sábado, 7 de noviembre de 2026

COMPRENSIÓN


«¡Qué fácil es juzgar a otro y qué difícil es entender a otro!, no saben que es imposible saber lo que otro siente, y, sobre todo, ¡qué fácil es opinar sobre el sufrimiento ajeno! y más aún, cuando el sufrimiento no se ve».
Siempre pensaba lo mismo cada vez que tenía que explicar su situación. Daba igual si era ante conocidos o ante desconocidos, nunca faltaban las dudas, objeciones y escepticismos sobre la angustia que le oprimía y destruía su ánimo.
Aunque se había propuesto no dejar que le afectaran esas frases, tan manidas como inútiles, que con buena (o al menos eso esperaba él), pero equivocada intención (de eso estaba seguro), solían decirle sus familiares y amigos, estaba harto de esos comentarios y de la total y absoluta falta de comprensión que demostraban. Era agotador que todos recitaran en bucle el mismo mediocre y plano guion: «Pero si tienes muy buen aspecto», «es que tienes demasiado tiempo libre y le das muchas vueltas a la cabeza», «es que no te esfuerzas lo suficiente en ser feliz», «tienes que animarte y divertirte».
Claro que deseaba ser feliz, y por supuesto que se esforzaba en ello. Por lo que él recordaba, llevaba toda su vida esforzándose mucho en ser feliz, y todavía más en parecerlo. Nunca le faltaron aficiones, ni distracciones, ni amistades con quien compartir sus aficiones. Pero esta sociedad actual tan descreída, materialista y utilitarista como sobreestimulada e impaciente tachaba sus aficiones de inútiles, aburridas, carentes de sentido y hasta de perezosas. Sin embargo, él intuía que para cualquiera que se detuviera a pensarlo mínimamente, la inutilidad material y la posibilidad de relajar cuerpo y mente deberían ser las primeras cualidades de cualquier buena afición.
Así todo, la realidad es tozuda: ninguna enfermedad se cura con fuerza de voluntad y distracciones, o por lo menos, no se cura solo con fuerza de voluntad y distracciones. Sin la intervención de la medicina, no hay nada que hacer. Después, una vez iniciado el tratamiento, la fuerza de voluntad del paciente, su ilusión y ganas por vivir pueden facilitar la recuperación y hacer más llevadero el tratamiento. Pero antes de eso, era imprescindible comprenderse y aceptarse a sí mismo, y necesitaba que alguien le ayudara a descubrir que lo que le pasaba tenía nombre.

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Cuando encontró el apoyo e impulso que necesitaba en las palabras de un poeta, lo sintió como una sorpresa que, en realidad, no había sido tan imprevista.
Al principio de Mucho ruido y pocas nueces, Beatriz y Benedicto presumen de estar a salvo de caer en las redes del amor, al mismo tiempo que se dedican a lanzarse pullas sin parar el uno al otro, para demostrar la incompatibilidad de sus caracteres. Pero, las presunciones humanas tan solo engañan, y no siempre, a quien las practica. La belleza y, sobre todo, la atractiva personalidad de la aguda e independiente Beatriz han cautivado al no menos ingenioso caballero, que aprecia las virtudes de la dama, pero que no puede reconocerlo delante de sus amigos y compañeros de armas.
Benedicto pretende disimular su mal de amores, fingiendo padecer el paralelo mal de muelas. Su señor, don Pedro de Aragón, resta importancia al sufrimiento de Benedicto con una broma salpicada de incredulidad y camaradería, a la que el doliente responde resignado:
 —Cualquiera puede soportar un sufrimiento, excepto el que lo padece.
Leyó y releyó varias veces la frase.

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Se puso de pie y declamó la línea de Benedicto entonando y modulando la voz, como haría un actor shakespeareano. Le gustó. Recitó todas las frases de Benedicto hasta el final de la obra y lo disfrutó.
Al acabar su actuación, se sintió muy bien, como hacía mucho tiempo que no se sentía. Sabía que su trastorno no había desaparecido por leer a Shakespeare y que jamás iba a desaparecer. Tenía muy claro que iba a necesitar la medicación toda la vida, pero a partir de entonces todo iba a ser diferente.

Ya no iba a dudar de sus sentimientos cada vez que la vida pareciera fundirse a negro, ya no iba a necesitar explicar a nadie por qué había dias en que bastante tenía con luchar consigo mismo, como para tener que aguantar tonterías ajenas, y ya no iba a hacerle falta justificar sus despistes y rarezas ante nadie. Shakespeare le había demostrado que nadie, salvo él mismo, tenía autoridad para juzgar su dolor, y el bardo sabía lo que decía cuando escribía sobre las angustias y los gozos del alma humana.

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