Mediados de Octubre
—Qué rancio eres, Iván.
El tono de la voz de Miriam deja claro que en sus palabras hay más ironía cariñosa, que auténtico reproche, pero sobre todo mucha resignación e indiferencia por lo reiterado del discurso de su marido.
—No te rías de mí, que tú piensas lo mismo que yo.
—Sí, pero no soy ni tan pesada ni criticona como tú, que pareces Mr. Scrooge. “Paparruchas, paparruchas”.
Miriam imposta la voz del viejo tacaño, por incordiar un poco a su marido, y también para destapar alguna de sus incoherencias navideñas.
—Ya te veo venir, ya. Que no debería criticar todas las invenciones y tonterías actuales sobre la Navidad, si me encanta Canción de Navidad, donde Dickens; que podía ser bien ñoño; plantó las bases del sarao navideño vigente. Pero, ya sabes que desconfío de la gente que es totalmente coherente. —Iván encoge un poco los hombros, gira las palmas hacia arriba, sonríe de medio lado y con un tono de voz inocente continúa hablando. —La incoherencia nos hace humanos.
—Claro, claro, anda que no tienes morro ni nada. —Miriam apenas termina la frase porque con los fingidos pucheritos de su marido no puede evitar carcajearse con ganas.
Ambos ríen ruidosamente, hasta que Miriam se percata que todo el supermercado les está mirando.
-Calla, que esta gente estará pensando que se nos ha ido la olla y todavía llama a los loqueros para que nos encierren en el frenopático.
-Normal que se nos vaya la olla, si no sabemos en qué época del año vivimos y mezclamos calabazas con turrones de sabores inopinados. Ni las mezclas que hacíamos de chavales en las fiestas de los pueblos eran tan explosivas.
Principios de Diciembre
—Estás mirando las luces con carita de niño ilusionado, no puedes negarlo.
—Ya sabes que me encantan las luces de Navidad, pero lo que no llevo bien es que cada año las enciendan antes. Bueno y que nos cuelen conos por árboles de Navidad, que no hay que ser tan literal con las coníferas. O que haya más muñequitos que belenes adornando la ciudad ¡Qué está uno hasta el gorro de los soldados del Cascanueces! Si por lo menos fueran como El soldadito de plomo de Andersen.
—Me encantan tus arrebatos de alegría y optimismo, Iván. Sólo te falta pedir que decoren las calles con imágenes de La pequeña cerillera.
—Es un cuento precioso, que transcurre durante las navidades.
—Sí, pero la idea de decorar la ciudad no es deprimir al personal, sino que por unos días estemos contentos y optimistas, sí, ya sé lo que estás pensando, y sobre todo que gastemos como si no hubiera mañana. Yo también estoy hartita de la brasa que nos dan con Santa Claus por todas partes.
—Pobre San Nicolás, que no tiene culpa de que los neoyorquinos no supieran pronunciar su nombre en neerlandés. ¡Y ay, lo de los elfos! Como el elfo travieso ese, que cada noche de Adviento te hace una trastada y de día vigila que los niños se porten bien. ¡Pues vaya ejemplo que da el elfito! Aunque no es un elfo. Los elfos son altos, guapos, llevan el pelo largo y cortan cabezas de orcos y trasgos, pero ¡no fabrican juguetes! Eran los enanos quienes fabricaban juguetes, y muy buenos, por cierto. Y encima, ahora todos los personajes del folklore navideño parecen copias del Santa Claus más hollywoodiense y consumista. Como hay pelis en que Santa Claus está casado, pues también han casado o emparejado o arrejuntado o lo que sea a Olentzero. Pero si el viejo carbonero era un mozoviejo cascarrabias, más bruto que un arado que solo le daba la cabeza para pensar en comer y en beber. Hasta que se enteró del nacimiento de Jesús, que bajó corriendo de su montaña, para llevarles la noticia a sus vecinos. Al menos eso decía la canción que me enseñaron a mí de niño. Uf, qué me pongo nostálgico, como los de la tele, aunque la nostalgia televisiva sea aséptica y de marca blanca. A ver si alguien va a ocurrir exhibir un Belén en la tele para que le llamen anticuado y lugo no compremos moderneces sin sentido, pero muy rentables.
—Hablando de nostalgia navideña, ¿sabes una cosa? Echo de menos las tarjetas de felicitación. Es muy cómodo y rápido felicitarnos por WhatsApp, pero le falta algo. La pantalla no refleja tan bien el cariño y la esperanza de los buenos deseos como la escritura a mano. —A su marido le parece que Miriam luce radiante mientras habla. —Escribir un christmas es de esos pequeños gestos que hacen el mundo un poquito mejor y le devuelven a las navidades una buena parte de su espíritu.
—Quizás sólo necesitas desearlo.
24 de Diciembre.
Miriam, Iván y sus dos hijos están colocando cuatro postales en medio de la mesa.
—Desde Cruces en Barakaldo, de Burgos, de Salamanca, de Valladolid, nos han llegado cuatro cuatro felicitaciones repletas de cariño, de buenos deseos, de bondad y de belleza. —Dice Miriam, mientras pone unas flores entre las postales. —Tenemos el centro más hermoso para una cena de Nochebuena. Ahora, bendigamos la mesa.
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