Mostrando entradas con la etiqueta SALAMNCA RUGBY CLUB. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SALAMNCA RUGBY CLUB. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de octubre de 2026

INVICTUS, NOW



HACE UNOS MINUTOS


Desde fuera del campo, solo se ven una veintena de cuerpos humanos de los más diferentes tamaños y constituciones, ligeramente agachados hacia delante que se abrazan por las cinturas o los hombros. Todos visten camisetas bicolores de rayas horizontales y pantalones cortos de deporte. Aunque, a decir verdad, era realmente difícil distinguir los colores de aquellas camisetas y pantalones. Presentaban enormes manchas de un inusitado color marrón, más parecido al que se puede encontrar en una turbera pantanosa que el esperable en un terreno de juego.

El cansancio y la fatiga se dibuja en todos los rostros, y en algunos de ellos, la extenuación asoma más allá de unas barbas canosas y desaliñadas. El temblor de las piernas más delgadas denota el sobreesfuerzo a que habían sido sometidas, en varias orejas se advierten cicatrices y debajo de las camisetas, los hombros están poblados por coloridos hematomas. Sin embargo, todos los rostros sonríen felices y satisfechos.

Varios de ellos ya conocían esa sensación desde hacía años. Algunos habían jugado en los primeros equipos de varios clubes de rugby. Incluso disfrutaron de cierto éxito como la Profe, una de las entrenadoras, y Gamba que estuvieron a punto de fichar por un equipo de la Premiership femenina de no haber sido por la pandemia. O también Leyes, un directivo del club que además de impulsar el equipo mixed ability había jugado en varias ligas europeas, o Torero que contaba con una docena de caps con la selección olímpica.

Para otros jugadores, aquel era su primer triunfo deportivo que alcanzaban pasados cuarenta y hasta los cincuenta años, gracias a un deporte que premia la nobleza, el esfuerzo y el sacrificio por el equipo por encima de la edad y la condición física. Aunque no cabe duda de que Hornimans, Ruedas, Mister y Burgalés también aportaban velocidad y técnica al equipo, en el caso de otros, como Sonotone, su esfuerzo y compromiso con el equipo destacaron mucho más que su técnica y velocidad.

Pero ninguno de ellos estaría disfrutando de la satisfacción del deber cumplido y del triunfo sin la columna vertebral del equipo: los chicos y chicas de la sección deportiva de Asprodes y de la Escuela Santiago Uno.


HACE CUATRO AÑOS


—Buenas tardes a todos, estudiantes, familias y amigos. Os hemos convocado a esta reunión para comunicaros una noticia que estamos seguros os va a gustar mucho. Para ello, tenemos aquí a la nueva responsable de nuestro Club Deportivo. Os presento a…

Los aplausos resonaron por todo el Salón de Actos de Asprodes, mientras que una joven con un indudable aspecto de deportista y una mirada y voz que generaban confianza comenzó a hablar desde el estrado.

—...y esta es la noticia. A partir de ahora, no sólo vais a practicar deportes y competir contra equipos formados por otras personas con discapacidad intelectual, sino que vais a jugar y competir mezclados con personas sin discapacidad, o al menos eso dicen— las risas de los presentes le ofrecen la oportunidad de beber un poco de agua— y vais a jugar al mejor deporte que existe, en el que cualquier persona que le ponga ganas, pasión, esfuerzo, espíritu de equipo y nobleza puede participar. Es el deporte que yo he practicado, disfrutado y me ha convertido en la mujer que soy hoy en día: el rugby.

Algunos estudiantes y casi todas las familias miran a Profe con caras de asombro y, sobre todo de miedo, pero la mayoría de los estudiantes aplauden ilusionados, como harán varias veces más hasta que ella terminó su discurso:

—Nos vemos el martes a las seis y media de la tarde en el campo de rugby.


HACE TRES AÑOS


—¡Equipo!, venid todos aquí. Os voy a presentar a unos compañeros nuevos que van a formar parte del equipo desde ahora. Son un grupo de padres de chavales de la cantera, que estos meses han estado entrenando con otros padres y madres estos últimos meses al rugby touch. Mirad, éste de aquí es Sonotone, el mayor del grupo, y éste otro Burgalés —los aludidos dan un paso al frente y saludan a los compañeros— y en el otro lado están Hornimans, Ruedas y Mister —quienes también saludan al resto del equipo.

—Ahora os presentáis, que sois más y lleváis más tiempo en el equipo. —Continuó Profe— Venga no os quedéis callados, que cuando os apetece, bien que habláis, en vez de escucharnos a Leyes y a mí.

Después de unos instantes de silencio, una mujer muy bajita con una cara muy alegre se lanza a hablar para presentarse,

—Yo soy Esquimal. Me llaman así porque he jugado un torneo de hockey en Alaska. Ella es Currela y trabaja de monitora en el Parque de Cuerdas y en las actividades de tiempo libre de Asprodes. —Currela saluda y Esquimal continúa con la presentación. —Ella es Goku, le encanta Bola de Dragón, nació en África y corre que se las pela. Aquella es Capi, como es más alta también juega al baloncesto y por aquí anda Lisa-Lisa que dibuja cómics de tipo manga muy chulos. Y esos de ahí, son los chicos del equipo. El primero es Káiser, porque se llama como un emperador. Y, venga Káiser, haz tú algo,  presenta a los chicos.

Káiser, con una amplia sonrisa se dispone a presentar a sus compañeros.

—Él es Pequeño, casi dos metros que mide el tío. Ahí está Kung-fú que no para quieto nunca, y aquí, al lado, Caribe porque vino de una isla de por allí. Éste es Correcaminos, otro que también es americano y el más rápido del equipo. Ese del peinado raro es Mohicano, detrás está Acróbata que también está en la Escuela de Circo de la Santiago Uno, como Guantes que es boxeador,  y Vaquero que trabaja en una granja


HACE DOS AÑOS Y MEDIO 


—No sé si conocéis la obra de Tolkien, quien, por cierto, fue jugador de rugby en el colegio, o si habéis visto las pelis de Peter Jackson, pero hay una frase de Gandalf que dice: “Los hobbits son criaturas realmente asombrosas. Puedes aprender todo lo que hay que saber sobre sus costumbres en un mes y, sin embargo, después de cien años, aún pueden sorprenderte.”

Algo parecido se puede decir de las reglas del rugby. Podemos aprender las reglas del juego en dos semanas, pero siempre habrá algo que, de repente, os sorprenda, porque no la sabéis. ¡Qué no os cause temor! ¡Estaréis en el Elíseo! Esperad, no que eso es de otra película. —Todos se ríen— No os preocupéis, al resto de los jugadores les pasa lo mismo, y a diferencia de otros deportes, en el rugby el árbitro os ayuda con las normas, y vosotros  también lo ayudáis practicando siempre juego limpio.

Pero hay unas pocas reglas que debéis saber como el padrenuestro. Además de que en el rugby corremos hacia delante, pero pasamos el balón hacia atrás, la principal regla del rugby es el respeto. El rugbier siempre respeta al rival, al árbitro, a su equipo, al deporte, es decir, se respeta a sí mismo, como persona honrada y como deportista competitivo. Gracias a esta norma disfrutamos de un privilegio único en el mudo del deporte: el tercer tiempo. Al acabar el partido, compartimos comida, cerveza y risas con los jugadores del equipo rival y nos agradecemos mutuamente la posibilidad de disputar cada partido. Sin rivales no hay partidos que jugar y sin rivales no hay forma de mejorar cada día como jugadores y como equipo.

La segunda norma es una consecuencia genial de la anterior: “Una pelota redonda te la puede devolver una pared, pero una pelota de rugby solo te la puede pasar un amigo.” Y esa es una de las claves del rugby. Corremos, placamos y nos placan, caemos al suelo y nos levantamos, marcamos, pateamos, ganamos y perdemos… pero siempre con amigos. Es imposible jugar al rugby y que tus compañeros no se conviertan en tus amigos. Pero es que incluso, los jugadores rivales, también se convierten en tus amigos.


*********


Amigos, él siempre quiso, y necesitó, tener amigos, pero nunca fue fácil, y muchas veces, imposible. Le habían llamado Pequeño desde que podía recordar, aunque saltaba a la vista que, en todo momento y lugar, era más alto y ancho que el resto de los niños de su edad. Si bajaba a jugar al parque, los demás niños tan solo le hacían caso para pedirle que los empujara en los columpios, o para que vigilase, ¡sin tocarlos!, los juguetes que no estaban usando, por si los niños mayores aparecían para quitárselos. Aunque los niños del parque jamás le ayudaron a columpiarse, ni mucho menos le permitieron jugar con ellos o usar sus juguetes, él volvió a casa más de una vez sangrando o con la ropa rota por haber defendido, con más valor y lealtad que la que la aquellos niños del parque se merecían, sus juguetes. 

Algunos de los niños del parque iban con él al colegio, y allí su trato no mejoraba, ni en el patio, ni en el aula. A la mínima ocasión buscaban la forma de que Pequeño cargara con las culpas de las jugarretas que ellos les hacían a los profesores. Su tamaño hacía creíble que hubiera sido Pequeño quien rompiera una de las patas de la silla de la señorita Amelia, la profesora de lengua que se rompió un hueso del brazo derecho cuando se cayó de esa silla

Curiosamente, la afectada fue la única persona que creyó en la inocencia de Pequeño. Ella había dedicado más tiempo que ningún otro profesor a Pequeño, porque no soportaba ver como el resto de los alumnos se burlaban de él porque le costaba leer. En una ocasión, Pequeño le contó que le dolía especialmente que, a pesar de esforzarse mucho, a él le costaba aprender más que a los demás. Y encima los que no mostraban ni el más mínimo interés por aprender absolutamente nada se reían de él. Por eso le agradecía mucho a la señorita Amelia todo lo que ella le estaba ayudando.

—Su agradecimiento era sincero, totalmente sincero. —Explicó Amelia a la Junta Disciplinaria convocada por la Inspección Territorial de Educación— Además, cualquiera que se moleste en prestarle un mínimo de atención se puede dar cuenta de que Pequeño tiene un enorme instinto de protección y un sentido de la lealtad excepcional, se podría decir que hasta exagerado e incluso perjudicial para él mismo. No, Pequeño no lo hizo, estoy segura. Si esta Junta decide sancionarle, estará cometiendo un grave error y una enorme injusticia, y probablemente algo peor, en lo que a la normativa vigente se refiere.

Pequeño no fue sancionado, y oficialmente nunca se supo quién había saboteado la silla de la profesora, pero la mayoría de los alumnos se lo imaginaba, como también se imaginaban que no habían quedado muy contentos por no haber podido culpar a Pequeño.

Un par de semanas después, el profesor de inglés les pidió a los alumnos que preparasen un pequeño mural con fotografías de sus juegos favoritos, para que lo expusieran en clase en grupos de tres o cuatro. Pequeño se sintió bloqueado y emocionado a la vez. De un lado, el inglés se le daba incluso peor que el resto de las asignaturas, y de otro lado, suspiraba por estar en el grupo de Jenny, que para él era la chica más guapa del mundo. En su bloqueo dos de los niños del parque se le acercaron para invitarle a realizar el mural con ellos y no fue capaz de negarse.

Dos días más tarde, cuando tenían que presentar el mural Pequeño no acababa de estar contento con el resultado del mismo. Pensaba que les había quedado bastante feo y que sus dos compañeros no se habían esforzado demasiado en escoger las imágenes. Ellos, en cambio, le decían que no se preocupara, que lo de las fotos y el mural era una tontería que se le había ocurrido al profesor de inglés porque no sabía dar clase, pero que como ellos eran los chicos listos del colegio no necesitaban esforzarse mucho para hacer bien la tarea. Como estaba bastante nervioso con la presentación y ya no había tiempo para hacerlo mejor, tuvo que conformarse con esa explicación. Además ellos se encargaron de que una sorpresa doble le impidiera poner más pegas al resultado del mural.

—Tú vas a leer los textos de las fotos, seguro que hasta Jenny te aplaude.

No le había dicho a nadie que le gustaba Jenny, pero sí les había dicho a ellos que le daba miedo leer en público y más aún en inglés.

Puede que oficialmente no fuera tan inteligente como la mayoría, pero en ese mismo momento comprendió que las personas menos responsables y menos cumplidoras con su deber, también solían ser realmente malas personas y muy despiadadas con aquellos que presentaban cualquier debilidad, y los niños no eran una excepción para esta regla.

Aquellos fueron los años más tristes de su vida, pero como no le gusta ni quejarse, ni la gente que continuamente se queja de su mala suerte, Pequeño siempre prefiere recordar cuando ingresó en el colegio de Asprodes, porque allí todo era felizmente diferente y su natural carácter sociable pudo, por fin, desarrollarse y destacar.

Pero no logró desarrollar su carácter porque el alumnado estuviera formado solo por niños con necesidades educativas especiales, sino porque ahora estaba en un espacio donde estaba seguro frente a los juicios ajenos, las burlas y la exclusión. Como cualquier otra persona, Pequeño tan solo necesitaba sentirse aceptado tal como era, con sus dificultades y con sus fortalezas y encontrarse con personas que le ayudaran a superar dichas dificultades, al  mismo tiempo que valorasen y potenciasen sus fortalezas. Efectivamente, en Asprodes pudo mostrarse como el chaval simpático y carismático que era, disfrutar de sus obvias y enormes capacidades para la práctica de varios deportes, al mismo tiempo que le ayudaron a aprender todo lo necesario para romper todas esas barreras que esta sociedad, tan moderna y avanzada, había colocado delante de él. Poco después de cumplir los veinticinco años, Pequeño había encontrado el amor en una chica con quien compartía su vida y se había asegurado un futuro laboral, que si bien, no le iba a hacer rico, ni mucho menos, le iba a permitir vivir de sus propios medios, y sobre todo, sentirse a gusto consigo mismo y ofrecer su aportación a la sociedad.


*****


—... no lo olvidéis nunca el equipo os necesita siempre, lo mismo que cada uno de vosotros necesita siempre al resto del equipo. Todos y cada uno de vosotros tiene una misión propia en el campo según vuestra posición y luego tenéis otra común; jugar por y para el equipo y para los compañeros. Ya habéis comprobado como después de cada partido, os duelen hasta los pelos de la cabeza, si aún los tenéis, o donde sea que los tengáis, pero al mismo tiempo, estáis deseando que llegue el siguiente partido, para volver a sentir las mismas emociones junto a los compañeros y frente a los rivales. Y habéis visto como mucha gente de fuera del rugby no entiende esta pasión por un deporte tan duro y exigente y en el que nadie se hace rico y famoso. La única respuesta que se me ocurre es lo que dice Hoot en Black Hawk derribado: “Es por el hombre, o la mujer, digo yo, —las chicas del equipo ríen— que está a tu lado, es por eso, no hay nada más”. Y eso, colegas, es muy grande, porque significa que para el tío o la tía que tienes al lado, tú eres, en ese momento, lo más importante de todo.


******


Cuatro o cinco años antes Goku sentía que no le importaba a nadie, Su padre y ella llevaban algo más de diez años en España. Habían abandonado la República Democrática del Congo, poco después de la muerte de su madre causada por una infección derivada de las secuelas de la guerra. Su padre aún no había conseguido regularizar su situación. La burocracia española no entendía que con las circunstancias de su país era prácticamente un milagro expedir cualquier certificado y enviarlo a España. Así que Patrice trabajaba sin contrato, ni seguro en un invernadero de Almería, donde un antiguo guerrillero congoleño se había ofrecido al patrón como capataz de un grupo de trabajadores compatriotas suyos, que al estar acostumbrados al calor y humedad de la selva de su país, eran los candidatos ideales para trabajar bajo el plástico asfixiante.

El capataz los mandaba con los mismos crueles métodos que había empleado con los niños-soldados en su país y al patrón no le importaba nada, salvo que la cosecha fuera recogida, aún a costa de la salud o de la vida de sus trabajadores. El padre de Goku murió de un golpe de calor un martes de mediados de julio. Ella se enteró cuando el capataz fue a buscarla al barracón donde vivía. Le entregó un sobre y con la mirada y la sonrisa  que, durante la guerra del coltán había utilizado para helar la sangre de los enemigos capturados, le dijo:

—Esto es lo que habría ganado tu padre esta semana. Ya puedes darle las gracias al patrón por su generosidad, así que mucho cuidado con decirle a nadie que Patrice murió trabajando. Y mañana te quiero fuera de aquí. Aunque, —bajó el tono de su voz, pero la expresión de su rostro era aún más amenazante— si eres amable conmigo, podría encontrarte un sitio mejor para vivir y trabajar que esta pocilga y este sobre estaría más lleno de billetes cada semana.

Goku sabía demasiado bien lo que es vivir con miedo y tristeza, pero en aquel momento, en su ánimo solo había odio y furia. Sentía un odio frío, primario e infinito por aquel hombre que después de maltratar a su padre hasta la muerte, la estaba hablando con ojos de chacal y sonrisa de hiena. Estaba furiosa con su país desangrado por la codicia y la estupidez de los hombres. Estaba furiosa con el país que le había escatimado la regularización. Estaba furiosa con el patrón que se sirvió del trabajo de su padre como si tan solo fuera una herramienta más. Estaba furiosa con el capataz que trataba a los hombres como bestias de carga y a las mujeres como ganado. Estaba furiosa con su padre por haber aceptado todo eso como si se tratara de un designio inevitable. Estaba furiosa consigo misma porque no se atrevía a hacer lo que sus entrañas le pedían, en vez de conformarse con aguantarle la mirada al capataz sin pestañear ni dejarse acobardar.

Goku no sabía que ese hombre no estaba, en absoluto, acostumbrado a que nadie le mantuviera la mirada. Esa cachorrilla insolente, como el capataz la llamaba, no podía amendetrarle de ninguna manera, pero el desconcierto que le causó el cuajo mantuvo Goku neutralizó su ferocidad, y sin entender qué le pasaba, arrojó el sobre al suelo y salió del barracón a grandes zancadas.

Aunque su ira, pero más aún, su autocontrol le habían otorgado esa pequeña victoria, Goku sabía que no tenía tiempo que perder. Debía abandonar el barracón y la región cuanto antes. El capataz no se podía permitir ningún menoscabo de su poder, y menos aún por parte de alguien como Goku, así que no tardaría en volver para vengarse de la peor forma posible

Guardó en la mochila sus escasas posesiones y una gorra que había pertenecido a su padre, mientras que varios de los temporeros que también vivían en ese barracón apartaron los bultos con que disimulaban el agujero del mercado. Así llamaban a un tosco y precario túnel que conducía fuera de la finca y que utilizaban para adquirir alimentos a un precio más razonable que en la tienda que el propio patrón tenía dentro de su propiedad.

 —Corre hasta la estación de autobuses y vete lo más lejos que puedas de aquí, y no mires atrás, ¡nunca!.

No supo quién de entre los temporeros y sus familias le dio tal consejo, pero era consciente que debía seguirlo, si quería salvar la vida. Era una buena corredora y a esas horas el Sol ya casi se había puesto del todo, dejando de martirizar a cualquiera que asomara la cabeza bajo sus dominios almerienses. Casi se podía decir que disfrutó de la carrera.

 Una vez en la estación de autobuses, desobedeció al consejo en un punto. No compró un billete para el destino más lejano, sino para el primer autobús que partiera de allí . Como su mochila era pequeña no necesitó guardarla en la bodega, así que subió al autobús enseguida y una vez sentada en la que era la butaca más cómoda que había estado jamás, volvió a leer el nombre de la ciudad impreso en el billete: Salamanca.

El viaje se le hizo más corto de lo esperado y eso la asustó. Temía no haberse ido lo suficientemente lejos de la finca. En el asiento de al lado, un hombre de edad bastante avanzada, que se esforzaba por levantarse de su asiento, notó la preocupación en el rostro de Goku.

—No te preocupes chavala, que ya estás despierta y has dejado atrás esa pesadilla que has tenido. Aunque por puñetera que haya sido la condenada, —le dijo riéndose— ni el Sol del amanecer te ha despertado, te has pasado toda la noche durmiendo del tirón. Ya me gustaría a mí dormir como tú. ¡Ay lo que tiene ser joven! Ya llegarás a mi edad, ya, y ni dormir bien, ni levantarte de la silla, ni comer lo que te gusta, ni casi respirar te dejan. Vengo de casa de mi hijo. ¡Hasta los mismísimos me tiene!, vaya bobadas de comidas que hacen él y su mujer, como esas chorradas que hacen los del mastechef de la tele. Elaboraciones, las llaman. ¡Hay que joderse!, qué tardas más en entender cómo se llama el dichoso plato que en comértelo y en volver a tener hambre. Al menos, mi pobre Adela ya no está aquí para verlos estropear la comida. Pero hija, ahora que te miro bien, tienes pinta de que llevas sin comer una eternidad. Espera —le dijo mientras sacaba su maleta de la bodega del autobús— que tengo por aquí un poco de, sí aquí está; un sobre de jamón de Salamanca, del bueno, ¿eh?. Lo llevé a casa de mi hijo, para que comieran algo de su tierra, pero ni se lo he llegado a ofrecer. Viendo lo que comen, igual ya ni les gusta, ellos se lo pierden. Toma, luego te compras una barra de pan y te haces un bocadillo para que desayunes como Dios manda. —Goku no sabía qué hacer. Era cierto que tenía hambre, y no llevaba nada de comer en la mochila, pero no estaba segura si debía aceptar el jamón. —Venga mujer, no seas tonta, cógelo, que con un gracias me vale, y además así me parece que les hago un poco más la puñeta a todos esos comisquis y gilipollas modernos.

—Muchas gracias, señor, es usted muy amable.

—Nada, chavala. Tú disfruta del jamón y de la vida que son dos días, que bien lo sé yo…

El hombre se calló de repente y Goku advirtió que algunas lágrimas empañaban los ojos del anciano. Hablando habían llegado hasta la puerta de la Estación y pese a su naturaleza comedida y poco impulsiva, abrazó y besó la arrugada frente de aquel hombre como le habría gustado haber hecho con su padre un par de días antes.

—Qué Dios te bendiga, chavala, —le dijo mientras subía a un taxi— y desayuna de una puñetera vez.

Devoró, sin pan ni paciencia el jamón según caminaba hacia no sabía dónde. Hasta ese momento no se había dado cuenta de que había huído hasta una ciudad desconocida, donde ella era también una desconocida, sin ningún familiar, ni amigo al que acudir. Las calles de Salamanca eran su única compañía, aunque, la acogedora belleza de la ciudad no paliaba la insoportable sensación de tristeza y desamparo que atenazaban su ánimo.

Pasaban las horas, y no quería dejar de andar, porque le daba miedo no saber donde podría pasar la noche, pero no podía detener el tiempo. Un rato antes había pasado por un parque que se extendía por ambas orillas del río unidas por un viejo puente de piedra. Allí había visto familias y grupos de amigos jugando y practicando deportes. Era una bobada, lo sabía, pero pensó que las huellas de esas familias la protegerían si pasaba la noche en ese parque.

No le costó mucho encontrarlo de nuevo, y comprobó con satisfacción que, a pesar de lo avanzada que iba la tarde, aún quedaban familias por allí. Se acomodó lo mejor que pudo en un banco que no estaba ni muy a la vista, ni muy escondido. Se quedó mirando a las estrellas, y pensando en su padre, y con el recuerdo de su padre, también se acordó del anciano del autobús, y de su bendición. Casi instintivamente comenzó a rezar como le había enseñado a hacer la hermana Hélène en la misión donde había aprendido a leer y a escribir.

El canto de un pájaro la despertó y la engañó…, por unos instantes pensó que estaba en algún hermoso y tranquilo paraje de su país, hasta que los ruidos propios de la ciudad la devolvieron a la realidad, a la tristeza, a la soledad y al hambre. Sentía que no podía afrontar otro día más. Miró al puente que se alzaba a su espalda sobre el río. Miró al río que discurría veloz por debajo del puente. Volvió a mirar al puente y se encaminó con determinación hacia el mismo, impulsada por los oscuros pensamientos que sobre sí misma, habían surgido en su cabeza.

—¡Buenos días, bella durmiente! 

Entre alertada, temiendo cualquier tipo de amenaza y esperanzada, deseando encontrarse de nuevo al anciano del autobús, giró varias veces sobre sí misma buscando, infructuosamente, a quien le había saludado.

—¡Buenos días! —dijeron más voces— Aquí, arriba.

En las ventanas del edificio que estaba frente a ella varios chicos y chicas de edades similares a la suya y un par de jóvenes algo mayores que los demás, la miraban y saludaban con curiosidad, pero también con indudable simpatía.

—Te hemos visto dormir y despertarte y vaya, mala cara que tienes, tía. Nos has preocupado mucho cuando te has subido al pretil del puente, pero no hay nada que un buen chocolate con churros no pueda solucionar. Ven que te invitamos a desayunar.

—Es la segunda vez que me invitan a desayunar desde que me escapé del barracón. —Dijo Goku después de presentarse y sin parar de dar buena cuenta de los churros— El resto del tiempo, desde que mi padre murió, solo he tenido miedo, hambre y tristeza.

—Pues no te imaginas lo bien que te entendemos. —Dijo uno de los educadores de la Santiago Uno— No te asustes con la pinta de brutos que tienen estos. Son buena gente y saben demasiado bien lo que es tener miedo y sentirse solos. Pero aquí no están solos ni desamparados, aquí tienen una casa, una familia, un futuro, y como puedes ver, no tienen hambre.

Tanto los chavales de la Santiago 1, como Goku ríen ruidosamente, y por primera vez en años, ella siente que está en un lugar al que puede pertenecer.


HACE ALGO MÁS DE UN AÑO


—Ya sabéis cómo va esto. El primer equipo que logre dar diez pases, gana el juego. Como siempre el pasador no puede moverse, así que los demás debéis buscar el desmarque sin saliros del cuadro, y los del otro equipo tenéis que interceptar el pase sin placar al pasador. Si el balón cae al suelo, se le entrega al otro equipo. Quiero que seáis rápidos buscando huecos para el desmarque o cerrándolos si defendéis. El equipo que pierda cada tanda disfrutará de diez burpees. A la de tres, balón en juego para el primero que lo pille. ¡Una, dos yyyyy tres!

El balón es atrapado por Lisa-Lisa de peto rojo, busca un compañero desmarcado, primer pase logrado. Segundo, tercero, cuarto, quinto y después del sexto pase, el balón es interceptado por Hornimans. Se reinicia el juego, primer pase del equipo azul, segundo pase, tercero, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo…

—Joder, balón al suelo, ya lo teníamos ganado. Bueno nos toca volver a robarles el balón. Venga tíos, corriendo sin parar.

Pero no lograron volver a robar el balón. Un minuto más tarde Sonotone estaba maldiciendo la condenada estampa del doctor R. H. Burpee. Menudo psicópata que tuvo que ser el puñetero doctor para pensar que era buena idea juntar sentadillas, flexiones y saltos en un solo ejercicio. Bueno, piensa mientras salta, habrá que hacer algo para que el resto del equipo disfrute también del invento del bueno del doctor Burpee.

—¡Cambiamos de ejercicio! Con tres balones en el cuadro, os los pasáis y cuando yo diga ¡ya!, los tres que tengan el balón deben permanecer en el cuadro, el resto debéis sacarlos del mismo o robarles el balón, en menos de dos minutos. Se juega con las reglas del rugby. Si no lográis echar a los tres del balón, diez burpees y si os echan a los tres, cinco burpees para vosotros, que sois menos.

Parece que los tres balones queman por la velocidad con que pasan de unas manos a otras, durante menos de un minuto hasta que Profe grita: ¡ya! Sonotone tiene el balón en las manos y se encuentra en la zona central del cuadrado. Esta es la mía, piensa, no me van a sacar del campo. Es placado a la vez por dos de los más jóvenes del equipo, pero con los tacos bien clavados en el suelo, las piernas, hechas de acero para los barcos, flexionadas y empujando contra ellos con los hombros mientras protege el oval contra su pecho, no pueden moverlo ni un centímetro. En el forcejeo de empujes contrarrestados, los tres caen al suelo. Buena parte de sus compañeros ha dejado de jugar para observarlos con curiosidad y emoción.

—Qué no se diga que dos chavales jóvenes no podéis con un señor de más de cincuenta años.

De repente uno de los chicos grita asustado.

—¡Sonotone, tío, tu oreja,  estás sangrando!

En pocos segundos todo el equipo estaba volcado con ayudar a Sonotone, quien intenta calmar a sus dos jóvenes compañeros que están preocupados y asustados por lo sucedido.

—Esto no es nada, no os agobiéis, son los gajes del oficio. En cuanto Vendas termine de curarme, seguimos entrenando como si nada.

—Me temo que habrá un cambio de planes. —Dice el aludido— Nos vamos a la enfermería, que prefiero que te vean esa oreja bien a fondo. 

Algo más de una hora más tarde, el tono de aviso de WhatsApp suena en los móviles del equipo. A una foto de la sutura de una oreja le acompaña un mensaje:

“Tres puntos y sin haber pateado un drop a palos 😜”

Un par de semanas después, una vez retirados los puntos, Sonotone se reincorpora a los entrenamientos, entre las aclamaciones y las bromas de sus compañeros. La gente del rugby, tanto del touch antes, como del mixed ability ahora, le ha hecho sentirse deportista de verdad y miembro necesario de un equipo por primera vez en su vida. Antes del rugby, el futbolín había sido el único deporte que le había proporcionado satisfacciones y alegrías.

Era realmente bueno jugando al futbolín. Su muñeca derecha realizaba prodigios increíbles con la delantera, que les permitieron a él y a su portero, pasar tardes enteras de su adolescencia jugando sin tener que pagar una sola partida, derrotando uno tras otro a todos los rivales que se presentaban en la sala de recreativos donde se reunían los jóvenes de su pueblo a mediados de la década de los ochenta.

Pero lo del rugby era muy diferente. Era plenamente consciente de las enormes limitaciones que tenía como jugador. Pero ese deporte y sus compañeros habían logrado que  hasta disfrutara corriendo, una idea que se le había antojado inconcebible durante toda su vida, y que ni el cansancio ni el dolor le quitaran las ganas y el deseo de entrenar y jugar.

Al contrario, en las ocasiones que no pudo entrenar o jugar sentía un auténtico síndrome de abstinencia de oval y, sobre todo, de equipo. Había descubierto que compartir con su equipo el sufrimiento agónico que, en ocasiones, se soporta jugando al rugby, los golpes y empujones, las caídas y hasta las carreras desde el banquillo para llevar agua a los compañeros que estaban en el terreno de juego eran la argamasa que cimenta la camaradería que se respira en el rugby. Camaradería que, al igual que la argamasa se convierte en el aún más fuerte hormigón, si se le añade grava, se convierte en verdadera confraternidad gremial, si se le añade el tercer tiempo. Ahora que ya las había experimentado, Sonotone quería seguir participando y disfrutando de esa camaradería y confraternidad.


HACE SIETE MESES


Hace dos días que han disputado el primer partido de la temporada y el resultado no ha sido el deseado para el Salamanca Rugby Club. El abultado tanteo en su contra que refleja el marcador no se corresponde ni con el empeño, ni con el esfuerzo ni siquiera con la calidad que ha ofrecido la plantilla en el terreno de juego. Los entrenadores están preocupados por cómo pueda afectar ese resultado a la plantilla, y por cómo pueda irles el resto de la temporada.

—Es inevitable cometer errores. Hasta Finn Russell y Antoine Dupont cometen adelantados en partidos importantes, ¿no visteis el Escocia-Francia de la semana pasada?. Y tú Kung-Fú, no te tortures por fallar la transformación, Paolo Garbisi y hasta Thomas Ramos han pateado fuera de palos alguna vez, Cavalier lo ha visto en la cancha. —A unos veinte metros de ellos el aludido siente que dos decenas de pares de ojos clavándose en él, sin tener la menor idea de por qué le mira toda la sección de mixed ability.—Goku y Correcaminos,  a Cheslin Kolbe o  a Louis Bielle-Biarrey también los placan a cinco metros de la línea de ensayo y pierden la oportunidad de marcar, después de haber superado por velocidad y habilidad a seis o siete jugadores contrarios. A todos los equipos se les derrumba la melé en cualquier partido, ni siquiera los Springboks, con el pedazo de pack titular y de bomb squad que tienen, se libran de caer al suelo alguna vez en cada partido. Así que no queremos que nadie se venga abajo.

—Porque no tenemos sótano.

—Joder, que malo. Después eso necesito un descanso. —Profe mira a Tambor para que continúe con la explicación.

—Eso sí, tampoco queremos que os dé igual perder o ganar, por el hecho de que hasta Irlanda o los All Blacks pierdan partidos y torneos. Esto es rugby, da igual que seamos un equipo de mixed ability de la España vaciada, un equipo de la Premiership femenina o una selección Tier 1; ganar no es ni el único objetivo, ni puede que el principal, pero ganar es importante, molaría que disputáramos cada partido como si fuéramos la Sudáfrica del 95. Mandela y los Springboks demostraron que el rugby podía acabar con las últimas barreras del racismo y el apartheid para unir y devolver la dignidad a su país con la ilusión de ganar juntos el mundial. Estamos seguros de que este equipo demostrará que con el rugby se pueden superar todas las barreras, dificultades y putadas que os habéis encontrado en esta sociedad nuestra, tan moderna, tecnológica e igualitaria, —Tambor marca unas comillas en el aire— como materialista, egoísta, clasista e individualista.

—Tenemos que demostrar a la sociedad que somos capaces de hacer lo mismo que cualquier otra persona, porque somos iguales que ellos, pues entonces… necesitamos algo que simbolice ese objetivo y nos inspire 

No es la primera vez que las palabras de Káiser demuestran su gran sagacidad y sensibilidad, con las que se ha ganado siempre y en todas partes el cariño y la admiración de todos los que le conocen. En esta ocasión, además, acaba de desencadenar un montón de tormentas de ideas en las cabezas de sus compañeros.

—Yo he visto varias veces la película de Mandela y el rugby, —apunta Mohicano— y Mandela le cuenta al capitán de Sudáfrica que leía un poema cuando estaba jodido en la cárcel, para animarse y no rendirse jamás. Y luego el capitán, no me acuerdo cómo se llamaba, le dice que ellos escuchaban siempre la misma canción en el autobús antes de cada partido, como si esa canción fuera un himno.

—Eso es tío, una canción, que nos anime e identifique. Mirad a los irlandeses. Otros que han pasado las de Caín por culpa del terrorismo, tanto de republicanos, como de unionistas, pero gracias al rugby todos juegan en la misma selección: los del Ulster y los de la República de Irlanda, católicos y protestantes y en cada partido la afición de toda la isla canta unida Zonbie de los Cranberries. —Explica Gamba, que es una gran admiradora del rugby irlandés y de todo lo relacionado con la isla esmeralda.

—Pues, venga gente, a correr y a entrenar, y a ponerse a pensar canciones para el equipo. —Goku disfruta tanto con el deporte que necesita correr para aclararse las ideas y pensar.

El método de Goku de correr para pensar resultó eficaz. Después de ejercitar las líneas de pase al sprint,  Ruedas ha tenido una idea. Aún le falta pulirla un poco, pero ya sabe lo que tiene que buscar y dónde buscarlo. Currela, que tiene un verdadero sexto sentido para detectar el estado de ánimo de las personas y en especial de sus amigos, le mira con curiosidad cómplice.

—¿Y esa sonrisa?

—En el próximo entrenamiento os lo contaré a todos, pero he tenido una idea que creo que le va a gustar a todo el equipo. Ya lo verás.

Nada más llegar al campo para el siguiente entrenamiento, Currela se dirige a Ruedas.

—Bueno, ¿qué, nos lo vas a contar de una puñetera vez o no?

—En cuanto vengan todos, os lo cuento, enseguida, ya verás.

Poco a poco, toda la plantilla se va incorporando al círculo de pases donde suelen charlar un rato antes de cada entreno. Se van saludando,  uno a uno con apretones de manos y abrazos, como siempre, pero todos se detienen algo más de lo normal con Ruedas, en un vano intento de descubrir su idea antes que el resto del equipo. Así todo, la espera fue corta, porque pese a la tradicional impuntualidad de algunos, aquel día la plantilla, al completo, había llegado antes de la hora programada para el entrenamiento.

—¡Qué sorpresa! —dice Profe, sin disimular el sarcasmo de su comentario— Habéis venido todos a la hora. Supongo que a partir de ahora, vais a ser puntuales siempre, ¿verdad?. Hay qué ver la jeta que tenéis, colegas. Pero, venga que yo también tengo ganas de enterarme de lo que Ruedas tiene que contarnos.

—Le he estado dando vueltas a lo de Mandela y a lo de Irlanda, y se me han ocurrido algunas ideas. Mandela estaba en la cárcel, condenado a trabajos forzados y en una celda pensada para castigarlo física y psicológicamente, para destruir su dignidad como ser humano, y para destruir cualquier esperanza que Mandela pudiera tener. Destruir la esperanza de una persona es la forma más cruel, pero más eficaz de acabar con su deseo de libertad. Pero Mandela no se dejó arrebatar ni su esperanza, ni su libertad de su espíritu. Por eso, es que memorizó y recitó continuamente el poema Invictus, que es un canto a la fortaleza y la libertad del alma humana.

—He vuelto a ver la película, —interrumpe Mohicano, cosas de la impulsividad— y ¿sabéis qué?, el capitán de Sudáfrica se llamaba François Pienaar.

—Eso es, como nuestro sudáfricano. —Señala Sonotone— Bueno, Ruedas, sigue, que nos tienes con el hype, como dice ahora la chavalería, por las nubes.

—Claro, voy. Gamba el otro día nos recordó que la afición de Irlanda canta Zonbie. La canción más popular y potente de los Cranberries, en la que Dolores O’Riordan gritaba lo harta que estaba de los que se empeñaba en matándose unos a otros, en una guerra que solo existía en sus mentes rencorosas y sectarias, pero que había destrozado las vidas de irlandeses y británicos durante varias generaciones  Ahora es una canción que cantan los irlandeses de toda la isla, de cualquier credo e ideología, para animar a su selección unificada, y para mostrar que ellos también reniegan del sectarismo, que todos han sufrido los mismos traumas, que ese dolor y ese trauma solo se pueden superar colaborando y jugando juntos y mirando al futuro, en vez de al pasado, porque así, con esperanza es como se construyen la verdadera libertad y el futuro.

Pues todo eso me hizo pensar en nuestro equipo, en nosotros. Aquí estáis personas con discapacidad intelectual, con todas las dificultades que eso os ha supuesto y chavales que no habéis tenido una infancia y adolescencia fácil y que eso os ha causado bastantes problemas. También estamos los padres, que ya tenemos una edad, a la que mucha gente piensa que ya no estamos para jugar al rugby y además, nos toca lidiar con los problemas de la vida adulta: trabajo, hipotecas, la educación de los hijos, las enfermedades de nuestros padres… así que, de manera diferente que vosotros, pero también estamos jodidos.

Y, por supuesto, también están aquí nuestros entrenadores, y las jugadoras y los jugadores del primer equipo femenino y masculino, y los directivos del club, que además de sus otras responsabilidades en el Salamanca, nos dedican tiempo, ganas y cariño para enseñarnos a ser verdaderos rugbiers dentro y fuera de la cancha. 

Con todo esto pensé que tenía que buscar un poeta que supiera cómo se sienten los que la sociedad, la gente normal —su voz denota claramente su escepticismo sobre lo que llaman normal— aparta y excluye porque le estorban,  porque no los entiende o porque no los quiere entender. Un poeta que supiera que aunque la sociedad ni los entienda a ellos, ellos se esfuerzan en entender y logran entender a la sociedad, a veces mejor de los que la sociedad se entiende a sí misma. Un poeta que haya demostrado que la visión del mundo y la sensibilidad de los incomprendidos y excluidos junto a su experiencia de sufrimiento puede hacer de este puñetero mundo, un lugar mejor, menos hipócrita y materialista, y más humano y generoso. Es decir un poeta que haya entendido y mostrado la sensibilidad, la fuerza, la dignidad y la libertad del alma humana resurge continuamente desde el lado chungo de la vida. Y, claro, como no vamos a recitar poemas, —guiña un ojo a sus compañeros— necesitamos un poeta que cante, que conozcamos todos y que nos guste, y os he oído a varios tararear esta canción que a mí, personalmente, también me gusta mucho:

En su teléfono móvil empieza a sonar La vereda de la puerta de atrás de Extremoduro. Las caras de sus compañeros le demuestran que ha acertado con la canción.


HACE UN RATO


El árbitro ha señalado melé con introducción para el VRAC. En el banquillo del Salamanca, Leyes, Profe y Tambor se comen las uñas de los nervios. Salamanca va perdiendo de tres puntos, apenas quedan dos minutos de partido, y la cosa pinta realmente mal, con esa melé recién pitada. Los dos paquetes de delanteros se traban a las órdenes del árbitro y empujan con todas sus fuerzas. Sonotone y Pequeño aguantan la embestida de la primera línea pucelana, cuyo talonador ha perdido la oportunidad de taconear el oval. Esquimal se ha dado cuenta y ordena a sus pilieres empujar hacia delante. Sostenidos por Milady y Currela, Pequeño y Sonotone avanzan un paso, lo suficiente, para que Esquimal empuje de un taconazo el balón hacia Acróbata, su número 8, que dispone el oval para que Káiser lo levante y se lo lance a Goku que lo recibe a la carrera, escoltada por Correcaminos.

Uno y dos placadores del VRAC son superados con velocidad y habilidad, pero frente a ellos se planta un jugador enorme del que Goku no podrá zafarse. Pasa el balón a Correcaminos y éste se lo pasa a Vaquero,  quien se lo pasa a Pequeño para que percuta contra el gigante vallisoletano. Sonotone y Hornimans acuden a limpiar apoyados por Ruedas, Káiser y Currela. Están a menos de cinco metros de la línea de ensayo del VRAC y Acróbata está preparado para levantar y pasar el balón, pero no se decide. Mira a izquierda y derecha, y Mister le hace un gesto mínimo con el mentón. Acróbata sonríe. Agarra el oval y con un salto se cuela entre los jugadores rivales para posar el balón más allá de la línea de marca.

El banquillo charro salta de alegría en cuanto el árbitro indica que el ensayo es válido y los cinco puntos suben al marcador.

Kung-Fú se prepara para patear a palos. Es un disparo muy difícil para conseguir la conversión. Sabe que el partido está acabado y que Salamanca tiene el triunfo en su mano, pero en el rugby no hay espacio para relajarse, ni tiempo para dejar de competir, sea cual sea el resultado que ofrece el marcador. Eso sería una falta de respeto tanto al deporte como al rival, y sobre todo, a uno mismo, como deportista y como persona. Mira a los palos, se concentra y patea el balón que sobrevuela limpiamente el travesaño, logrando los dos puntos de la conversión para Salamanca, que ha logrado dar la vuelta al partido para ganar el Torneo de Castilla y León de rugby mixed ability.


AHORA


La megafonía del campo de La Aldehuela solicita a los jugadores que se acerquen al pódium. Salamanca aplaude, formando el tradicional pasillo, al VRAC, que tras recibir sus medallas también forman un pasillo de aplausos para los jugadores de Salamanca. Después de que el presidente de la Federación de Rugby de Castilla y León haya entregado las medallas a cada jugador de Salamanca, Esquimal y Káiser recogen la Copa, de manos de Laura Bimba Delgado, exjugadora profesional, doble campeona de la liga inglesa y siete veces campeona del Europe Rugby Championship con la selección española. Mientras levantan la Copa los jugadores charros empiezan a cantar La vereda de la puerta de atrás de Extremoduro, y son secundados por la plantilla vallisoletana, a los que también se unen los jugadores de los clubes que disputaron con Salamanca y VRAC, las semifinales el día anterior: Ávila y Zamora, porque así es su deporte, así es la amistad, así es su vida, así es el rugby.

 

 













 

 


 


INVICTUS, NOW

HACE UNOS MINUTOS Desde fuera del campo, solo se ven una veintena de cuerpos humanos de los más diferentes tamaños y constituciones, ligeram...