Durante los últimos diez años, la llamada telefónica de su hermana era uno de los mejores momentos de la semana para Ainhoa. Pero siempre se le hacía muy corta la conversación. Su madre y su padre hablaban primero, y para cuando llegaba su turno, quedaban unas pocas pesetas en el saldo de la cabina telefónica desde la que Pilar llamaba a casa. La misma cabina desde la que a finales de la primavera de 1997, Pilar anunció a su familia que el Missoula College de la Universidad de Montana la había contratado como profesora de “Español de negocios” en el Departamento de Ciencias y Artes Aplicadas. Los cuatrocientos kilómetros que separaban Salamanca de la Ría de Bilbao se iban a multiplicar por veinte a partir de septiembre.
Las dos hermanas intentaron paliar esa distancia por medio de correos electrónicos que intercambiaban a la menor ocasión. Eran incontables las novedades que Pilar tenía para contar de su nueva vida en Missoula. La comida y el clima, a cuyo lado los inviernos salmantinos parecieran agradables primaveras, no eran precisamente lo que más le gustaba del estado de Montana. Pero lo más duro para Pilar y su familia fue la Navidad.
En Estados Unidos no tenían vacaciones durante las fiestas navideñas y de Año Nuevo, que Pilar pasó en la casa de unos amigos en Billings, en el condado de Yellowstone. Durante la cena de Nochebuena, Pilar les contó a los Connor algunas de las costumbres de las navidades de su pueblo. También les habló de su infancia, cuando ella y su hermana se aficionaron al cine durante las sesiones continuas del Ametstoki, el viejo y enorme cine de su pueblo con sus más de trescientas localidades y cuyo nombre en euskera: el lugar de los sueños evocaba la magia del cine.
Al volver a su apartamento de Missoula, Pilar escribió un correo a su hermana detallándole su cena en la casa de los Connor y cómo echaba de menos cuando iban juntas al cine. La respuesta de Ainhoa incluía una propuesta para su hermana. Las vacaciones de primavera de la Universidad de Montana coincidían con las fechas en que estaba previsto el estreno en el Ametstoki de Titanic, la película de la que todo el mundo hablaba.
Pilar aprovechó la hora de la comida, no se perdía gran cosa si no bajaba a la cafetería del Campus, para usar el teléfono del despacho para llamar a su hermana y concretar los detalles de las vacaciones. Ambas hicieron la promesa solemne de que verían juntas la película en el Ametstoki.
Una semana más tarde, Pete Crenshaw, del Departamento de Deportes, le propuso ir juntos a ver Titanic al cine del nuevo centro comercial. Las multisalas eran una pesadilla para cualquier amante del cine. Los espectadores entraban y salían continuamente de la sala a la cafetería para comprar grandes cubos de alitas de pollo, que engullían ruidosamente en el patio de butacas, mientras sorbían batidos de sabores imposibles. A lo que se sumaba el insoportable volumen de los altavoces y el zumbido de las máquinas de climatización que se empeñaban en demostrar que la tecnología japonesa competía de igual a igual con el duro invierno de Montana.
Pilar podría aguantar esos inconvenientes, si se trataba de tener una cita con Pete, pero ella nunca había incumplido una promesa y no pensaba hacerlo entonces. La radio de un coche que pasaba en ese momento cerca de ellos le dio una idea. Con su deslumbrante sonrisa, le preguntó a Pete si no le importaba que fueran a ver la película de las Spice Girls, porque quería comprobar cómo reaccionaban los estadounidenses al acento británico de las cantantes. Era una mentirijilla demasiado ingenua como para ser creíble, pero como Pete estaba más interesado en Pilar que en Titanic, aceptó entusiasmado. El inicio de su noviazgo con Pete fue lo primero que Pilar le contó a Ainhoa cuando volvió a casa durante las vacaciones de primavera.
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Las dos hermanas ofrecieron sus entradas al acomodador del cine, quien casi en silencio y con la linterna apuntando al suelo las acompañó hasta sus asientos en la séptima fila. Hacía varios años que Pilar no asistía al Ametstoki, pero al sentarse en una de esas viejas butacas, volvió a sentir el asombro de la magia del cinematógrafo recorriendo su espina dorsal hacia su cerebro y su corazón.
El Ametstoki estaba abarrotado aquel día, tal como sucedía cuando ellas eran niñas, pero el público no era un inconveniente, sino que era parte necesaria del ambiente. En cuanto se abrió el telón y empezó a oírse el crepitar del proyector, Pilar, sentada junto a su hermana, suspiró como Jacques Perrin en la intimidad de su cine privado en Cinema Paradiso. La proyección de las imperfecciones del celuloide en aquella enorme pantalla, el solemne silencio del patio de butacas, la locución tan añeja como cálida de los anuncios de Movierecord y la fanfarria de la 20th Century Fox eran para Pilar como los besos censurados que Alfredo guardó y montó en una cinta como legado para Totó.
Durante la proyección de Titanic, las lágrimas de congoja sucedían a las sonrisas de satisfacción, las expresiones de preocupación eran suavizadas con el brillo de ojos esperanzados y en la escena final, la fuerza del recuerdo del amor derrotaba a la tristeza por la pérdida del ser amado. Eso era el séptimo arte.
Cuando los créditos de la película desaparecieron por la parte superior de la pantalla, Pilar se sintió profundamente agradecida a la promesa realizada a su hermana. Habían disfrutado juntas de Titanic como se disfruta de una pintura de Velázquez, de un libro de Tolkien, o de una canción de Leonard Cohen: en el hábitat natural del arte, de la ilusión y de la emoción.
Antes de que la especulación inmobiliaria y las multisalas acabaran con el hábitat natural de la magia, Pilar y Ainhoa asistieron al último viaje del Titanic en un cine de verdad, en un cine de toda la vida.
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