jueves, 23 de julio de 2026

Mi opinión (positiva) sobre La Odisea de Cristopher Nolan

 

Desde antes de su estreno La Odisea dirigida por Cristopher Nolan ha recibido muchas y duras críticas arguyendo que el trabajo y las decisiones de Nolan iban a destruir la esencia de una de las obras fundacionales de la cultura occidental. Eso ya me sorprendió porque, La Odisea no solo es uno de los fundamentos de la cultura occidental, sino que de toda la cultura universal, porque trata de lo que tratan todas las historias que ha contado la Humanidad desde siempre y para siempre. Así lo señaló Borges en su relato "El evangelio según san Marcos":


...los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota.


Ahora que ya he visto película de Nolan, puedo decir que me ha gustado mucho y que esas críticas me parecen aún más injustificadas que antes porque sus motivaciones no son ni artísticas, ni culturales, sino que más bien racistas.

No puedo opinar mucho si es fiel a la literalidad de la obra homérica, porque hará unos 40 años que la leí, y mi memoria para los detalles es muy escasa. Pero como cualquier obra de arte refleja la época en que se creó, no la época en que supuestamente está ambientada, y como la literatura y el cine son lenguajes diferentes, siempre hay que partir de la base de que no se puede realizar una adaptación totalmente fiel de ninguna obra, y menos aún de un poema épico compuesto hace unos 2.800 años y no para ser leído, sino para ser cantado en público.

Sobre la precisión histórica no creo que se pueda entablar un debate honrado al respecto. El poema de Homero no es históricamente preciso, por lo que he dicho más arriba, y porque la precisión histórica nunca es el objetivo de un poema épico que pretende despertar la nostalgia del público por un tiempo de héroes que se ha perdido para siempre, y que quizás nunca existió en la forma en que era recordado, al mismo tiempo que entretiene a ese público al que le están cantado la epopeya. Aunque me ha gustado mucho las continuas referencias a los Pueblos del Mar, y muy en especial, la última de estas referencias.

Por otro lado, creo que la película es fiel al espíritu del poema de Homero. La Odisea no es, o por lo menos no solo es, un viaje  por un mar proceloso trufado de aventuras, peligros y retrasos para volver y recuperar a un hogar defendido por un hijo al que apenas conoció y por una fiel,  valiente e inteligente esposa asediada por una caterva de codiciosos pretendientes. Es, sobre todo, un  viaje interior de Odiseo para volver y recuperarse a sí mismo, después de haber perdido su moralidad y racionalidad humanas en la guerra.

A poca sensibilidad que tenga cualquier persona, la guerra le destruye parcial o totalmente lo más íntimo de la conciencia y el alma y más aún, si a la dureza del combate se suman los crímenes y vilezas cometidos contra la población civil. En este aspecto se agradece que la película, al contrario que otros productos que presumen de oscuros y adultos (¿?), nos ahorre la mayoría de las salvajadas que Homero cuenta que cometieron los dánaos, empezando por el propio Odiseo, durante el saqueo e incendio de Troya.

Sin duda, Homero conocía las secuelas que sufren los veteranos de las guerras, en su tiempo la paz era la excepción y muchos otros poetas griegos fueron soldados, por lo que es más que posible que trasmitieran sus duras experiencias a otros "colegas" de profesión, pero el aedo no podía cantar de una forma explícita que héroes de la talla de Odiseo sufrían remordimientos que los atormentaban y que padecían trastornos mentales debidos a lo que nosotros llamamos estrés postraumático.  En cambio, Homero nos canta un largo viaje lleno de desafíos y peligros, con huídas psicotrópicas de la realidad incluidas, para que Odiseo aprenda a purgar sus faltas, pagando un precio por ello, y esté preparado para volver al mundo "normal", para volver a ser, más que el rey de Ítaca, el esposo de Penélope y el padre de Te


lémaco. Y Nolan ha sabido plasmar realmente bien este necesario viaje personal que se debate entre la purga de los pecados y la huída de la realidad, para que Odiseo vuelva a ser consciente de sí mismo y vuelva a ser más el Odiseo del que se enamoró Penélope, que el Odiseo que se valió del engaño para vencer en una guerra, que los aqueos no podían haber ganado en buena lid.

Además del trabajo del director, me gustaría destacar la soberbia actuación de Anne Hathaway, y las buenísimas actuaciones de Matt Damon, Robert Pattison ¡qué gran déspota cobarde compone!, Charlize Theron, Elliot Page y John Leguizamo. Tom Holland y Zendaya apuntan maneras, pero aún les falta madurar como actores. Los demás secundarios están muy correctos y, sinceramente, tanto los actores como el director logran que la diversidad de tonos de piel y etnias pase totalmente desapercibida durante la película.

El diseño de producción y la música son sencillamente apabullantes y favorecen enormemente que el espectador se sienta integrado en la trama y empatice con los sentimientos de los personajes.

Como parece estar en boga destacar detalles nimios de series y películas para ofrecer alguna crítica negativa tan pedante como innecesaria, yo también voy a caer esa tentación.  Hay un error que el cine occidental viene cometiendo desde, al menos, las películas de Tarzán protagonizadas por Johnny Weissmüller, al mostrar a personajes del Viejo Mundo nadando al estilo crol de forma innata, y La Odisea de Nolan no es una excepción. El estilo crol es la forma innata de nadar de los pueblos nativos de Oceania y de algunos pueblos nativos americanos, pero los europeos, asiáticos y africanos nadaban a braza. ¿Aporta algo esto o desluce en algo a la película? Absolutamente no, tal como sucede con las críticas detallistas que he mencionado antes.



jueves, 5 de febrero de 2026

EL ÚLTIMO VIAJE DEL TITANIC

 Durante los últimos diez años, la llamada telefónica de su hermana era uno de los mejores momentos de la semana para Ainhoa. Pero siempre se le hacía muy corta la conversación. Su madre y su padre hablaban primero, y para cuando llegaba su turno, quedaban unas pocas pesetas en el saldo de la cabina telefónica desde la que Pilar llamaba a casa. La misma cabina desde la que a finales de la primavera de 1997, Pilar anunció a su familia que el Missoula College de la Universidad de Montana la había contratado como profesora de “Español de negocios” en el Departamento de Ciencias y Artes Aplicadas. Los cuatrocientos kilómetros que separaban Salamanca de la Ría de Bilbao se iban a multiplicar por veinte a partir de septiembre.

 Las dos hermanas intentaron paliar esa distancia por medio de correos electrónicos que intercambiaban a la menor ocasión. Eran incontables las novedades que Pilar tenía para contar de su nueva vida en Missoula. La comida y el clima, a cuyo lado los inviernos salmantinos parecieran agradables primaveras, no eran precisamente lo que más le gustaba del estado de Montana. Pero lo más duro para Pilar y su familia fue la Navidad.

 En Estados Unidos no tenían vacaciones durante las fiestas navideñas y de Año Nuevo, que Pilar pasó en la casa de unos amigos en Billings, en el condado de Yellowstone. Durante la cena de Nochebuena, Pilar les contó a los Connor algunas de las costumbres de las navidades de su pueblo. También les habló de su infancia, cuando ella y su hermana se aficionaron al cine durante las sesiones continuas del Ametstoki, el viejo y enorme cine de su pueblo con sus más de trescientas localidades y cuyo nombre en euskera: el lugar de los sueños evocaba la magia del cine.

 Al volver a su apartamento de Missoula, Pilar escribió un correo a su hermana detallándole su cena en la casa de los Connor y cómo echaba de menos cuando iban juntas al cine. La respuesta de Ainhoa incluía una propuesta para su hermana. Las vacaciones de primavera de la Universidad de Montana coincidían con las fechas en que estaba previsto el estreno en el Ametstoki de Titanic, la película de la que todo el mundo hablaba.

 Pilar aprovechó la hora de la comida, no se perdía gran cosa si no bajaba a la cafetería del Campus, para usar el teléfono del despacho para llamar a su hermana y concretar los detalles de las vacaciones. Ambas hicieron la promesa solemne de que verían juntas la película en el Ametstoki

 Una semana más tarde, Pete Crenshaw, del Departamento de Deportes, le propuso ir juntos a ver Titanic al cine del nuevo centro comercial. Las multisalas eran una pesadilla para cualquier amante del cine. Los espectadores entraban y salían continuamente de la sala a la cafetería para comprar grandes cubos de alitas de pollo, que engullían ruidosamente en el patio de butacas, mientras sorbían batidos de sabores imposibles. A lo que se sumaba el insoportable volumen de los altavoces y el zumbido de las máquinas de climatización que se empeñaban en demostrar que la tecnología japonesa competía de igual a igual con el duro invierno de Montana.

 Pilar podría aguantar esos inconvenientes, si se trataba de tener una cita con Pete, pero ella nunca había incumplido una promesa y no pensaba hacerlo entonces. La radio de un coche que pasaba en ese momento cerca de ellos le dio una idea. Con su deslumbrante sonrisa, le preguntó a Pete si no le importaba que fueran a ver la película de las Spice Girls, porque quería comprobar cómo reaccionaban los estadounidenses al acento británico de las cantantes. Era una mentirijilla demasiado ingenua como para ser creíble, pero como Pete estaba más interesado en Pilar que en Titanic, aceptó entusiasmado. El inicio de su noviazgo con Pete fue lo primero que Pilar le contó a Ainhoa cuando volvió a casa durante las vacaciones de primavera.

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 Las dos hermanas ofrecieron sus entradas al acomodador del cine, quien casi en silencio y con la linterna apuntando al suelo las acompañó hasta sus asientos en la séptima fila. Hacía varios años que Pilar no asistía al Ametstoki, pero al sentarse en una de esas viejas butacas, volvió a sentir el asombro de la magia del cinematógrafo recorriendo su espina dorsal hacia su cerebro y su corazón. 

 El Ametstoki estaba abarrotado aquel día, tal como sucedía cuando ellas eran niñas, pero el público no era un inconveniente, sino que era parte necesaria del ambiente. En cuanto se abrió el telón y empezó a oírse el crepitar del proyector, Pilar, sentada junto a su hermana, suspiró como Jacques Perrin en la intimidad de su cine privado en Cinema Paradiso. La proyección de las imperfecciones del celuloide en aquella enorme pantalla, el solemne silencio del patio de butacas, la locución tan añeja como cálida de los anuncios de Movierecord y la fanfarria de la 20th Century Fox eran para Pilar como los besos censurados que Alfredo guardó y montó en una cinta como legado para Totó. 

 Durante la proyección de Titanic, las lágrimas de congoja sucedían a las sonrisas de satisfacción, las expresiones de preocupación eran suavizadas con el brillo de ojos esperanzados y en la escena final, la fuerza del recuerdo del amor derrotaba a la tristeza por la pérdida del ser amado. Eso era el séptimo arte. 

 Cuando los créditos de la película desaparecieron por la parte superior de la pantalla, Pilar se sintió profundamente agradecida a la promesa realizada a su hermana. Habían disfrutado juntas de Titanic como se disfruta de una pintura de Velázquez, de un libro de Tolkien, o de una canción de Leonard Cohen: en el hábitat natural del arte, de la ilusión y de la emoción.

 Antes de que la especulación inmobiliaria y las multisalas acabaran con el hábitat natural de la magia, Pilar y Ainhoa asistieron al último viaje del Titanic en un cine de verdad, en un cine de toda la vida.


viernes, 9 de enero de 2026

SIGUIENDO A BOB CRATCHIT

Mediados de Octubre 


—Acaba de pasar el puente del Pilar y ya están los supermercados llenos de turrones, polvorones, mazapanes, y de dulces demasiado originales que se inventan cada año. Y eso que aún no ha llegado el puñetero Halloween. Cada año parecemos más americanos, que no tengo nada en contra de ellos, bueno de esos botarates racistas y machistas que echan la culpa de sus de su estupidez a los demás, de esos, sí que tengo mucho en contra. El problema es que solo copiamos de Estados Unidos lo malo. La víspera de Todos los Santos se ha convertido en un carnaval tontorrón, y luego participamos de ese aquelarre consumista que es el Black Friday. Y la Navidad…, ahora es un evento happy flower de derroche económico y felicidad de atrezzo o una algarabía vikingo-astrológica ancestral en el que sólo faltan los alienígenas del Canal Historia para completar la asamblea de majaras.

—Qué rancio eres, Iván.

El tono de la voz de Miriam deja claro que en sus palabras hay más ironía cariñosa, que auténtico reproche, pero sobre todo mucha resignación e indiferencia por lo reiterado del discurso de su marido. 

—No te rías de mí, que tú piensas lo mismo que yo.

—Sí, pero no soy ni tan pesada ni criticona como tú, que pareces Mr. Scrooge. “Paparruchas, paparruchas”.

Miriam imposta la voz del viejo tacaño, por incordiar un poco a su marido, y también para destapar alguna de sus incoherencias navideñas.

—Ya te veo venir, ya. Que no debería criticar todas las invenciones y tonterías actuales sobre la Navidad, si me encanta Canción de Navidad, donde Dickens; que podía ser bien ñoño; plantó las bases del sarao navideño vigente. Pero, ya sabes que desconfío de la gente que es totalmente coherente. —Iván encoge un poco los hombros, gira las palmas hacia arriba, sonríe de medio lado y con un tono de voz inocente continúa hablando. —La incoherencia nos hace humanos.

—Claro, claro, anda que no tienes morro ni nada. —Miriam apenas termina la frase porque con los fingidos pucheritos de su marido no puede evitar carcajearse con ganas.

Ambos ríen ruidosamente, hasta que Miriam se percata que todo el supermercado les está mirando.

-Calla, que esta gente estará pensando que se nos ha ido la olla y todavía llama a los loqueros para que nos encierren en el frenopático.

-Normal que se nos vaya la olla, si no sabemos en qué época del año vivimos y mezclamos calabazas con turrones de sabores inopinados. Ni las mezclas que hacíamos de chavales en las fiestas de los pueblos eran tan explosivas.


Principios de Diciembre

—Estás mirando las luces con carita de niño ilusionado, no puedes negarlo.

—Ya sabes que me encantan las luces de Navidad, pero lo que no llevo bien es que cada año las enciendan antes. Bueno y que nos cuelen conos por árboles de Navidad, que no hay que ser tan literal con las coníferas. O que haya más muñequitos que belenes adornando la ciudad ¡Qué está uno hasta el gorro de los soldados del Cascanueces! Si por lo menos fueran como El soldadito de plomo de Andersen.

—Me encantan tus arrebatos de alegría y optimismo, Iván. Sólo te falta pedir que decoren las calles con imágenes de La pequeña cerillera.

—Es un cuento precioso, que transcurre durante las navidades.

—Sí, pero la idea de decorar la ciudad no es deprimir al personal, sino que por unos días estemos contentos y optimistas, sí, ya sé lo que estás pensando, y sobre todo que gastemos como si no hubiera mañana. Yo también estoy hartita de la brasa que nos dan con Santa Claus por todas partes.

—Pobre San Nicolás, que no tiene culpa de que los neoyorquinos no supieran pronunciar su nombre en neerlandés. ¡Y ay, lo de los elfos! Como el elfo travieso ese, que cada noche de Adviento te hace una trastada y de día vigila que los niños se porten bien. ¡Pues vaya ejemplo que da el elfito! Aunque no es un elfo. Los elfos son altos, guapos, llevan el pelo largo y cortan cabezas de orcos y trasgos, pero ¡no fabrican juguetes! Eran los enanos quienes fabricaban juguetes, y muy buenos, por cierto. Y encima, ahora todos los personajes del folklore navideño parecen copias del Santa Claus más hollywoodiense y consumista. Como hay pelis en que Santa Claus está casado, pues también han casado o emparejado o arrejuntado o lo que sea a Olentzero. Pero si el viejo carbonero era un mozoviejo cascarrabias, más bruto que un arado que solo le daba la cabeza para pensar en comer y en beber. Hasta que se enteró del nacimiento de Jesús, que bajó corriendo de su montaña, para llevarles la noticia a sus vecinos. Al menos eso decía la canción que me enseñaron a mí de niño. Uf, qué me pongo nostálgico, como los de la tele, aunque la nostalgia televisiva sea aséptica y de marca blanca. A ver si alguien va a ocurrir exhibir un Belén en la tele para que le llamen anticuado y lugo no compremos moderneces sin sentido, pero muy rentables.

—Hablando de nostalgia navideña, ¿sabes una cosa? Echo de menos las tarjetas de felicitación. Es muy cómodo y rápido felicitarnos por WhatsApp, pero le falta algo. La pantalla no refleja tan bien el cariño y la esperanza de los buenos deseos como la escritura a mano. —A su marido le parece que Miriam luce radiante mientras habla. —Escribir un christmas es de esos pequeños gestos que hacen el mundo un poquito mejor y le devuelven a las navidades una buena parte de su espíritu.

—Quizás sólo necesitas desearlo.


24 de Diciembre.

Miriam, Iván y sus dos hijos están colocando cuatro postales en medio de la mesa.

—Desde Cruces en Barakaldo, de Burgos, de Salamanca, de Valladolid, nos han llegado cuatro cuatro felicitaciones repletas de cariño, de buenos deseos, de bondad y de belleza. —Dice Miriam, mientras pone unas flores entre las postales. —Tenemos el centro más hermoso para una cena de Nochebuena. Ahora, bendigamos la mesa.



domingo, 21 de diciembre de 2025

UNA LEYENDA SORIANA

(...) No quiero nada…; es decir, sí quiero: quiero que me dejéis solo… Cántigas…, mujeres…, glorias…, felicidad…, mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué? Para encontrar un rayo de luna.


Manrique estaba loco, por lo menos todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio.


Gustavo Adolfo Bécquer, El rayo de luna.




Realmente, Manrique había recuperado el juicio. O quizás, nunca dejó de ser un hombre cuerdo. De hecho, estaba mucho más cuerdo que cualquiera de sus allegados y conocidos, que tanta lástima le tenían por juzgar que el pobre Manrique era poco menos que un lunático. Ni la lástima, ni las burlas; que también las había; podían desmerecer ni en lo más mínimo la dicha de amar y sentirse amado, porque para aquel noble joven el amor era la mayor, si no la única, de las glorias que un hombre puede alcanzar en esta vida.


Durante los últimos años, Manrique había aprendido a disimular no sólo su felicidad, sino también su cordura, a la que ni él mismo tuvo nunca en mucha estima. Manrique representaba diariamente su comedia ante el mundo. No le resultaba difícil. Aunque su bonhomía era proverbial, nunca había disfrutado con la compañía de sus semejantes. Jamás, en su vida albergó ningún sentimiento insidioso hacia nadie, ni siquiera contra aquellos a los que su posición social le hubiera obligado a considerar como enemigos, pero no encontraba ningún placer en departir o en lidiar con otras personas, sino que simplemente, se aburría.


Sólo trataba con otras personas para mantener la indispensable administración de sus rentas y para procurarse códices con los que satisfacer su inclinación por la lectura, que no podía saciar con la magra biblioteca de su casa solariega. Como en aquella ocasión en que viajó hasta Burgos, para comprar a un mercader flamenco un volumen copiado en latín y en una antigua lengua tudesca, por el que pagó más de la mitad de las rentas anuales que obtenía de sus viñedos. El suceso del libro tudesco, así fue llamado en los mentideros sorianos, acabó con la escasa reputación que aún conservaba el juicio de Manrique. Incluso hubo quién llegó a sospechar de la fidelidad de Manrique a Dios, a su linaje y a Castilla, pero quienes mejor le conocían sabían que por muy loco que estuviera, era imposible que el desdichado joven cometiera semejante traición.


Perder su reputación de caballero juicioso, le otorgó a Manrique la libertad que necesitaba, y que tan sólo él, de entre los mortales, disfrutaba en todo el mundo conocido, para disfrutar de su dicha de hombre enamorado. Una semana al mes, durante las noches circundantes al plenilunio, nada más ponerse el Sol, Manrique abandonaba su casa solariega, traspasaba las murallas de Soria, cruzaba el Duero y se internaba en el bosque que separaba el Convento de los Templarios del Monte de las Ánimas, donde ella le esperaba.


Ella era la más hermosa y radiante de las criaturas que caminaban bajo la estrellada bóveda del cielo. Sus grises ojos rielaban como Rayo de Luna. Las perfectas facciones de su rostro reflejaban la serenidad y sabiduría de su pueblo. Su voz se parecía al arrullo del arroyo cuando recibe la lluvia de otoño. Pero sobre todo, ella era la respuesta a los anhelos del corazón, y a las inquietudes de la mente de Manrique. Estando junto a ella, mirándola, escuchándola, sentía la beatífica plenitud del amor y con la satisfacción plena de saber que ella sentía lo mismo por él.


—Oh Manrique, tu compañía me alivia de la añoranza por la belleza del mundo que mi raza preservaba. Tus palabras transforman la melancolía del recuerdo de los grandes árboles cuyas hojas recogían el rocío del amanecer tras una noche estrellada, en un júbilo que me eleva del suelo que pisamos hasta donde aún se respira la fragante brisa de los frondosos bosques de allende el Gran Mar. Es el amor, Manrique, es el amor, el amor. En las viejas canciones de mi pueblo se rememora el amor que unió a tres elfas con sendos hombres mortales, pero nunca pensé que llegara a sucederme a mí. Desde que los pocos noldor supervivientes de las guerras contra la Oscuridad regresaran al Reino Bendecido, y los sindar comenzamos a menguar en la Tierra Media, mientras tu pueblo medraba, me he esforzado en evitar la cercanía de tu gente. Desconfiaba de vosotros. Vuestro triunfo significaba nuestro ocaso, y a vuestro avance, se marchitaba todo lo que los elfos amamos en la Naturaleza. Hasta os atrevéis a rechazar el amor que Eru os tiene y, continuamente, renegáis de su don, y así todo, Él sigue favoreciendo y redimiendoos. No está en mi naturaleza despreciar a los segundos nacidos, pero os temía. Y con el miedo mi dolor y mi desconfianza incrementaron. Me alejé de los bosques donde nací, y me refugié en estas tierras, recién emergidas del mar. Pero aquí también tuve que esconderme. Hasta aquella noche, en que estaba bailando bajo los rayos de la Luna, me descuidé, y me viste. Huí de ti, bien lo sabes, pero algo me hizo volver los ojos para mirarte, y… ya no pude evitar regresar al mismo lugar al mes siguiente, esperando verte de nuevo. Y allí estabas tú, esperándome también. Ay, Manrique, no sé qué será de nosotros, pero aquí, ahora, a tu lado, soy feliz. Más de tres mil generaciones de los hombres te separan de Beren y Lúthien, pero tus ojos y tu voz me declaran, sin duda, una lejana, pero aún presente en ti, ascendencia élfica. Seguro que de alguna manera, tú también tienes que haber sabido siempre que no eres un simple mortal más.


El ladrido de varios perros junto al bufido de unos caballos interrumpió a la elfa.


—Vamos, debajo de esas rocas. —Señaló Manrique. -—Es Alonso, el heredero de los condes de Alcudiel, un joven tan impetuoso y obsesivo como diestro cazador, pero que podría confundirnos con una presa hacia la que apuntar su ballesta.


Desde su escondite, vigilaron al cazador y a su séquito. Manrique se percató de que los animales se calmaron al pasar cerca del escondite donde los amantes se hallaban, para volver a agitarse según se alejaban de ellos dos.


—¿Qué vamos a hacer, Manrique?, ¿qué vamos a hacer? Solo podemos compartir unas noches al mes y, ya ves escondidos del mundo, ocultos a tu mundo. ¿Podremos soportarlo?.


—Si tú me amas, yo puedo soportarlo. No me importa esperar tres semanas si puedo verte, aunque el nuestro sea un amor furtivo hasta la muerte. —Al oír esas palabras, la elfa sintió en lo más profundo de su ser la amarga desesperación de los mortales ante el don de Eru. Manrique se dió cuenta y continuó hablando. —Ni la muerte que me aguarda por mi condición de hombre podrá separarnos, te lo prometo.


Y así, ocultando su amor, muchos años vivió Manrique, nadie antes que él había alcanzado la centena, no ya en Soria, sino en toda la Corona de Castilla. Se fue marchitando paulatinamente, pero nunca presentó los síntomas que suelen anunciar la cercanía de la muerte. Cuando murió, ninguno de sus allegados, ya acostumbrados a las excentricidades de Manrique, se asombró de su deseo de ser enterrado junto a uno de los árboles que había adquirido en el bosque. Era un roble, a sotavento de los aires del Moncayo, y su tumba debía ser excavada a los pies del árbol, en un punto que el propio Manrique había señalado con una sencilla estela donde hizo grabar su nombre.


Aún hoy en día, si alguien se acerca a ese roble en las noches de plenilunio, en el preciso momento en que los rayos de la Luna acarician el tronco del roble, podrá oír al viento del Moncayo que, al pasar entre las ramas del árbol, parece transformarse en la voz de Manrique que recibe a su amada.



—¡Ithilvael!, ¡Ithilvael!








miércoles, 26 de noviembre de 2025

LONDRES

 Como cada mañana, Estitxu, la de 8⁰ B, atrajo todas las miradas de los chicos, al llegar al patio del colegio, unos minutos antes de que sonara la sirena. Todos pensábamos que Estitxu era la chica más guapa del colegio, pero además, aquella mañana vestía una camiseta negra de la gira de los Clash por su disco Combat Rock y unos vaqueros 501 con etiqueta roja que motivaron una serie de giros de cinturas masculinas que ya le habría gustado ver al profesor de gimnasia en sus clases. Hasta las chicas del colegio miraban con admiración a Estitxu. Su simpatía y la naturalidad con que lucía su belleza y ropa evitaban que surgiera cualquier asomo de envidia o despecho tanto entre las chicas como entre los chicos.

Después de dos horas y media de clases, sonó la sirena que anunciaba el recreo y todos los del séptimo curso corrimos hacia el corrillo donde se juntaban los de octavo, para oír de la propia Estitxu el origen de su camiseta y de sus vaqueros.

—Me lo ha traído de Londres mi hermano Manu.

Todo el colegio conocía a Manuel Besteiro Ulloa. El hermano mayor de Estitxu había acabado la carrera hacía un par de años y había logrado un importante puesto de trabajo en una consultora de inversiones financieras en la City de Londres. Manu era el orgullo del colegio y de todo Sestao: el hijo de un peón de albañil y de la cocinera de la cantina de la fábrica Babcock & Wilcox ahora trabajaba para una de las empresas más importantes del mundo, y además, sus gustos musicales demostraban que seguía siendo uno de nosotros.

—Javi estuvo en un concierto de los Clash en el Camden Palace, —continuó Estitxu— y me compró esta camiseta oficial del grupo. Y también ha traído algo para el colegio, bueno para todos. Se lo ha entregado a Moisés y él nos avisará, para que lo veamos.

Al acabar las clases del día, Moisés, el director del colegio, nos comunicó, por medio de la megafonía, que al día siguiente, todos los cursos íbamos a bajar, por turnos, al Salón de Actos para ver el regalo que había traído Manu al Colegio.

Los de séptimo y octavo completábamos el último turno, el de las 3 de la tarde. Creo que aquella mañana, tanto los profesores, como nuestras familias acabaron bastante hartos de nosotros. En clase estábamos más alterados que de costumbre, y vaya comida debimos dar a las madres. Volvimos todos corriendo al colegio, sin acabar los platos, y… sin lavarnos los dientes. Ni siquiera dediqué quince minutos, como solía hacer cada día, a la lectura de El Silmarillion que me había prestado mi amigo Santi Zalbidea.

Entré en el Salón de Actos y como era de esperar, no conseguí sentarme al lado de Cristina Pereda. Cristina y yo íbamos a la misma clase desde primero de EGB, y aunque ya estábamos en séptimo, nunca había logrado sentarme junto a ella, y… nunca lo logré.

Una vez que había comprobado mi fracaso, me senté en la primera silla que vi libre, al lado de Miguel Ángel Palacios. Miguel Ángel y su hermana Rocío, que iba a octavo B con Estitxu, habían llegado al colegio a mitad del curso pasado. A todos nos extrañó lo extremadamente tímidos que eran. Venían de Andalucía y todo el mundo sabe que los andaluces son simpáticos, extrovertidos y habladores, pero Rocío y Miguel Ángel no eran nada extrovertidos. Eran muy amables y muy educados, pero muy poco habladores. Hasta tal punto eran reservados, que ellos dos eran los únicos alumnos del colegio de los que el resto de los chavales desconocíamos la profesión de su padre. Desde que fui consciente de la verdad, siento una punzada de dolor y de vergüenza al recordar cuál era el verdadero motivo de su timidez y mutismo sobre el trabajo de su padre.

—Arratsalde on, danori! ¡Buenas tardes!

—Berdin zuri, Mari Tere! ¡Buenas tardes!

Mari Tere era la tutora de nuestro curso y estaba de pie, en la tarima, junto a Moisés, y los demás tutores de séptimo y octavo: Mikel, J. M., José Luis, y el propio Manu Besteiro

—Como ya sabéis todos, —continuó Mari Tere— Manuel Besteiro, antiguo alumno y hermano de vuestra compañera Estíbaliz, que ahora vive y trabaja en Londres, ha preparado un regalo para nuestro colegio y para todos vosotros.

Comenzamos a aplaudir entusiasmados, aún sin tener ni idea de en qué consistía el regalo.

—Manu ha realizado un montaje de diapositivas para nosotros —explicó Mari Tere— durante varias semanas ha visitado los lugares más emblemáticos de la ciudad de Londres con su cámara de fotos, varios carretes de película para filminas y su grabadora. Así ha podido preparar este audiovisual en el que nos explica todo lo que hay que saber sobre Londres y ha incluido además unas cuantas entrevistas a varias personas de todo el mundo que viven en la capital de Inglaterra.

—No he podido entrevistar a la Reina, —terció Manu, provocando las risas del público— pero os puedo asegurar que he preparado el montaje con todo el cariño del mundo hacia mi antiguo colegio y mi pueblo, Sestao.

Mientras estallábamos en aplausos, Mari Tere colocó las filminas en el cargador del proyector, insertó la cassette en el magnetofón, pulsó el play y comenzó la magia.

Londres, la meca y el sueño de la juventud europea de la primera mitad de los ochenta, Londres, el espejo en el que siempre se ha querido mirar el Gran Bilbao, desde incluso antes de la industrialización, se presentaba ante nuestros ojos y oídos de la mano de un rostro amigo.

En 1994, cuando yo tuve la oportunidad de cursar un cuatrimestre en la London School of Economics, los dos primeros lugares que visité fueron el Camden Palace y Putney Bridge desde donde arrojé una flor al Támesis, como la que deposité seis años antes, sobre el feretro de Estitxu, cuando el jaco y el SIDA la mataron.


lunes, 17 de noviembre de 2025

CINE DE VERANO

 

No sé exactamente cuándo pasó, fue durante un verano a mediados de la década de los años cincuenta del siglo pasado pero no puedo precisar de qué año. La llegada del cinematógrafo al pueblo no es uno de mis recuerdos, yo ni siquiera había nacido. Sin embargo, puedo recordar ese momento como si lo estuviera viendo ahora mismo, como si aquel precario cine fuera el decorado de una película que se estuviera proyectando delante de mí. Entonces, sí que ya es un recuerdo mío. Yo no lo viví pero su recuerdo es tan mío como de aquellos que lo vivieron, no por las innumerables veces que me lo han contado, sino por quien me lo contó: mi madre. Todas aquellas anécdotas y vivencias que ella recordaba de su niñez en el pueblo, ahora también son recuerdos míos. Ya forman parte de mi ser y el hombre que soy hoy en día también está formado por esos recuerdos. Al igual que el recuerdo de un guerrero castellano que no puede evitar llorar, mientras parte de su pueblo natal hacia el destierro que le ha impuesto su rey forma parte de nuestro patrimonio, el recuerdo de mi madre acudiendo al cine por primera vez forma parte de mi patrimonio cultural y sentimental.

A pesar de ser una niña pequeña, no le cuesta nada cargar con una silla desde su casa hasta el corral del bar que se convertirá en el improvisado cine. Más que el peso de la silla le preocupa perder el dinero para pagar la entrada. Por eso, lleva bien cerrado su puño, apretando la moneda de dos reales que su padre le había prometido, si era capaz de superar el miedo a la oscuridad recorriendo su calle a paso tranquilo después de la puesta del Sol.

Su hermana mayor, que la acompaña al cine, se ha ofrecido a guardar el dinero en la faltriquera que lleva ceñida al cinturón, junto al mandil. Mi tía sabía que su hermana se iba a negar a aceptarlo, pero como el hermano mayor estaba trabajando en una dehesa a poco más de dos leguas del pueblo cuidando la piara de cerdos del señorito Iván, a ella le correspondía velar por el resto de los hermanos. 

-¡Menudo carácter tenía ya tu madre entonces! -me han dicho muchas veces mis tíos. 

A lo que mi madre solía responder. 

–Siendo la del medio de cinco hermanos, tenía que sacar carácter como fuera.

No hace tanto que protestábamos por su mal carácter, y hoy es el día en que echo de menos las broncas de mi madre.

Dentro del corral del bar que se había convertido en cine, debían buscar un buen lugar donde colocar sus sillas en la zona reservada para las niñas, bajo la estricta vigilancia de la tía Chelo. La tía Chelo era una viuda que tenía organizado una especie de parvulario en su casa para poder sobrevivir, ya que nunca le fue reconocida la pensión militar de viudedad por la muerte de su marido. El Acracio había muerto en el frente, pero en el otro bando, como ella solía decir en voz muy baja y precavida, aunque todo el pueblo sabía, y todo el pueblo callaba, en qué bando habían combatido sus vecinos durante la Guerra.

-Venga vosotras dos, poned aquí las sillas y sentaos… y formalitas, ¡eh! que se note que ya no vais a la escuela de los meones. 

La escuela de los meones era el gráfico y preciso nombre que daban en el pueblo al parvulario de la tía Chelo. En aquella sociedad llena de eufemismos, medias palabras y silencios también había lugar para la claridad meridiana a la hora de denominar sin remilgo alguno, todo lo que estuviera alejado del pecado o del castigo legal.

Pero ¿cómo podrían controlar la emoción de estar sentadas frente a una pantalla de cine por primera vez? Mi madre nunca pudo estarse quieta, ni de niña, ni de mayor, y aquel día, aún menos. Está continuamente arrastrando los pies sobre el seco suelo del corral y las  sandalias de goma rechinan sobre el grijo que lo cubría. Pese a que de vez en cuando recibía un rodillazo de su hermana mayor, en seguida volvía a arrastrar los pies. Afortunadamente, la tía Chelo estaba en ese momento tirando de las orejas a dos muchachos que intentaron acercarse a la zona de las mozas, sin ninguna intención de atender a la película, y mi madre se libró del capón con que la tía Chelo solía corregir el mal comportamiento de las niñas.

Por fin, llegó el momento tan esperado. En la pantalla se vislumbran unas imágenes en blanco y negro acompañadas de una música pretendidamente épica, que podria pasar por un sucedáneo de la obertura de la ópera Guillermo Tell. Una vez terminado el noticiario, al que el público ha prestado la atención justa para no parecer despistado, pero no la suficiente como para recordar aquello que han visto y oído, un deslumbrante despliegue de colores inunda la pantalla.

El rótulo con el nombre de Luis Mariano que ocupa toda la pantalla seguido del celeste azul del mar que baña las playas de México arranca un suspiro de admiración de todas las gargantas presentes aquel día. Quizás, desde el pase inaugural de la primera película de los hermanos Lumière no había comparecido un público tan gratamente sorprendido, maravillado y fascinado por la magia del cinematógrafo, como el que se congregaba aquella noche en el corral del bar del pueblo.

Durante la proyección de la película el público ríe, se emociona, llora e incluso hay quien se atreve a cantar en voz baja algunos de los temas de la película que ya eran muy populares desde hacía tiempo. Estoy seguro de que ni mi madre, ni el resto de los espectadores era consciente en aquel momento de la sorprendente naturalidad y facilidad con que estaban abriendo las puertas del corazón y la mente a los sentimientos, venturas y desventuras de los personajes de la película. Asumían que aquellos personajes eran personas tan reales como ellos mismos, incluso que estaban dotados de una realidad más consistente, que no depende de la presencia física, sino de su presencia inmediata en la sensibilidad de cada espectador.

El cantor de México acababa de suscitar en el público una nueva forma de ver, entender y explicar el mundo que supera las barreras materiales y que conforma los recuerdos más profundamente grabados en nuestro ser. Son ese tipo de recuerdos que solo una madre puede transmitir a un hijo y que mi madre me legó a mí, para que formen parte de mi ser. Y son los recuerdos, que unidos a los míos, yo también voy revelando a mis hijos.

Así,  mediante la transferencia de los recuerdos, como si de un fuego sagrado se tratara, nunca caminamos solos por la vida. Creamos nuevos caminos, pero con las herramientas que heredamos de nuestros padres y que renovamos en cada generación, sin que pierdan un solo ápice de las huellas, la sabiduría,  el cariño y los recuerdos de los que tanto amor y esfuerzo nos criaron y educaron. 

No me cabe duda de que aquella noche de un verano extremeño de hace unos setenta años, la magia del cine sembró  en mi madre el germen de una inspiración para que, en el futuro, ella encontrara un medio para que sus recuerdos pervivieran en nosotros, una vez que la enfermedad se los arrebató, y para que ella misma permaneciera con nosotros, cuando la muerte nos la quitó.


miércoles, 24 de septiembre de 2025

SEPTIEMBRE DE 1939

Día 1, por la mañana.


-¿Hola?


-Ronald, ¿has oído las noticias en la BBC. Los alemanes han invadido Polonia -La voz del teléfono era tan inconfundible, como notable era su tono desolado.


-Sí Jack, estaba escuchando la radio con Edith. Me habría gustado equivocarme, pero esto es lo que sucede cuando se accede a los deseos de idólatras y profanadores. 


Día 1, por la tarde.


Fred Bolger había sido elegido representante de los alumnos de Lengua y Literatura dos semanas atrás. Su elección le había sorprendido y apesadumbrado a partes iguales. Su extremada timidez unida a sus escasas habilidades sociales y a su, tendente a la redondez, constitución hacían que Fred no se viera a sí mismo como el candidato ideal. Aunque era un joven muy inteligente y perspicaz, con un corazón y un sentido de la justicia tan grandes como su cintura, Fred dudaba si su elección se debía a estas cualidades suyas o a alguna suerte de broma, más cruel que amable, de sus  compañeros.


Mas en ese momento la mayor preocupación de Fred era cómo afrontar desde la Delegación de Estudiantes la probable guerra entre su país y Francia contra Alemania. No dudaba de que su país debía pararle los pies a ese tirano de Hitler, pero también sabía que esa guerra iba a costar la vida de muchos ingleses y franceses, y también de muchos alemanes. Además, el ejército alemán parecía imparable, hasta ahora había aplastado fácilmente a todos sus enemigos, y Fred empezaba a temer que ni siquiera el ingente Imperio británico pudiera derrotar a los alemanes. Era aterrador pensar en las comarcas inglesas arrasadas y ocupadas por la maquinaria de guerra del III Reich. Sumido en esos pensamientos, Fred miraba, distraído, las manchas de las baldosas del vestíbulo del Pembroke College.


-Yo también suelo hacer eso, muchacho.


-Oh, perdón profesor, disculpe, por favor.


-No hay nada que disculpar. Ya te digo que yo también busco dragones en las manchas de las baldosas.


-¿Dragones, profesor Tolkien?


-Sí claro, por supuesto que sí, señor…


-Bolger, Frederick Bolger, profesor. -Dijo Fred estrechando tímidamente la mano del profesor. -Este curso voy a ser alumno suyo. Eso espero al menos. Me encantaría terminar mis estudios, pero si Gran Bretaña va a la guerra contra Alemania y me movilizan, cumpliré con mi deber de inglés.


-¡Por eso estaba usted tan distraído mirando al suelo! Le comprendo perfectamente, yo combatí en la Gran Guerra, ¿sabe?, eso era el horror…


-Si me permite que le interrumpa, profesor, me gustaría exponerle una idea  que se me acaba de ocurrir, porque, estoy seguro de que, si no tiene inconveniente, usted podría ayudarnos a mí y a todos los estudiantes del College.


Día 2, por la tarde.


“...No creo haber sido un buen soldado, pero cumplí con mi deber y defendí a mi país con todas mis fuerza y con todo mi empeño cuidé de mis hombres, que demostraron ser mejores que yo en todos los aspectos, A ellos les debo haber vuelto con vida de las trincheras a pesar de que aún sufro las secuelas de la fiebre.


Sin embargo, la mayor y más profunda herida que me dejó la guerra fue la muerte de mis amigos. Fuimos los cuatro a alistarnos juntos: dos murieron en los campos de Francia y el tercero volvió a Inglaterra con la mirada perdida, como si buscara un punto situado a mil yardas de él.


Por eso, espero que no se extrañen de que me aterrorice la posibilidad de una nueva guerra y más aún, teniendo hijos que, como ustedes, podrían ser movilizados, y morir en el frente, porque ningún padre debería enterrar a sus hijos, así que rezo a nuestro Salvador para que Hitler se retire de Polonia antes del fin del  ultimátum. Pero me temo que por los delirios, la arrogancia, la maldad y la ignorancia de Hitler, el gobierno de Su Majestad se verá obligado a declarar la guerra de Alemania. Entonces seguiré detestando la guerra, pero también les digo que será nuestro deber aportar todo lo que podamos al esfuerzo de Inglaterra para derrotar a Alemania.


No piensen que digo esto solo por fervor patriótico. Amo a nuestro país, a la campiña, a los bosques, a su gente sencilla y también amo la belleza de nuestra lengua en los viejos cuentos. Esos viejos cuentos que los nazis han pervertido para convertirlos en la justificación de sus crímenes. Lo mismo  que los nazis han mancillado la antigua lengua del Norte para convertirla en el supuesto espíritu de una raza superior que no existe más que en sus sueños de enajenados.


Todos los hombres compartimos el mismo origen, el mismo barro modelado por Dios que aunque caído y pecador todavía ostenta la dignidad y toda libertad que Dios le otorgó a todos sus hijos de cualquier nación, lengua u origen. Y Hitler quiere arrebatar la dignidad y la libertad a la Humanidad.  No me refiero a la libertad de la que se habla en el Parlamento, ni a la inexistente libertad producto de la revolución bolchevique, ni a la libertad asesina, racista, egoísta y profana que predica Hitler.


Me refiero a la libertad de cada hombre y mujer para elegir su camino para hacer el bien, para amar a su familia y al prójimo. Libertad que es destruida cuando los nazis clasifican a los seres humanos por su religión, por el tono de su piel o por su lengua. El racismo pretende convertir a los seres humanos en sujetos dependientes de un destino inexorable al servicio de la locura de Hitler. Ese destino de esclavitud y muerte que no solo es un abuso de los viejos mitos del antiguo Norte, sino que también es una blasfemia contra Nuestro Señor que nos dió la vida y la libertad, y a quien debemos amar sobre todas cosas…”


Día 3, por la mañana.


Ronald abraza a Edith mientras escuchan la BBC.


“...Por segunda vez en la vida de la mayoría de nosotros estamos en guerra…”


 

 


miércoles, 23 de julio de 2025

UNA HISTORIA AFRICANA

  Como cada Luna después de la temporada de lluvias, se iba a celebrar en la Gran Charca, la asamblea de los Pueblos que Caminan, y como siempre, los anfitriones: el pueblo de los Juncales pensaba más atención en la fruta y las raíces que en la visita de los Buscabichos y sus estúpidas sobre la comida y la familia. Sin embargo, los Buscabichos, aunque ellos se llamaban a sí mismos los Inquietos, dado su natural carácter curioso y audaz, acudían a la reunión de muy buen ánimo y albergando grandes esperanzas en el éxito de la propuesta que tenían para los Juncales. Sabían que a los Juncales ni les gustaban ellos ni las novedades, pero si los Inquietos hubieran dudado de sus ideas, nunca habrían bajado de los árboles, y serían como los Piesblandos que no se atrevían a caminar a dos patas, y ya no participaban en las Asambleas.

  La Madre de los Inquietos se sentó frente al Mandón de los Juncales y después de intercambiar los protocolarios saludos, aunque sin la efusividad e intensidad con que los Inquietos se saludaban entre ellos, le expuso con entusiasmo su propuesta.

  -Tú crees que todo tu pueblo piensa como tú, y es cierto que os cuesta pensar de otra manera. Sin embargo, te equivocas. Hay uno entre los vuestros, un joven despierto y valiente, que ha sabido apreciar las cualidades de los Inquietos, hasta tal punto que desea unirse a una joven de nuestro pueblo. Esa joven es la más inteligente y audaz de los Inquietos, no de los que ahora caminamos bajo el Sol, sino de todos los que caminaron antes que nosotros. Esa joven es mi hija, Lascas. Y el joven del pueblo del Juncal que desea unirse a mi hija es tu hijo.

  La alegría de las caras de los Inquietos contrastaba con la sorpresa de los rostros de los Juncales, como contrastaba la pálida Luna con el Sol abrasador. El más sorprendido de todos ellos era el Mandón. Apenas había entendido los gestos y sonidos de la Madre, demasiados gestos, demasiados sonidos y a demasiada velocidad, pero estaba seguro de haber captado el sonido de “hijo”, el de “hija" y el inconfundible y explícito gesto de los inquietos para “unirse”. Mientras que los Juncales frotaban sus antebrazos para producir el sonido de “rozar la piel”, los Buscabichos balanceaban la pelvis al tiempo que chillaban rítmicamente. El Mandón se sentía tan confuso como indignado, y estuvo a punto de lanzar una dentellada a la garganta de la Madre. “Quizás sea el momento de comprobar si es tan bueno comer carne como dicen estos zarrapastrosos”, pero la severa mirada de su compañera le frenó en seco.

  En ese momento, su hijo se atrevió a algo que ni siquiera se le habría pasado por la cabeza a ningún Juncal: dirigirse a su padre, y menos aún siendo éste el Mandón, sin que le hubieran dado permiso para hacerlo. 

  -Me voy a ir con ella, es la compañera que cualquiera pudiera soñar y será la madre de un nuevo y gran pueblo. Yo abandonaré nuestra charca, y ella abandonará la linde de los árboles. Nos iremos lejos, hacia donde el Sol está más alto. Allí tiene que haber agua, árboles, juncos y carne para comer y nuestro pueblo será fuerte y resistente como los Juncales y valiente y sagaz como los Inquietos. Padre, no intentes detenerme, ni ataques a los Inquietos por esto. Te quiero y te admiro, pero,al igual que tu padre y el suyo antes que el tuyo, te niegas a reconocer que la charca es más pequeña que cuando te uniste a mi madre, y que aquí ya no hay futuro para mis hijos.

  Una segunda sorpresa ya era demasiado para el viejo Mandón. Por primera vez en su vida no sabía qué hacer. Castigar a su hijo suponía derramar su sangre y no castigarlo suponía perder a su pueblo y traicionar a sus antepasados. Mientras tanto, una hiena que había llegado guiada por el olor de los reunidos saltó sobre la compañera del Mandón. Sin embargo, no pudo alcanzar su objetivo. Con una agilidad y velocidad inesperada, Lascas se interpuso entre el depredador y su presa. Forcejeó con la hiena que le clavó los dientes en la pierna e intentando zafarse de su enemigo, Lascas llegó hasta la orilla de la charca, alcanzó un guijarro desgastado y le cortó el cuello al animal. Había acabado con la alimaña, pero sabía que ella también iba a morir.

  -Comeos la carne de la bestia y no temáis nunca más a las fieras. Con esto, la sabana será vuestra.

  Murió mientras levantaba el guijarro teñido con la sangre de la hiena.


*******************


  -Pero, ¿cómo os puede gustar esa música?. Por el amor de Dios, entre este Sol y ese ruido producto de las alucinaciones de esos hippies no puedo trabajar.

  -Venga hombre, parece mentira que seas más joven que nosotros. Qué rancio eres. Si por ti fuera todavía estaríamos subidos a los árboles, como los primos de nuestros amigos Huesitos. Desmelénate un poco, tío. Que a mí también me gustan Bach y Vivaldi, y me emociono con el final de Turandot, y mira, apostaría algo a que a Mozart le habrían encantado los Beatles. Pam, intenta convencerle tú de que “Lucy Sky with the Diamonds” cambiará la historia como el “Va pensiero” de Verdi.

  -Y mucho más de lo que imaginas -gritó Pam exultante- ¡John, dile a Julian que acabo de encontrar la tibia de su Lucy!

martes, 18 de febrero de 2025

¿COMPLICADO?

 ¿COMPLICADO?

“El mundo es difícil y la gente es muy complicada” Eso es lo que me digo a mí mismo todos los días. Aunque no es lo que la mayoría de la gente me dice a mí. Ellos siempre me dicen que en realidad todo es muy fácil, que si me fijo en lo que hace la gente y me esfuerzo lo suficiente, podré entenderlo todo y además ellos me entenderán a mí. Porque para ellos yo soy muy complicado.

Quizás podrían esforzarse ellos en entenderme a mí. Ya que piensan que es tan fácil, poniendo un poco de esfuerzo y de atención a lo que yo hago y digo, podrían hacerlo. Claro que nunca les respondo esto, pero no puedo evitar sonreir mientras lo pienso y ellos deducen que estoy de acuerdo con lo que me dicen. Eso sí que no lo entiendo. Si ellos sonríen continuamente sin motivo, incluso me atrevería a decir que en muchas ocasiones sonríen de mentira; yo sólo sonrío con motivo y de verdad, que conste; ¿por qué tienen que pensar que sonrío para darles la razón, para mostrarles que me voy a esforzar en entenderles? ¿Por que no son capaces de darse cuenta de que yo estoy pensando en otra cosa? Me dicen que yo soy complicado, pero luego se hacen la ilusión de que saben interpretar correctamente mis gestos.

No estoy seguro, pero creo que no son conscientes de que ellos son tan complicados como lo soy yo, o que, por lo menos, yo no soy más complicado que ellos. Quizás ahí esté buena parte de la clave para afrontar mi condición. Me gusta esa palabra porque no significa ni problema, ni algo determinante e insalvable, sino que simplemente, me condiciona. Ellos caminan por un terreno bien allanado y señalizado, aunque muchas veces parece que desean buscar un terreno sin señalizar, y plagado de baches y vallas, en cambio, yo sí que tengo que avanzar por un sendero sin señalizar y salpicado de baches y vallas, que a veces puedo saltar y otras veces no.

Pero sí, esa ha sido la clave para afrontar mi condición y poder saltar más fácilmente la vallas y baches que cada día aparecen en mi camino: desde que, después de mucho tiempo de incomprensiones propias y ajenas, me diagnosticaron mi TEA, mi autismo, soy consciente de que el mundo es difícil y que la gente es muy complicada, mientras que ellos se empeñan en que el mundo parezca complicado y en creer que la gente es fácil. Porque ahora, que sé cuál es mi condición, aunque sea de una forma muy diferente, entiendo al mundo y a la gente mejor que ellos.


miércoles, 29 de enero de 2025

PAN

 

Ana lleva casi ya dos horas pegada a la ventana, con el móvil en la mano. Roque le envió un whatsapp, a eso de las cuatro de la tarde, al terminar el reparto del pan por los pueblos. Hace un rato que está nevando y bien se puede tardar hora y media en bajar desde el Alto de Bedón hasta Villarcayo, pero ya debería estar a punto de llegar. Duda si llamarle o no, porque, a pesar de que Bego consiguió que su padre instalase un dispositivo de manos libres, a Ana no le gusta que su marido atienda el teléfono mientras conduce. Diez minutos, se dice a sí misma, si en diez minutos no ha llegado, le llamo. Antes de que se cumpliera ese plazo, suena el móvil de Ana, sin embargo, no es el nombre de Roque el que aparece en la pantalla, sino el del sargento Pereda, el comandante del puesto de la Guardia Civil.

Roque no reconoce la habitación donde se ha despertado con todo el cuerpo dolorido. Oye voces en la habitación de al lado, y no sin cierto temor, pregunta:

-¿Hola? ¿Quién hay ahí?

Varios rostros conocidos entran en la habitación. Ver todas esas caras, en especial la de su esposa, Ana, que corre a abrazarlo, tranquiliza a Roque, aunque sigue sin comprender nada de lo que está pasando.

-¡Vaya susto que me has dado, bueno, que nos has dado a todos! Cuando me llamó Pereda para decirme que habías tenido un accidente… ¿Por qué no te quedaste en Bedón, en casa de Fonso y Marta, hasta que se hiciera de día y quitaran la nieve de la carretera? Y, así, no te arriesgas por esos caminos dejados de la mano de Dios. Me llamas desde allí y ya me quedo yo tranquila y Bego también, que me ha costado convencerla para que no viniera desde Bilbao hasta que se pudiera pasar por El Cabrio y por Bocos. He avisado a Carlos, el de la Diputación y a pesar de estar jubilado, ha logrado con un par de llamadas que enviaran urgentemente las quitanieves a despejar los puertos y en cuanto los han abierto, ha ido él mismo a Bilbao para que Bego no tuviera que conducir estando nerviosa, ya estarán por El Crucero. Pero tenías que haber esperado en Bedón.

Hace un par de años que operaron a Ana de un tumor, la operación fue un éxito, y aunque ella aún sufre varias secuelas por la radioterapia, todas las pruebas que le han realizado señalan que ya no hay rastros de cáncer en su organismo. Sin embargo, Roque no ha superado todavía el miedo a perder a Ana por la enfermedad y ahora necesita oír todas las noches como su mujer respira al dormir, pero es demasiado vergonzoso como para decírselo a ella y menos aun en público.

-¿Accidente, qué accidente?

-Un vehículo, que no llevaba las cadenas puestas, perdió el control en una de las curvas entre Butrera y Torme, justo en el momento en que te cruzabas con él. Ambos vehículos caísteis por un terraplén, dando varias vueltas de campana. -El sargento se esforzaba en mantener el tono profesional, pero era evidente que se había temido lo peor cuando vio el estado de la furgoneta de su amigo. -El cinturón de seguridad te salvó la vida. El otro conductor no lo llevaba y ha fallecido. Menos mal que tu hija estudia para teleco, y te tiene bien configurado el aviso automático de la aplicación AlertCops, para que recibiéramos tu localización enseguida, pero era muy difícil llegar hasta el lugar del accidente, incluso con el nuevo todoterreno del puesto. Y para la ambulancia era imposible. Entonces fue cuando la cabo Silva me dice que va a avisar a su amigo Román, para que nos abra camino con el tractor y una pala de excavadora. La dotación del puesto no me responde tan rápido como Román a la cabo. Tenía el tractor preparado con la pala antes de que llegáramos nosotros a Torme.

-Es que, por Roque, lo que sea, que es más que nuestro panadero, es nuestro amigo. -Interviene Román con las mejillas más sonrosadas de lo habitual. -Él siempre está pendiente de todos en los pueblos del Trema, aunque viva poca gente, aunque no le sea rentable llegar hasta algunas casas, a ningún vecino del valle le ha faltado nunca una barra de pan desde que Roque abrió la panadería. ¿Verdad, Nila?

A Román le arden las mejillas y necesita que su juiciosa vecina le tome el relevo.

-Desde que Dámaso primero y Tomás después se jubilaron, tenemos que bajar a Villarcayo para hacer las compras, y la gente mayor dependemos de que alguien pueda llevarnos. -Nila se acerca a Roque -Al menos, gracias a ti tenemos pan todos los días en la puerta de casa, y no solo pan. Nos das un rato de conversación a los que estamos solos, y a mí me has sintonizado los canales de la tele un montón de veces, y a más de un vecino del valle le ha atendido el médico porque has llamado a urgencias, si nadie respondía al timbre cuando llegabas con el pan. Para los vecinos de los pueblos del Trema, Ana, Bego y tú sois parte de nuestras familias. Por eso, todo el pueblo se ha volcado con vosotros, aunque, como todos sabemos, Román tenía otro motivo más.

Hasta Roque, a quien le sigue doliendo todo el cuerpo, se une a la risa generalizada para decir:

-Silva, Román, esto es un pueblo, aquí se sabe todo…, id anunciado vuestra boda, que de que en el banquete se coma el mejor pan del mundo, me encargo yo.

viernes, 10 de enero de 2025

LA CARTA DE MELCHOR


 En el Palacio Invisible de Melchor.

Cima del Monte Ararat, junto al Arca de Noé a 2 de enero de 2024:


Queridos L…. y A….:

Como Gaspar y Baltasar no han llegado aún, voy a escribiros yo la carta, bueno en realidad se la dicto a Qatuqabu y él la transcribe em un aparato de esos que los que somos muy mayores como yo, ya no sabemos manejar. ¡Ay, me acuerdo de cuando usábamos un punzón para escribir sobre tablillas de barro fresco, y qué gran revolución fue cuando los egipcios nos enseñaron a escribir sobre papiros! Supongo que a los que eran muy mayores cuando yo era joven (sí, yo también fui joven, pero ni siquiera Baltasar y Gaspar se lo creen) también les costó acostumbrarse al papiro, después de haberse pasado toda la vida escribiendo sobre tablillas de barro. Pero bueno, yo no tengo que preocuparme ya de eso, que como sabéis Qatuqabu sabe manejar a la perfección cualquier instrumento que sirva para escribir. Es el mejor escriba de la Historia, y me da mucha pena que su talento no sea tan reconocido como se merece. En este momento, Qatuqabu me pide permiso para escribiros él directamente. Por supuesto, Qatuqabu, la carta también es tuya. 


Para mí es un gran honor y una gran suerte transcribir las cartas de Sus Majestades, porque puedo ayudar a repartir ilusión y felicidad a los niños y a los adultos del mundo., Ojalá pudiera escribir también a todos los niños que ahora están pasándolo muy mal por la guerra y el hambre, cuando deberían estar jugando y aprendiendo para tener un futuro mejor. Y ojalá pudiera escribir también a todos esos que, con sus actos o con su pasividad, hacen sufrir a otros seres humanos y a la Naturaleza para recordarles que están agrediendo a los hijos y a las hijas de Dios y al resto de sus criaturas. Desde aquí, vemos y oímos como estallan las bombas de las guerras que están sucediendo al norte y al sur de Ararat y es aterrador, de verdad, que es aterrador.

Perdonad, que no quiero poneros tristes, pero es horrible lo que pasa demasiadas veces en el mundo. Aunque también sé que hay personas maravillosas en el mundo, que se preocupan de los demás, y que hacen como vosotros dos que ofrecéis vuestro tiempo para intentar hacer un mundo mejor, y que allí donde vais os esforzáis en crear un ambiente agradable para todos los que os rodean.


Ya os lo hemos dicho muchas veces, ¡qué buen tipo es Qatuqabu! Y Baltasar, Gaspar y yo sabemos que vosotros también lo sois. Nos los dicen muchas veces vuestros padres, y que están muy orgullosos de vosotros. Sí, ya sé que, a veces, os regañan, pero eso también es parte de la tarea de ser padres, y a todos nos regañaron nuestros padres cuando éramos niños y adolescentes.

Si no se lo decís a nadie, os cuento una vez que me regañaron a mí. Ya os contó Baltasar hace años que mi Palacio Invisible está construido con madera del Arca de Noé. Fue mi abuelo Hayk quien decidió construir el Palacio con madera del Arca como homenaje a su antepasado Noé, porque cuando mi abuelo llegó aquí, desde Babilonia, se encontró los restos del Arca en muy mal estado. Lo que pasó es que como aquí en la cima del monte Ararat hace mucho frío, estamos a  más de cinco mil metros de altitud, hace falta mucha leña o carbón para calentarnos, pero por aquí no hay vegetación, porque  en el suelo hay una capa de decenas de metros de nieve durante todo el año. Así que mi abuelo hizo un trato con unos mercaderes fenicios para que ellos le trajeran leña de los cedros de su país y carbón que compraban a un montañés que vivía al otro lado del Gran Mar y que nos lo encontramos también cuando fuimos a Belén a adorar a Jesús. A cambio, ellos podían llevarse toda la nieve que cupiera en sus carros, para conservar el pescado en su país, donde en verano hace mucho calor. Por cierto, aquel carbonero montañés nos sigue proporcionando el carbón que llevamos a los que se portan mal.

En uno de aquellos inviernos durísimos, tendría yo doce o trece años, a uno de mis primos mayores se le ocurrió gastarle una broma al abuelo. Mala idea. Mi primo Kadmos, que había vivido muchos años lejos de Ararat, no sabía que mi abuelo tenía muy mal humor y que hay cosas con las que no se juega. Tomamos “prestado” un haz de leña de uno de los carros de los fenicios y nos acercamos a donde estaban los restos del Arca. Allí, Kadmos prendió la leña y cuando logró que hiciera mucho humo volvimos corriendo a Palacio, gritando:

-¡El Arca! ¡el Arca de Noé se está quemando!

Todos en Palacio acudieron corriendo a sofocar el fuego, temiendo lo peor, que el Arca se hubiera quemado y hubiéramos perdido la reliquia sagrada para siempre. Pero cuando los adultos llegaron hasta el fuego y vieron lo que pasaba, enseguida se dieron cuenta de lo que había sucedido. Todos, y especialmente el abuelo, se enfadaron mucho con Kadmos y conmigo. Nos cayó la mayor bronca de la historia de nuestra familia, y a Kadmos y a mí nos castigaron a tener que descargar, sin ningún tipo de ayuda, los carros de leña y carbón de los fenicios cada vez que éstos vinieran y hasta que al abuelo se le pasara el enfado. ¡Siete años le duró el enfado!

Hemos tenido que parar un buen rato porque a Qatuqabu le ha dado un ataque de risa con la historia de mi castigo. Él ya la había oído más veces, pero siempre que se la cuento se ríe muchísimo. En este rato han llegado por fin Baltasar y Gaspar, así que con sus saludos puedo acabar la carta.

Dad muchos recuerdos a mamá, papá,  los abuelos, la yaya, los tíos, los primos y a vuestros amigos. L…., este año te toca hacer la EBAU, no te agobies, es un examen más, si trabajas bien, la aprobarás y sacarás buena nota. A…., este es tu primer curso en el Instituto, ya has visto que es diferente al Cole, pero si sigues trabajando como siempre, sacarás el curso tan bien como hasta ahora. Disfrutad del ajedrez y del rugby, son dos deportes geniales para desarrollar los valores que de verdad importan para ser buenas personas. Y seguid siempre en vuestro camino de scouts la Luz de Jesús Rescatado, con la intercesión de su Madre, Nuestra Señora de las Angustias.


Con cariño de vuestros Reyes Magos, escriba, y sobre todo amigos:.


Melchor, Gaspar, Baltasar y Qatuqabu.



jueves, 9 de enero de 2025

Una carta del rey Baltasar.

 Palacio Invisible de Baltasar, custodio del Arca de la Alianza, Lalibela, Etiopía, a 4 de Enero de 2025


 Mis queridos Lucía y Ander:


 Este año soy yo, Baltasar, quien tiene la suerte de dictarle vuestra carta al gran escriba Qatuqabu, en nombre de los tres Reyes Magos, desde mi Palacio en Lalibela donde, como solo algunos elegidos saben, mi familia custodia el Arca de la Alianza desde que la trajo mi antepasado Menelik I desde Jerusalén hace casi 3.000 años. El Arca que encontró Indiana Jones es una de las varias copias que Menelik mandó esconder en ciertos lugares importantes del mundo antiguo, para evitar que la verdadera cayera en manos de los poderes oscuros de este mundo, como los nazis a los que se enfrentó el doctor Jones.


  Antes de que se me olvide, os envío muchos besos y abrazos de parte de Melchor y Gaspar, que al igual que yo, han estado muy pendientes de vosotros este año. Nos hemos puesto muy tristes en los momentos tan duros que habéis vivido. Pero también hemos disfrutado mucho con todas las ocasiones en que habéis conseguido aquello que deseabais desde muy pequeños como la Graduación de Lucía en Bachillerato y su brillante acceso a la Facultad de Educación, al mismo tiempo que ha entrado en la Agrupación Ruta de los Scouts de Salamanca. También nos encanta el gran desempeño de Ander como pilier del Salamanca Rugby Club. Me cuenta Qatuqabu que Gaspar se ha pasado todo el año viendo partidos de rugby y está entusiasmado con este deporte. Fijaos que me ha pedido que a la vuelta a Etiopía me desvíe hasta Sudáfrica y que le traiga un balón oval. No se da cuenta de que África es muy grande y que la nación Arco Iris está muy lejos de mi casa. Y además de jugar bien al rugby A…. sigue sacando muy buenas notas, y siendo todo un Ranger de los Scouts de San Pablo. Me encanta que estudiéis mucho los dos, recordad que como soy descendiente de dos grandes sabios: Saba y Salomón, sé que el conocimiento es un tesoro para la Humanidad.


 Aunque de lo que más nos alegramos es de ver como crecéis en los valores que distinguen a las personas que hacen de este mundo un lugar mejor.


  Nos da mucha esperanza comprobar que vosotros y más jóvenes no seáis indiferentes a las guerras que desangran Ucrania o la tierra donde nació Jesús y otros muchos lugares de los que llegan noticias a Europa. Como tampoco sois indiferentes a las catástrofes que suceden cuando no se escucha a la Naturaleza, como en la horrible inundación que se ha sufrido en varias provincias del este y sudeste de España, en especial en Valencia, o a los graves problemas económicos y sociales a los que se tienen que enfrentar muchas familias en la misma ciudad de Salamanca. Seguid así, promoviendo un mundo mejor, desde el Instituto y la Universidad y con vuestro compromiso con la Congregación de Jesús Rescatado y Nª Sª de las Angustias, el Movimiento Scout, el rugby, y el arte. 


  Mientras tanto esperamos que os gusten los regalos que os hemos dejado junto a los zapatos a los pies del Árbol de Navidad de vuestra casa. Ya sabéis que no siempre, más bien casi nunca, podemos llevaros todo lo que pedís, pero tenemos que repartir nuestra magia entre muchos niños, jóvenes, y no tan jóvenes, por todo el mundo, y en muchos lugares cada vez es más difícil hacerlo. Dad, de nuestra parte, besos y abrazos a mamá y papá, que os quieren mucho, a la abuela Rafi, al abuelo Juan, y enviad besos al Cielo a la abuela Tere y al abuelo Antonio. Besos y abrazos para los tíos, el primo y para todos vuestros amigos.


  Con todo el cariño de vuestros amigos Melchor, Gaspar y Baltasar, y Qatiqabu, que tengáis un feliz día de Reyes y muy feliz año.


Posdata del escriba Qatuqabu: Me dice Baltasar que no entiende por qué los cofrades estáis tan preocupados con su espalda, dice que estéis tranquilos, que no le duele nada porque aunque tiene muchos años, aún está hecho un chaval.

jueves, 20 de junio de 2024

EL TREN


Escribí este cuento durante el pasado mes de febrero para presentarlo al XXIV Certamen Internacional de Cuentos Lenteja de Oro de La Armuña organizado por el Ayuntamiento de Parada de Rubiales, al que me gustaría agradecer esta gran iniciativa cultural y la preciosa oportunidad que nos ofrece a los que nos gusta escribir de participar en el mismo. Aprovecho también para felicitar a Juan Francisco Cuesta Iniesta, ganador del certamen con su relato "Ella".

Escribí el relato desde la ficción, pero también como una reivindicación del valor y del esfuerzo de mis padres y de mis suegros. Desgraciadamente, perdimos a mi madre el pasado mes de abril, así que con más motivo aún, el cuento va dedicado a la memoria de mi madre, a quien su padre llamaba Maite.


Ricardo no ha apartado la mirada de la sucia ventanilla del tren desde que salieron de la estación. Con los ojos abiertos como platos, como esos platos enormes que veía en la cocina de la casa de los amos, mira como el campo parece correr hacia atrás, hacia el pueblo donde nació, pero en el que apenas ha vivido, mientras que el tren corre hacia delante, hacia un lugar del que apenas conoce el nombre, pero donde dice padre que van a vivir a partir de ahora, porque hay trabajo, porque hay futuro.

Es su primer viaje en tren. En realidad, es su primer viaje,  porque a él nunca se le habría ocurrido llamar viaje a cuando iban padre, Agustín y él hasta Salamanca llevando las ovejas del amo para la feria de septiembre. Desde luego, nadie llamaría viajar a caminar dos o tres días por esos caminos resecados por el implacable Sol del verano salmantino, mientras se vigila que ni ovejas, ni corderos se pierdan o, lo que sería aun peor, se lastimen, enfermen o mueran. Pero justo eso, la realidad de una vida dura que no ofrece ninguna perspectiva de mejora, es lo que él y su familia están dejando atrás. No van en busca de una vida cómoda, porque a pesar de no haber cumplido todavía doce años sabe que para los pobres la vida nunca es fácil, sino de la oportunidad de aspirar a algo más que a la mera, y precaria, subsistencia.

La voz del cantinero del tren ofreciendo sus viandas a los viajeros ha apartado los ojos de Ricardo de la ventanilla, para mirar a la pequeña maleta de cartón que madre lleva bien protegida en su regazo. Allí guardan chacina y pan para comer durante los primeros días en su destino, hasta que padre y Agustín empiecen a ganar dinero en el trabajo que les ha buscado Matías, uno del pueblo que anduvo un tiempo detrás de una hermana de padre. La cosa no llegó a nada, pero padre y Matías se hicieron muy buenos amigos, y cuando padre le escribió para preguntarle por cómo andaba el trabajo en Baracaldo, a Matías le faltó tiempo para hablar con el encargado de la obra  por si podía colocar a su amigo y al hijo de éste. 

-Es un trabajo duro, Matías, ya lo sabes, pero si tu paisano es como tú, dile que siempre necesitamos gente. Este pueblo sigue creciendo y cada vez hay que traer más agua del pantano, si saben cavar zanjas a pico y pala para los tubos, tienen trabajo para mucho tiempo. Eso sí, que no me fallen, ni tú tampoco, que en el próximo tren vendrán más como vosotros con ganas de trabajar.

Pero aún faltaba mucho para llegar, y Ricardo tenía hambre. Sabe que madre apartó un poco de comida para el viaje, pero no se atreve a pedírsela. Se acuerda demasiado bien de las veces  que cuidando las ovejas, por causa del hambre y del cansancio veía demasiado pronto que el Sol alcanzaba el mediodía y las horas posteriores al almuerzo se le hacían larguísimas, pero si no se atreve a decirle nada a madre es porque ella no ha dejado de llorar desde que salieron de la estación.

-¿Quién va a cuidar de Paquito ahora? Se queda solo en el pueblo, Lo hemos abandonado entre extraños.

Paquito había fallecido el invierno anterior.

Acababa de cumplir siete años y era el preferido de madre. Por eso, aún no había ido nunca con sus hermanos y padre a cuidar de las ovejas, sino que acompañaba a madre al río a lavar la ropa. El agua helada y las manchas del trabajo en el campo destrozaban las manos de las mujeres del pueblo; sin embargo, el parloteo chismoso de las viejas comadres, entremezclado con las inocentes y curiosas risas de las jóvenes solteras ante las picardías de los comentarios que las casadas sólo se atrevían a hacer en aquel ambiente, aliviaba por un rato los sufrimientos de aquellas mujeres. Para Paquito todo aquello era la diversión más absoluta; corría, reía y saltaba entre los cestos de la ropa, recibiendo continuamente los halagos y cucamonas de las congregadas.

Hasta el día en que se cayó al río. Aquel día no se comentó en el lavadero ningún chisme del pueblo, ni las proporciones de cualquiera de los maridos, ni hubo risas, ni carantoñas. Todas las mujeres lavaban la ropa con la preocupación marcada en el rostro. Habían oído la noticia de que una guarnición española en Ifni, en la que tres mozos del pueblo estaban haciendo la mili, había sido atacada. Eran nietos, hijos, novios, hermanos o primos de la mayoría de las que se juntaban en el lavadero del río y nadie tenía ánimos para jugar con Paquito. Él se apartó del grupo, y se puso a pasear por la orilla, aguas abajo. Después de un recodo, había una zona donde los críos tiraban piedras al río para hacerlas saltar a la rana, pero aquel día tampoco había nadie. Al lanzar una piedra, Paquito se resbaló y cayó al río. Aunque su grito se oyó tanto en el lavadero como en el pueblo, no se pudo hacer nada por él, más que sacar su cadáver de la gélida agua del río.

Madre no le perdonó a padre que no retrasara los planes de marcharse del pueblo, hasta que hubieran cumplido con el luto que debían guardar por Paquito. Pero padre ya había pedido ayuda a Matías para que le buscara un empleo para él y para Agustín, y no podía echarse atrás. Si retrasaban la marcha, podían perder la oportunidad de ese trabajo. Además, decía, que el luto tan solo iba a servir para que sus otros dos hijos se ablandaran, y justo en ese momento necesitaban ser fuertes, ser hombres. Aunque nunca lo llegó a decir, había otro motivo para seguir adelante con la idea de marchar. Todo en su casa y en el pueblo le recordaban a su hijo pequeño muerto, y no podía seguir viviendo allí o se volvería loco, como temía que le estaba pasando a su esposa que iba todos los días al camposanto a “cuidar de Paquito” como ella decía.

Mientras tanto, Agustín y Ricardo tuvieron que hacer de tripas corazón, y sin tener ocasión de llorar la muerte de su hermano, ni contar con el consuelo de sus padres, afrontaron la desgracia sufrida y la sorda pelea entre sus padres con todo el valor y la entereza que su edad les permitía. Muchos años más tarde, cuando padre estaba en su lecho de muerte, madre había fallecido dos años antes, les dijo que de no haber sido por el valor que vieron en sus hijos, ni él ni su esposa habrían superado la pérdida de Paquito, ni habrían podido reconstruir su matrimonio.

-Creo que ha sido la conversación más larga que he tenido con mi padre en toda mi vida, y la única vez que se ha mostrado orgulloso de sus hijos. -Le dijo unos días después Ricardo a Maite, su mujer, que entonces estaba embarazada de la que sería su segunda hija, Idoia.

El tren se ha parado en una estación más grande que la de Salamanca. y con más vías que la de Valladolid. Ricardo ha bajado la ventanilla para poder ver el letrero, pero está demasiado lejos. La voz del factor que resuena con más claridad de la esperada entre el ruidoso ambiente de las máquinas y los pasajeros, le da la respuesta que busca.

-¡Venta de Baños! ¡Parada de treinta minutos! ¡La cantina de la estación está abierta! ¡El tren saldrá dentro treinta minutos! ¡Si se retrasan, lo perderán!

La parada en Venta de Baños resulta tediosa. Padre no les permite bajar ni siquiera al andén, carecen de reloj, como casi todos los pasajeros, y no puede arriesgarse a que sus hijos no lleguen a tiempo para la salida del tren. Como casi todos los pasajeros, padre sabe que es muy raro que el tren continúe el viaje con puntualidad, él ya había viajado en tren antes; cuando la guerra; pero no se atreve ni a bajar él mismo, ni nadie de su familia. Levanta la vista hacia el resto de los pasajeros. Comprueba, con satisfacción, que ha tomado la decisión correcta. Casi nadie abandona sus asientos. Tan sólo bajan del tren aquellos que no viajan con la ropa de los domingos: los trabajadores de la compañía del ferrocarril y los que toda su ropa es de los domingos y tienen reloj, aunque estos últimos viajan en otro vagón. 

Ricardo sigue asomado a la ventanilla, está fascinado por la cantidad de vías que se entrelazan y se separan en la estación, como si formaran una sucesión de nudos en una cuerda de esparto.  El factor que pasaba en ese momento cerca de su ventana no puede menos que sentirse halagado ante la admiración que muestra ese pasajero por su estación y por las vías.

-¿Te gustan las vías, chaval?

-Buenos días. Ya lo creo, señor.-Responde tal como le han inculcado, saludando siempre a cualquier persona mayor que él, y más aun si ostenta cualquier tipo de autoridad.

-Buenos días, chaval. Así me gusta, que los jóvenes seáis educados, no como algunos que te hablan como a los criados. Sin respetar ni la edad, ni el cargo -añadió el factor, señalando con la mano la gorra de la RENFE que le cubría. -¿De dónde eres?

-De la provincia de Salamanca, señor. A veces vivíamos en el pueblo en -el pitido de un tren ahoga la voz de Ricardo durante unos segundos - y a veces en la finca donde padre trabajaba.

-Vivíamos, dices, viajas con tu familia, entonces. Me imagino que a Bilbao, y allí os tocará cambiar de tren para ir a Baracaldo o a Sestao.

-Vamos a Baracaldo. Mi padre y mi hermano mayor van a trabajar allí.

-¿En Altos Hornos?

-No, señor. Van a hacer zanjas para que el agua llegue hasta las casas de Baracaldo.

-Un trabajo duro, duro de verdad. Los americanos tienen máquinas que hacen eso, pero aquí aún se abren las zanjas a pico y pala. Bueno, pues que tengáis buen viaje y buena suerte allí. Y durante el resto del viaje, fíjate mucho en las vías, porque están hechas del hierro de las fábricas de allí, pero las mantienen firmes, en su sitio, la madera de nuestros árboles. Esta maravilla de la ingeniería que es el cimiento de nuestra prosperidad- el factor citaba uno de sus libros- fue fruto combinar la industria con la naturaleza, la mano del hombre con la creación de Dios, las Vascongadas con la vieja Castilla o con el Reino de León; que tú eres de Salamanca, y así funciona todo en la vida: combinando varias cosas diferentes, para lograr un resultado mejor que cada una de ellas, por separado. No lo olvides nunca, ni estando en Baracaldo, ni si vuelves a Salamanca, y sobre todo, no lo olvides ni cuando tengas tu propia familia, ni cuando estés trabajando

-Muchas gracias, señor. -Respondió Ricardo, bastante confundido -No olvidaré su consejo, pierda cuidado. Qué tenga buenos días y buena suerte usted, también.

El factor de la estación de Venta de Baños no ha oído a Ricardo, el tren ya se había puesto en marcha, pero está seguro que ese chaval del Campo Charro será un hombre de palabra y de provecho.

Quizás fuera por la sorpresa de la variedad de paisajes que prometía el campo burgalés, o por el indudable, aunque peculiar, amor que tenía por su esposo y sus hijos, o por el destacable sentido del deber de la gente sencilla, el ánimo de madre mejoró al atravesar las tierras del Cid, como ha dicho en una voz más alta de lo que ella misma esperaba al ver el letrero de la estación de la ciudad de Burgos. Tierras del Cid era la frase que decía todos los años don Carmelo, el cura del pueblo, en el día de la Virgen de Agosto, cuando recordaba a sus feligreses que Nuestra Señora también era la patrona de su pueblo natal que estaba en la provincia de Burgos, tierras del Cid. La muletilla del cura se convirtió en motivo de chanza entre los parroquianos más jóvenes, que más de una vez recibieron los golpes de la regla de don Carmelo en las yemas de los dedos. Algo que todos se cuidaban de decir en casa, por temor a que su padre o madre añadieran la “propina” a lo que ya “habían cobrado” en la iglesia.

Cuando ha oído a madre pronunciar la susodicha coletilla, Agustín se ha llevado, instintivamente, las yemas de los dedos cerca de la boca y ha soplado como si intentara aliviarse de un dolor muy agudo e intenso. Aunque teme los capones de su hermano mayor, Ricardo no ha podido aguantarse la risa, pero por una vez Agustín no le pega por reírse de él. Al contrario, después de unos segundos de vacilación y miedo, mirando de reojo a padre y madre, Agustín también se ríe. 

-¿Qué te crees, que no sabíamos que don Carmelo te había pillado riéndote de él y te había sacudido con la regla?

Por primera vez, en muchos meses, los cuatro ríen juntos, atrayendo las miradas y la curiosidad del resto de los pasajeros que acaban contagiándose de la risa. Al igual que Ricardo y su familia, toda esa gente no solía tener muchos motivos para reír. Nacidos en la pobreza y sometidos a la servidumbre desde generaciones, nunca habían albergado ninguna esperanza de poder cambiar su destino de penuria y escasez por un atisbo de desahogo y prosperidad, hasta que oyeron hablar de la oportunidad de confiar en un futuro mejor que suponía la gran necesidad de mano de obra de las fábricas del norte, si se estaba dispuesto a trabajar mucho y duro, pero en un mundo totalmente diferente del que habían conocido hasta entonces. Aquellas carcajadas, más tímidas que resueltas, disiparon parte de los miedos e incertidumbres que todos llevaban en el corazón ante el mayor envite de sus vidas. 

Animados por las risas algunos se lanzan a cantar. Jotas, rondallas, villancicos, pasacalles y charradas se suceden en el vagón, como se suceden los sentimientos que esas canciones provocan en el ánimo de los pasajeros: alegría y tristeza, ilusión y miedo, esperanza y nostalgia. Entre las voces destaca la de un muchacho que subió al tren en la estación de Burgos. Canta bien, sin duda, pero no tan extraordinariamente bien como para destacar por encima del resto, pero su voz desprende una pasión mucho más fuerte que la esperable en alguien de su edad.  Ricardo lo vio subir sin más compañía que una maleta similar a la suya y una hoja de papel prendida de la solapa, que despertó su curiosidad. Como son de edades parecidas, Ricardo le pregunta directamente

-Hola. ¿Qué llevas ahí, en la solapa?

-Hola, es el nombre del dueño de la casa de huéspedes que me han buscado en Sestao. Es un apellido vasco y no hay forma humana de aprenderlo, macho. Se lo trajo apuntado a mi tío un camionero de Bilbao que, cuando pasa por mi pueblo, camino de Madrid, come en el bar de mis tíos, y como anda detrás de mi prima, se desvive por quedar bien con la familia. No sabe dónde se mete el pobre, con la mala leche que tiene mi prima. Por cierto, me llamo Fernando, ¿y tú?

Ricardo está intentando leer lo que pone en la hoja y apenas se ha enterado de nada de lo que le ha dicho Fernando.

-No te canses en balde, que no hay manera, ya te lo he dicho. No sé cómo se apañarán entre ellos para entenderse con estos nombres, pero ya podemos espabilar, que nos tocará aprender a decirlos. 

-Jo, que sí. -Responde Ricardo aliviado porque no quería que se notase que le había tocado pasar más tiempo trabajando con el ganado que aprendiendo a leer, pero preocupado por si no llegaba a aprender a decir bien los nombres vascos. Matías no le dijo nada de esto a padre. Aunque llegado el momento, movido por el más importante interés, no tuvo ningún problema para aprender algunos complicados apellidos vascos.

-Me llamo Ricardo y vamos a Baracaldo, que mi padre y mi hermano mayor van a trabajar allí, y tu familia, ¿no va contigo?, ¿dónde está? -Ricardo se calla de repente. 

-¿Y esa cara de susto? Cualquiera diría que has visto a un muerto. ¡Leches!, ya entiendo. -Fernando se ríe con ganas. -Tengo padres y hermanos. Tengo cinco hermanos, cuatro chicas y un chico, conmigo somos seis, claro. Yo soy el tercero mayor de todos, pero el primero de los chicos, ya tengo catorce años,  por eso puedo viajar solo. -Dice orgulloso. -Voy a la escuela de aprendices de Altos Hornos. ¿Cuántos años tienes tú?

-Yo haré los doce en un par de meses, pero sé trabajar como el que más. -Responde Ricardo un poco picado por sentirse aún un niño. -Nunca se me ha perdido ni una oveja.

-Por eso me envían mis padres de aprendiz a Altos Hornos. Para que el día que yo sea padre, mis hijos no tengan que trabajar desde niños, como tú, o como yo mismo. Cada día, antes de ir a la escuela, ayudo a mi padre a ordeñar las vacas y luego bajamos las cántaras a la estación para cargarlas en el tren de Madrid, y no veas como pesan, y las prisas que siempre nos mete el maquinista, y por la noche a esperar al último tren para recoger las lecheras vacías, y subirlas para que mis hermanas las puedan lavar antes de volver a  llenaralas con la leche del ordeño de la mañana. 

Ricardo se queda callado. Está pensando en su corta, pero ya muy trabajada vida. Piensa en las heridas de los pies tras días caminando al cuidado de las ovejas en medio del bochorno de julio o sobre el hielo de enero, piensa el fuego del chozo que calentaba menos de lo que asfixiaba su humo, piensa en los tortazos de don Gervasio, el amo de la finca, si tardaba en llevar los sacos de leña, que prácticamente pesaban más que él, hasta la cocina, piensa que todo eso no es vida para un niño, que no le gustaría ver, en el futuro, a sus hijos pasando por todo lo que ha pasado él. Nunca ha oído ni a padre, ni a ningún otro pastor lo que le ha dicho Fernando. Quizás padre lo haya pensado, pero no lo ha dicho porque teme que ya sea demasiado tarde para cambiar sus vidas, o  porque no puede evitar creer que, pase lo que pase, si naces pobre, morirás pobre. Sin embargo, padre les lleva al Norte, a lo mejor para que Agustín y Ricardo tengan la oportunidad de cambiar las cosas, ¿quién sabe? Pero, Ricardo acaba de tomar la firme determinación de luchar para que sus hijos tengan una infancia y una vida mejor que la suya: sin pasar ni necesidades, ni frío, sin tener que abandonar el colegio para trabajar y confiando en sí mismos y en el futuro.

Casi de repente, como respuesta a una ligera ralentización de tren, se forma un notable revuelo en el vagón, interrumpiendo los pensamientos de Ricardo. Un buen número de pasajeros se levantan, otros vuelven, apresurados, desde los zaguanes del vagón a donde estaban sentados y todos recogen sus pertenencias y equipajes. Están entrando en Bilbao. El tren rinde viaje en la Estación del Norte, pero los pasajeros parecen presas de un miedo por no ser capaces de bajar a tiempo del vagón, como no se ha visto en las anteriores paradas. La mayoría de ellos se están jugando las ilusiones de su vida en ese viaje y no pueden evitar sentirse ansiosos por bajar del tren. Ricardo vuelve enseguida a donde estaba su familia, avanzando entre el trasiego de personas y maletas con una soltura más propia de quien está acostumbrado a viajar, que de quien, como él mismo carece de experiencia en tales circunstancias. Se encarga de coger la maleta de madre y de un salto salva distancia que queda entre el vagón y el andén.

En el andén, Fernando le estrecha mano para despedirse y usando el mismo apelativo que los hombres de su pueblo para dirigirse a sus mejores amigos, le dice a Ricardo:

-Lucha por tu sueño porque lo vas a lograr, compadre, no lo dudes.

****

Han llegado un poco tarde, como siempre, pero como en la recepción de la Residencia ya tienen sus nombres registrados: Jimena Valiente y Fernando Segovia, pueden pasar directamente a la sala de visitas, donde ya están Maite y Ricardo.

-Perdona Maite, otra vez que hemos llegado tarde.

-Nada, Jimena, no te preocupes. ¡Ojalá importara! Venga sentaos, ¿queréis un café?

-¿De esa máquina del demonio? No, gracias. -Fernando se sienta en frente de Ricardo, pero le sigue hablando a Maite. -¿Qué tal está hoy?

-Ya ves, como siempre. Al menos ya se le ha pasado el trancazo que tenía el pobre. Me han dicho las cuidadoras que por fin, anoche durmió del tirón.

-Con lo que tú has sido, Ricardo, fuerte, incansable y ahora… -Fernando no puede seguir hablando. Ver a su amigo en una silla de ruedas y padeciendo alzheimer le parte el alma.

-Siempre me acuerdo de todo lo que se rió cuando me presentaste como tu novia. -Jimena imita la grave voz de Ricardo. -“¿Te vas a casar con la mujer del Cid?”.

-Y, por eso, nos contaba lo del cura de su pueblo cada vez que quedábamos los cuatro juntos. -Recuerda Maite.

Ricardo levanta los brazos hacia su mujer, como hace habitualmente. Un enfermero se acerca corriendo.

-Tengan cuidado, no le dejen incorporarse, que ya no sabe levantarse de la silla.

-¿Que quiere levantarse de la silla? ¡Qué sabrá este alelado! -Dice Fernando bien alto para que lo oigan todos en la sala de visitas de la residencia. -Mi compadre no quiere levantarse, quiere ver de nuevo el vídeo de su hija, ¡nuestra ahijada! -Grita con orgullo, mientras pasa un brazo por el hombro de Jimena.

Maite saca del bolso una tablet que solo sabe manejar para ver una y otra vez el reportaje de Salamanca Televisión dedicado a su hija pequeña. Son los únicos momentos de felicidad que tiene junto a su marido, cuyos ojos vuelven a brillar, cada vez que en el vídeo el locutor pronuncia:

Asistimos a la toma de posesión de Idoia Miranda Belauntzitarrena, Catedrática de indoeuropeo, como rectora de la Universidad de Salamanca.

-Te lo dije, compadre, te lo dije hace sesenta años. Te dije que ibas a lograrlo y lo lograste.




Mi opinión (positiva) sobre La Odisea de Cristopher Nolan

  Desde antes de su estreno La Odisea dirigida por Cristopher Nolan ha recibido muchas y duras críticas arguyendo que el trabajo y las decis...