aburrirse. Además, la seguridad estaba garantizada en aquella excursión invernal, estaba claro que el guía no se había preocupado lo suficiente por ellos, y ahora estaban perdidos, sin pertrechos de ninguna clase y sin apenas provisiones.  Estaba a punto de anochecer, pero ya hacía mucho frío. Estaban tan cansados como asustados, tan hambrientos como cansados, y el frío del atardecer les calaba hasta los huesos.


    - Deberíamos buscar leña mientras todavía haya luz. Así podremos encender un fuego para calentarnos y poder ver de noche.- Dijo el mayor de ellos, que intentaba actuar con algo de responsabilidad


    -¡Tengo hambre! ¡No puedo ir a buscar leña, si tengo hambre!-  Exclamó el más hablador de ellos con un descarado tono de fastidio. -Ve tú a buscarla, si tienes ganas.


    -¡Yo no sé buscar leña! ¡En mi casa tenemos calefacción!.¿Por qué nadie trajo una estufa?- Añadió el más pequeño, su voz y su rostro reflejaban la misma ingenua, pero estúpida, perplejidad 


    - Y, ¿por qué tengo que hacer lo que tú digas?- Dijo, secamente, el segundo en edad, mientras sus ojos desafiaban con chulería al mayor. -Iré a buscar leña, si me apetece, y... ¡no me apetece!.


    El mayor de los chicos seguía tratando de ofrecer seguridad y algo de autoridad a sus compañeros.


    -Bien, entiendo que tengas hambre, entiendo que no sepas buscar leña.- Iba mirando sucesivamente al hablador y al más pequeño. -Yo también estoy hambriento, y tampoco he recogido leña nunca. Pero si no lo hacemos ahora mismo, antes de que sea noche cerrada, ya no habrá tiempo.- Miró al tercero de sus compañeros. -Y tú, no debes buscar leña, o ayudar en lo que sea, porque yo lo diga, sino porque es lo que nos conviene a todos, y porque también te conviene a ti, tanto si te gusta como si no. ¡Necesitamos esa leña! Puede que nos ataque un animal, o que muramos de frío esta noche, ¡necesitamos esa leña!


    Sin embargo, ninguno de los otros tres se movió. Seguían llorando, protestando y quejándose. El mayor decidió ir él sólo a buscar la leña para el fuego, mientras que los otros tres se quedaron descansando y comiendo parte de la escasa comida que les quedaba.


    Según se iba alejando de sus compañeros se percataba de lo absoluta e inquietantemente silencioso que estaba el bosque. Siempre se había imaginado que todos los bosques eran ruidosos, que el viento, el agua, los animales y hasta las plantas formaban un incansable coro que cantaba un interminable y variado repertorio que mezclaba canciones amenazantes y relajantes. Sin embargo el bosque era silencio puro,  tan sólo roto por los ruidos que hacían los otros chicos y los pasos del mayor alejándose de sus compañeros.


    Al cabo de unos minutos, cuando apenas había recogido un pequeño haz de leña, oyó gritar a los demás. Asustado, porque solo podía ser que algo malo les sucedía a los demás, seguramente algún animal les estaba atacando, volvió corriendo hacia ellos. Se tropezó con unas raíces, y al rodar por el suelo se raspó la cara, las manos contra las piedras, y se le cayó la poca leña que había logrado recoger. Pero no había tiempo para preocuparse por sus heridas o incluso por la leña, tenía que llegar adonde estaban los demás y socorrerlos del peligro. Ese último pensamiento le hizo sentirse bien, durante los escasos segundos que tardó en llegar al campamento se vio a sí mismo como un héroe. 


    En el campamento se encontró a los otros llorando, con cortes, mordiscos y heridas por todo el cuerpo y la ropa manchada de sangre. La comida que les quedaba estaba tirada por el suelo. Se arrepintió de haberse ido a buscar leña, no debió haberlos dejado solos a merced de los peligros del bosque, de esas alimañas que casi habían devorado a sus compañeros. Si él se hubiera quedado allí, no les habría pasado nada. Si hubiese sabido convencerles para buscar leña entre todos, no les habría pasado nada. 

    

    En ese momento, uno de los pequeños habló.


    -Fue él, ¡él empezó!- Dijo mientras señalaba a otro de los chicos. 


    -¡Mentiroso!- respondió el señalado- yo sólo quería comer, ¡tenía hambre!


    -¡Mentiroso, tú!, que no querías compartir la comida. ¡La querías toda para ti!


    -No querían darme de comer, por eso los empujé-  explicó orgulloso el que había callado hasta entonces.


    -Quería pegarme- Dijo el primero que había hablado.


    -Yo sólo quería comer, tuve que defenderme.- Dijo otro de ellos


    El mayor se sentó en el suelo, sin saber qué hacer o qué decir. Después de permanecer un rato en silencio, habló y según hablaba, se enfadaba cada vez más.


    -Es de noche no se ve nada hace frío y he perdido la leña que traía. Habéis estropeado la poca comida que nos quedaba, estáis heridos, y no tenemos botiquín. A ver, ¿qué hacemos ahora?, ¡¿eh, qué hacemos ahora?! 


    -¡Tengo hambre! . 


    -¡Tengo frío! 


    -¡A mí, ni me mires, que te…! 


domingo, 16 de mayo de 2021

LAS ÁGUILAS LLEGARON EN EL MOMENTO ADECUADO.

No es mi intención principal responder a la recurrente pregunta de por qué no se encargó a las águilas portar el Anillo Único hasta Mordor para arrojarlo al fuego del Monte del Destino. De hecho, como diría mi amigo Juan M. Villa Gwaihir del Smial Montaraz de la Sociedad Tolkien Española, la respuesta es bien sencilla y totalmente lógica: porque así lo decidió el autor de la novela. Además, se puede añadir que si hubieran sido las águilas las encargadas de destruir el Anillo, estaríamos comentando un cuento de Monterroso, en vez de una novela de Tolkien, o... un ¿cuento de hadas? de J.R.R. Tolkien. Es decir, nos perderíamos la columna vertebral de la novela, aquella en que apreciamos la evolución de los personajes al compás del desarrollo de los acontecimientos, toda esa trama que nos permite empatizar con los miembros de la Comunidad del Anillo y con los pueblos libres de la Tierra Media, para hacer nuestros, los propios sentimientos de los personajes. Un libro así, careciendo de ese desarrollo, no calaría en el ánimo del lector, no llegaría al alma del lector, y por lo tanto sería una novela que no aportaría nada más que un rato, corto, de entretenimiento.



Sin embargo, la pregunta sobre las águilas responde a algunos de los síntomas del estado de crisis en que se encuentra nuestra sociedad actual que afecta a la cultura, los valores, la política, la economía etcétera. El rechazo a todo lo que pueda suponer un esfuerzo, y  más aún a lo que suponga un sacrificio es uno de dichos síntomas, lo que provoca una exaltación de las apetencias propias y de su consecución a cualquier precio, sin que importe nada más en absoluto. Otro de ellos es la opción casi exclusiva por el camino fácil, cómodo y sin compromiso para afrontar cualquier situación de la vida, tanto las que tienen importancia, como las  que carecen de ella. Un tercer síntoma consiste en la conversión de la inmediatez en un valor añadido, o más bien, en el mayor valor que puede ofrecer cualquier producto o servicio. Nuestra sociedad no puede esperar a que el transcurso del tiempo obre sus efectos, así que demanda que todo suceda en el mismo momento que se desea, impidiendo su desarrollo natural, maduración necesaria y asimilación correcta, por lo cual ese mismo todo se vuelve fútil, vano, banal y prescindible. 


En la propia novela El Señor de los Anillos Glorfindel llega a insinuar la posibilidad de optar por una solución fácil y rápida a la terrible situación que se les ha presentado: ya que no parece fácil destruir el Anillo, cabe enviarlo a los valar, a los poderes que Eru envió a la Tierra para terminar de completarla y protegerla, porque ellos podían impedir la victoria del Mal. Pero bien sabe Elrond que  dicha solución no es posible ni eficaz. En el párrafo 2,II:220 dice:  "Y aquellos que habitan más allá del mar no lo recibirán: para mal o para bien pertenece a la Tierra Media. El problema tenemos que resolverlo nosotros, los que aún vivimos aquí." La consecución de la victoria del Bien requiere del esfuerzo y del sacrificio de los habitantes de la Tierra Media, de los Hijos de Eru, (incluyendo a entre ellos a los de su adopción): elfos, enanos, hombres y hobbits, especialmente por parte de estos dos últimos que comparten el mismo origen.


Tolkien expresó muchas veces que no le gustaban las alegorías, y que su obra no es una alegoría de su Fe católica, pero no por ello se deja de percibir que El Señor de los Anillos era un libro católico, que su Fe estaba presente en el libro, y que era parte de la aplicabilidad del mismo. Por ello, la intervención divina se realiza también a través del esfuerzo y del sacrificio que realizan los Hijos de Eru, como también, nosotros, en el mundo real podemos favorecer la intervención divina mediante nuestros esfuerzos y sacrificios realizados por Amor a Dios y al prójimo. Mientras que una intervención divina más evidente, aunque indirecta, como son las águilas de Manwe, es una respuesta efectiva a ese esfuerzo y sacrificio previo, que no interfiere en la Libertad que Eru otorga a sus Hijos, que es la misma Libertad con la que Dios reviste a la humanidad. 


La necesidad del esfuerzo, del sacrificio no se refiere a que Dios desee nuestro sufrimiento. Las Escrituras señalan, varias veces, que Dios no se complace en el dolor humano, sino más bien al contrario, pero eso no significa que debamos optar por el camino fácil, o mejor dicho, por el camino cómodo, o incluso me atrevería a decir por el camino infantilizado, que no es lo mismo que infantil. Volviendo a las obras de Tolkien, en su diálogo con Finrod, la mujer sabia Andreth cuenta como Melkor engañó y esclavizó a los hombres mediante regalos y falsas promesas de aprendizaje y prosperidad fácil y sin esfuerzo para de los hombres.


El sacrificio consiste en hacer lo correcto aunque parezca difícil, en desprenderse de todo lo que nos impide actuar por generosidad, por servicio, por amor a nuestros semejantes y para los que somos cristianos, por Amor a Dios y a todas sus criaturas. En ese sentido, en El Señor de los Anillos Frodo y Sam, Sam y Frodo realizan su gesta por amor a La Comarca y a los hobbits y por todos los lazos de amistad que van tejiendo a lo largo del libro. O el caso de  los rohirrim, que arriesgan sus vidas por lealtad a Gondor, incluso vemos como este sacrificio les sirve para corregir el único aspecto negativo que de ellos se narra en la novela, el trato injusto que daban a los drúedain. En contra de todo esto, se podría decir que Aragorn, además de por sus amigos, lucha para ser Rey, y es cierto. Sin embargo, Aragorn no lucha para él mismo, lo hace para dar cumplimiento a un compromiso que tiene con su pueblo, y con todos los pueblos libres de la Tierra Media, el compromiso de acabar con la amenaza de la Oscuridad, y además para cumplir un compromiso con sus antepasados: asumir y honrar sus herencia y legado. La única motivación propia de Aragorn es su amor por Arwen.


Me parece que la posibilidad de hacer de este mundo un lugar mejor, más acorde al plan divino de Amor y Fraternidad, tanto si se es creyente como si no, realizando un pequeño sacrificio por los demás es una grandísima oportunidad que no debemos dejar pasar. 


viernes, 7 de mayo de 2021

EL ANILLO ÚNICO VIAJA AL CINE

Con el reestreno de las tres películas con las que Peter Jackson adaptó a la gran pantalla la novela El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien y la sucesión de expectación y decepción creada por la ausencia de noticias y abundancia de rumores sobre la serie que Amazon está produciendo bajo el título de El Señor de los Anillos, ha reaparecido, si es que alguna vez desapareció, el debate entre los fans de la obra de Tolkien, y en general de los amantes de la literatura y el cine, sobre la relación de las obras literarias y sus adaptaciones a los medios audiovisuales. Por ello, me ha parecido interesante comenzar a llenar las estanterías de este blog tratando esta cuestión en el caso de la novela El Señor de los Anillos, que va a tener mucha relevancia en Lo que no ocupa lugar, y las películas realizadas por Peter Jackson.

Parto de la base que estamos ante tres muy buenas películas que adaptan una obra maestra de la literatura universal como es El Señor de los Anillos. Son tres películas de indudable calidad artística y técnica, realizadas con mucho respeto y cariño hacia la novela. Sin embargo, en mi opinión, las películas carecen de algunas de las virtudes que hacen de El Señor de los Anillos una obra trascendental en su mensaje y estilo. Aunque esta cuestión en torno a las adaptaciones cinematográficas arrancó mucho antes.

Es bien sabido que J.R.R. Tolkien se negó a que la compañía Disney, o los Beatles, adaptaran su obra al cine. Años después, su hijo Christopher Tolkien mostró claramente sus reticencias hacia las adaptaciones de Peter Jackson tanto durante su producción, como después de su estreno. Sin embargo, no me parece que Christopher Tolkien tuviera nada en contra del cine o de la televisión como tales, sus reticencias se debían a una realidad que habitualmente se deriva de las adaptaciones audiovisuales de bastantes obras literarias que conforman nuestro acervo cultural.

El cine primero, la televisión después, y en la actualidad todos los medios audiovisuales han formado la imagen popular de bastantes obras y personajes, con tal fuerza que ha sustituido la concepción original del autor. Por motivos del lenguaje audiovisual, de los medios técnicos o de intereses económicos se han limitado los matices, banalizado el sentido o estereotipado los características de los originales, por lo que las historias y personajes ya no son los que concibió el autor. Pensemos, por ejemplo, en personajes tan conocidos como  Drácula o Sherlock Holmes, cuya imagen popular no sería reconocible por Stoker o Doyle. En este mismo sentido, se puede señalar la escasa simpatía que Tolkien sentía por la obra de Shakespeare, porque consideraba que el dramaturgo había deformado la imagen de los elfos y las hadas  

Christopher Tolkien sabía que era imposible llevar a la pantalla algunas cuestiones esenciales de la obra de su padre, como, por ejemplo, la realidad, intangible pero perceptible,  de la Tierra Media. Obviamente, El Señor de los Anillos es una obra de ficción, pero se vertebra en un conjunto de lenguas que Tolkien inventó previamente a la novela. Asimismo, los personajes de El Señor de los Anillos recitan cuentos y canciones que sustentan su mundo para demostrarnos a los lectores que es nuestro mismo mundo, como en La Iliada se cantaban gestas acontecidas en el mismo mundo en que vivían los antiguos griegos, porque como Aquiles, Héctor y Ulises, los personajes de El Señor de los Anillos son parte de una mitología que explica los orígenes  ancestrales de nuestra cultura.

Al ser la Tierra Media un lugar real, también lo son los personajes que viven, aman, luchan y mueren en ella, y sólo hay una forma de conseguirlo: dotar a los personajes de un alma que también sea real. Los personajes de El Señor de los Anillos viven y sienten como nosotros, por eso nos hablan de lo que somos en lo más profundo de nuestro ser, de nuestra alma trascendente, de la belleza de la Naturaleza y del arte, de lo que amamos y de lo que tememos, de la esperanza de gente corriente que se sacrifica por todo aquello que ama, del valor de todas las criaturas, de la perversidad e inutilidad del poder cuando nace del odio y la codicia, frente a la autoridad benévola que nace del amor y ofrece esperanza.

Efectivamente, era imposible que Peter Jackson, o cualquier otro director (haría falta un John Ford o Howard Hawks), lograra plasmar todo esto, y el resto de emociones que siente el lector cada vez que lee El Señor de los Anillos. Jackson y su equipo tuvieron que optar por priorizar algunos aspectos de la obra sobre otros, para poder traducirlos al lenguaje cinematográfico. De esta manera, lograron realizar un magnífico espectáculo visual, sin dejar, por ello, de emocionar al espectador, a todos se nos ponen los vellos de punta con las diferentes frases de Sam, o con la carga de los rohirrim en los campos del Pelennor. Las tres películas gozan de un muy buen guión, un montaje ágil y eficaz, grandes interpretaciones, un soberbio diseño de producción y una banda sonora perfecta, por ello fueron aplaudidas y admiradas por el público y elogiadas por la crítica. Sin embargo, al centrarse en los aspectos “épicos” de la historia, a las películas les falta toda la lírica que se encuentra en las páginas del libro y la profundidad intelectual y espiritual de la obra de Tolkien, así que las películas ofrecieron una imagen deformada de la novela.. Las películas también mostraron una imagen deformada de bastantes personajes. Jackson no logró reflejar bien el papel en la historia de los hobbits o de Faramir, por ejemplo, que, como se aprecia en estas dos citas de la propia novela (tomadas de la edición de Minotauro de 1985), y que son el mejor final posible para este artículo, tienen una personalidad muy diferente y mucho más fuerte y profunda que la que aparece en las películas.


“Hay una semilla de coraje oculta (a menudo profundamente, es cierto) en el corazón del más gordo y tímido de los hobbits, esperando a que algún peligro desesperado y último la haga germinar” 1,VIII:31.


“—¡Ah, aquí pones el dedo en una llaga que a muchos les duele! —dijo Beregond—. Pero las cosas podrían cambiar cuando regrese Faramir. Es valiente, más valiente de lo que muchos suponen; pues en estos tiempos a los hombres les cuesta creer que alguien pueda ser un sabio, un hombre versado en los antiguos manuscritos y en las leyendas y canciones del pasado, y al mismo tiempo un capitán intrépido y de decisiones rápidas en el campo de batalla. Sin embargo, así es Faramir. Menos temerario y vehemente que Boromir, pero no menos resuelto” 5,I:149.











Mi opinión (positiva) sobre La Odisea de Cristopher Nolan

  Desde antes de su estreno La Odisea dirigida por Cristopher Nolan ha recibido muchas y duras críticas arguyendo que el trabajo y las decis...